En el teatro de Andalucía, se escenifica desde hace semanas el último esperpento de la política española. Los partidos demuestran con escandalosas artimañas, pactos interruptus y esperpénticas declaraciones que las papeletas de millones de españoles no son más que cromos para cambiar. Rajoy, Sánchez, Rivera e Iglesias han convertido Sevilla en un tubo de ensayo de sus espurias intenciones políticas ante el abrumador año electoral; en un zoco en el que todos regatean el precio de sus escaños, todos calculan el beneficio de cada maniobra para obtener el verdadero trofeo, que no es el Palacio de San Telmo, sino el de La Moncloa. Será por palacios.
Sin duda, los socialistas resultan los más perjudicados por el desaguisado. Susana Díaz, pese a ganar las elecciones andaluzas, se encuentra atascada, sola e incapaz de pactar; no cuenta ni con el apoyo de su partido para formar gobierno. Pedro Sánchez, con su demostrada perspicacia, vetó al PP y dejó a la presidenta de la Junta en manos de los nuevos. Pero a los nuevos había que ofrecerles en bandeja las cabezas de Chaves y Griñán; y ni Díaz ni Sánchez tienen el valor de cortárselas. Conclusión: el PSOE hace el ridículo; no gobierna ni cuando gana las elecciones.
Rivera e Iglesias cada día se parecen más. No en el aspecto, ni en los antagónicos planteamientos ideológicos, ni en los incipientes programas políticos relatados a plazos. Pero a Ciudadanos y a Podemos les importa un bledo la gobernabilidad de Andalucía; solo intentan aprovechar el escenario sevillano para colorear las pancartas de las próximas elecciones, medir fuerzas, sacar músculo y ensayar futuras batallas. También los dos líderes se parecen entre sí, y a los dirigentes de la denostada casta, en el control absoluto del partido, en el autoritarismo. Los pactos se deciden en la sede, no en provincias.
Rajoy, paciente como suele, medita. Primero, parecía que iba a optar por lo más inteligente: dejar gobernar a la lista más votada. El PP pretendía así forzar al PSOE a actuar a la recíproca. Y sin necesidad de pactos ni alianzas formales, mantener la gobernabilidad, la vigencia del bipartidismo y, naturalmente, el poder político. Pero tiró la piedra y escondió la mano. Y Pedro Sánchez le contestó con una pedrada en la frente al proclamar que nunca pactaría con el PP.
Así, tanto PP como PSOE pierden la oportunidad de poner en práctica la fórmula que más les beneficiaría, a ellos, sin duda. Y regalan protagonismo y poder a sus verdaderos adversarios: Ciudadanos y Podemos. Pero resulta evidente que ni Rajoy ni Sánchez parecen capaces de entenderse.
La anunciada nueva era de la política española va a convertir España, si nadie lo remedia, en un país ingobernable. En las municipales y autonómicas, PP y PSOE tendrán que humillarse ante los cachorros de Ciudadanos y Podemos para mantener la mitad de su poder. Y por poner un par de ejemplos sobre el previsible futuro de nuestra nación, en el País Vasco gobernarán los proetarras aliados con Podemos; y, en Cataluña, Pablo Iglesias irá de la mano de los independistas de ERC.
Tras el devastador espectáculo del 24-M, España amanecerá con un mapa político dividido en múltiples siglas, descuartizado y desquiciado. Y solo Rajoy puede evitarlo. O, al menos, intentarlo. Y puesto que si quiere gobernar en la más remota aldea deberá pactar con Ciudadanos, el presidente del Gobierno tiene que conquistar ya, sin rumiarlo tanto y clandestinamente, a Albert Rivera al precio que sea. Porque lo que viene después es la madre de todas las batallas: las elecciones generales. Y si Rajoy pierde la última oportunidad de salvar los muebles de La Moncloa, ya puede ir preparando la mudanza. Pues parece inevitable que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, de la mano, ocuparán el palacio de invierno. ¡Para quedarse helado!