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La hora de ajustar cuentas

Manuel Sánchez de Diego
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msdiegoucmes/7/7/11
jueves 14 de mayo de 2015, 20:00h
Se aproximan las elecciones municipales y autonómicas. En un sistema democrático como el español en donde está prohibido el mandato imperativo, (el propio de las cortes medievales o de los partidos y sindicatos comunistas), los representantes rinden cuentas ante sus representados en el momento de las elecciones. Es el momento de ajustar cuentas.

Es verdad que muchas de las decisiones de voto se toman más con el corazón que con la cabeza y que la rendición de cuentas de los políticos queda en un segundo lugar. Incluso la corrupción, el amiguismo, la malversación de fondos públicos o las decisiones desacertadas se perdonan “a los nuestros” con variadas justificaciones, desde el “ahora nos toca a nosotros” a “todos lo hacen”. Son sólo excusas que en parte pueden explicarse por la corrupción propia de la sociedad española criada en la “cultura del pelotazo”, del “dinero negro” o de “ganarse la vida sin dar un palo al agua”.

Todo esto está cambiando por la crisis económica y los sucesos recientes, como la revelación de la corrupción que ha llevado a algún presidente autonómico a la cárcel o al bloqueo de los millonarios depósitos en el Banco de Madrid.

Si estudiamos la historia, veremos que los periodos de crisis económica se relacionan con profundos cambios políticos. Lo cierto es que esas transformaciones se producen no a la vez que la crisis, sino en años posteriores. Estamos asistiendo a uno de esos momentos. Aquellos que sean capaces de adaptarse, podrán sobrevivir y; ahora es el momento de tomar grandes decisiones por parte de quienes gobiernan y de aquellos que aspiran a gobernar. Sí, ya sabemos que San Ignacio de Loyola aconsejaba que “en tiempos de tribulación no hacer mudanza”. Sin llegar a una mudanza, sí que hay que barrer la casa y mover algún mueble mal colocado.

Algunos mantienen la esperanza que la capital de España, Madrid para más señas, vuelva a ser la ciudad limpia, austera pero alegre, internacional y castiza a la vez y, con impuestos asumibles; en definitiva, un lugar agradable para vivir, hacer negocios o divertirse.

La esperanza puede convertirse en desesperanza si se rodea de colaboradores salpicados por la corrupción, que no entienden que debe ser “un servidor público” o que demostraron ser nefastos gestores. Por ejemplo, un alcalde debe cumplir sus compromisos con los ciudadanos y con las empresas que han prestado sus servicios correctamente, pagando lo comprometido. Cuando esos impagos además pueden ser motivo de la ruina empresarial, esto choca frontalmente con la ética pública y con los principios liberales. Si a ello añadimos que al empresario pendiente de los pagos se le ofrece la posibilidad de que otro compre la deuda, con la correspondiente rebaja, entonces el tufillo de corrupción llega hasta los votantes.

Cumplir los compromisos con los ciudadanos, votantes, empresarios o trabajadores, ahí está la clave. Hace tiempo ser catalán y, para más señas, empresario catalán era sinónimo de fidelidad, de la palabra cumplida y por cumplir. Esa sería una de las características que habría que recuperar para nuestros políticos, independientemente del equipo deportivo, partido político o clase social. Cumplir, esa es la clave.

Tampoco es asumible que un alcalde o alcaldesa pese a sus siglas sociales obligue a los trabajadores a ir a una huelga porque el consistorio no paga lo que debe y genera impagos de millones de euros a la empresa concesionaria. Este equipo dirigente ha hecho que todo huela mal y no solo habría que cesarlos, sino inhabilitarlos para ejercer cualquier cargo o función pública. Evitaríamos así el travestismo político de hoy socialista mañana de podemos o queremos, pero siempre a la sombra del poder, además mal ejercido. Quizás habría que modificar la Ley para afrontar estas situaciones.

Esos son ejemplos, malos ejemplos, que las urnas deberían castigar y los partidos políticos tomar nota, para que no se repitan. Frente a ellos hay un gran número de políticos locales y autonómicos que revalidarán sus mandatos, porque fueron auténticos servidores públicos.

Siempre que afronto estas cuestiones me viene a la cabeza la obra de Giovanni Guarechi (La vuelta de Don Camilo 1953) y aquellas palabras de Pepón, el alcalde comunista en el mitin final: “Pepón se registró el bolsillo y sacó de él algo. –Ciudadanos –dijo–, cuando hace cinco años fui elegido alcalde, yo tenía en el bolsillo un cigarro toscano y quinientas liras; ahora, después de haber sido alcalde cinco años, tengo en el bolsillo doscientas setenta liras y medio cigarro: ésta es mi historia”. Al final, de forma sorpresiva ganó las elecciones y hasta don Camilo, el cura, votó por él.

¿Cuántos políticos en España pueden decir lo mismo?

Manuel Sánchez de Diego

Abogado y Periodista. Profesor de la UCM

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