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TRIBUNA

Pero ¿hay nacionalismo no independentista?

Juan José Solozábal
martes 19 de mayo de 2015, 19:42h

Lo último que pretendo con mis columnas es convencer a nadie de nada, pues me daría mucha vergüenza que alguien pudiese atribuirme la culpa de su equivocación; también porque no siempre estoy plenamente convencido de lo que digo, quiero decir que cuando afirmo algo no excluyo que pueda haber razones para defender una tesis contraria. Supongo que esta actitud, más bien escéptica, es impensable, pongamos en un científico o en un metafísico, si parten de una evidencia suficiente o utilizan un discurso inobjetable lógicamente; y no digamos en un teólogo que presenta un respaldo divino a sus afirmaciones. Cuando hablo, como suelo, de cuestiones políticas o de derecho constitucional, no puedo aspirar más que a intentar sostener posiciones simplemente razonables, que, sin seguridad, por causa de su fundamentación y de la condición trabada de su argumentación, ayudan a ver con mayor claridad determinada cuestión.

Ocurre además que la debilidad de la argumentación se acrecienta cuando se separa a las razones empleadas del supuesto concreto, esto es, el caso o ejemplo, a que nos referimos, como formando una teoría o doctrina que serviría siempre, con independencia de los datos específicos de la circunstancia que motivó la reflexión, que es así separada indebidamente de su soporte, vamos a llamarle así, fáctico.

Si aplicamos lo que estoy diciendo a la columna del día anterior (Reino Unido: el lado oscuro del nacionalismo), debemos tener en cuenta que yo sólo aventuraba una explicación del resultado de las elecciones en Gran Bretaña, que quedaban más claras, pensaba, si se las entendía en clave nacionalista. Lo que señalaba es que el gran nacionalismo inglés reforzaba el nacionalismo escocés y que, en consecuencia, se incrementaban las oportunidades del independentismo y disminuía la capacidad integradora del sistema político del Reino Unido. Los problemas del estado británico se habían visto agudizados por la errónea utilización por Cameron del referendum en el caso escocés, que insensatamente pensaba reiterar con la pertenencia de Gran Bretaña a la Unión Europea; y un perverso sistema electoral mayoritario que no funciona adecuadamente en territorios que no comparten una homogeneidad mínima, como ha ocurrido hasta hace bien poco en todo el Reino Unido.

Este ejemplo, a mi juicio, no explica la imposibilidad de integración en el mismo sistema de diversos nacionalismos, sino solo la inutilidad del tratamiento de las tensiones nacionalistas con la exclusión o la marginación, aun llevadas a cabo por procedimientos democráticos. La integración de los nacionalismos periféricos es difícil, pero no imposible, especialmente cuando se ofrecen desde el estado general además de las oportunidades de autogobierno a las propias naciones un clima de aceptación y valoración de las mismas, como enriquecimiento del pluralismo común. Podemos insistir cuanto queramos en los límites que el estado común impone necesariamente a los nacionalismos, como el respeto al marco constitucional cuya base es la soberanía compartida y no dividida, y la igualdad jurídica de los ciudadanos, que impide los privilegios territoriales, obviamente no las especificidades de este tipo; y podemos denunciar la utilización táctica que las fuerzas nacionalistas han podido hacer de sus oportunidades políticas desde los gobiernos que han ocupado democráticamente, como anticipos de lo que son las estructuras propias del estado. El combate político, con todo, ha de jugarse mejor en otro tablero ideológico, mostrando para los nacionalistas las ventajas sobre la separación de la integración en el estado común, compartiendo una forma política de superior fundamentación intelectual y ética como es el sistema federal, que se adecua perfectamente a los requerimientos de autogobierno nacional, sin desatender las ventajas de la unidad y el cumplimiento de las obligación de la solidaridad por parte de los elementos componentes de la forma federativa . Si no se quiere integración, igualdad, y progreso compartido; y, por el contrario, se prefiere el aislamiento, la desigualdad y el egoísmo aislacionista debe hacérsele saber a la ciudadanía sin subterfugios ni ambages.

Me parece que todavía desde el nacionalismo no independentista muchos compartirán las palabras de don José Miguel Azaola rechazando, en este caso, la separación de España del País Vasco. El País Vasco, decía pero hasta cierto punto algo parecido puede afirmarse en relación con Cataluña, es “un órgano vital del cuerpo de España. Si en un porvenir que es, por ahora, imprevisible llegase a ocurrir que al Estado español le resulta indiferente, o que considere cosa de poca monta, el que la región vasca deje de seguir formando parte de él, semejante actitud tendría para los vascos un sentido catastrófico : querría decir nos hemos convertido en una insignificante zona marginal en la vida española” (Vasconia, tomo I, pag.533).

Me queda por decir algo para defender mi argumento contra la utilización de los referéndums en las cuestiones de carácter territorial denunciando su convocatoria, en términos, aunque democráticos, quizás también oportunistas e irresponsables. Pero, pensándolo bien, aquí hay tema para otro próximo recuadro.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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