TRIBUNA
Toros, ¿sangre o arena?
sábado 23 de mayo de 2015, 19:49h
En estos días tiene lugar en Madrid la serie de corridas de toros más importante del año. Vaya por delante que quien esto escribe es un amante del arte Cúchares, a pesar de haber tenido una vocación tardía en una ciudad taurina por antonomasia como es Córdoba. Cuando hablamos de la lidia de los toros cabe plantearse en primer lugar su naturaleza: ¿es un arte?, ¿un espectáculo?, ¿un combate?, ¿un deporte?, ¿una fiesta? Probablemente sea todas estas cosas y ninguna, encontrándonos ante un fenómeno inclasificable por incomparable, dada su excepcional singularidad.
Toda definición parte y debe partir del toro. A veces se olvida, por aficionados y, sobre todo, por los que no lo son, que todo gira en torno a un animal único, por sus características y, también por su belleza. Aunque se trate de una afirmación de Perogrullo, sin el toro no habría lidia, pero tampoco habría “toro sin toros”.
Con todo, no puede obviarse una pregunta que sobrevuela cada vez que se aborda el tema, una suerte de duda metódica, o existencial si se quiere, semejante a la duda que asola a todo ser humano en relación con la verosimilitud de la Trascendencia. Podría resumirse así: ¿y si todo esto, el mundo taurino, no es más que un sacrificio cruel, un acto ignominioso enmascarado de arte? Les confesaré que la duda merodea también la mente de muchos aficionados (incluido el autor de estas líneas) en ciertos momentos de vacilación. Con todo, como siempre, lo mejor es recapitular los distintos argumentos a favor y en contra de la Fiesta.
Argumentos en contra. El más esgrimido recuerda el hecho de que durante treinta minutos la res brava es sometida a un castigo físico, acompañado de fuertes dosis de stress, que acaba con su “ejecución”. Argumento rotundo al que se añaden otras consideraciones como la brutalidad ínsita al espectáculo también en lo que se refiere al torero, remedo de los antiguos gladiadores, existiendo un riesgo cierto de muerte del mismo.
Argumentos a favor. 1) El primero consiste en que, pese a su rotundidad, los argumentos en contra se reducen al comentado. 2) En segundo lugar, el toro es un animal “preparado” para la lidia y lo que ella implica, dada su condición de bravo. Algunos podrían contemplar este razonamiento como un ejercicio de cinismo, pero lo cierto es que la especie referida sólo ha logrado sobrevivir en aquellos países en donde existen las corridas de toros, toda vez que, por añadidura, su utilidad para el ser humano al margen de las mismas es nula y su preservación en el medio salvaje no carece de inconvenientes. Ello distingue el supuesto comentado del zorro “británico”, si bien debe reconocerse que mayor consideración merece el caso de Portugal en donde, como es sabido, el toro no es sacrificado en la plaza. Justo es admitir que la comparación con la praxis lusa plantea problemas de refutación; con todo, la lidia como tal no se entiende sin el castigo que ahorma la fuerza bruta del animal y su muerte final. 3) En tercer término, ha de tenerse en cuenta que el sufrimiento del toro bravo “sólo” dura treinta minutos, período muy corto en comparación con la extensión de una de las existencias más placenteras que disfruta animal alguno. Si se compara con las condiciones de vida de pollos, cerdos u otros animales (estabulados en espacios muy reducidos) el toro bravo es un “privilegiado”. Bien es verdad que las corridas suponen un acortamiento de su ciclo vital, pero lo mismo, e incluso en mayor medida, puede decirse de otros animales preparados desde su nacimiento (cebamiento incluido) para el consumo humano. 4) Adicionalmente, cabe recordar que en la Fiesta todo orbita en torno al toro, el cual es tratado con extremado respeto, siendo todos sus protagonistas conscientes de su importancia y belleza. 5) Por último, en cuanto al argumento referido a lo pretendidamente macabra que es la posibilidad de la cogida o la propia muerte del torero, nada se dice al respecto de otras actividades en donde existe ese riesgo, espectacularizado o no, desde el tirarse en caída libre hasta números de acrobacias ciertamente al límite.
Argumentos, por tanto, en pro y en contra, no siendo la presente una cuestión fácil. Así lo ha reconocido la propia Corte Constitucional colombiana en su trascendental sentencia sobre la constitucionalidad de las corridas de toros, en la que el Tribunal emitió finalmente una respuesta positiva, aunque limitando los festejos a las localidades con tradición taurina. En España está pendiente un pronunciamiento del Tribunal Constitucional al respecto, a propósito de la prohibición en Cataluña de las corridas de toros.
En todo caso, debe tenerse presente (aunque no se haya recogido anteriormente entre los argumentos) que la lidia es mucho más que un deporte o un espectáculo. Los toros están enraizados en el alma española, en su modo de vida y ser, se quiera o no, y, por lo demás, así nos perciben los que “desde fuera” nos han contemplado y contemplan (a diferencia de lo que ocurría con la caza del zorro, restringida a las élites inglesas). En el lenguaje, en el arte, en la literatura… son continuas las evocaciones de un acontecimiento sin parangón en el mundo. Frente a los denostadores de los festejos taurinos, cabría al menos preguntarse cómo almas tan sensibles como las de Goya, Lorca, Alberti o Picasso han podido sentir tanta pasión por la lidia, teniendo como tuvieron una inigualada y sublime empatía con el dolor humano. Por otra parte, si las corridas son universales, y por ello han atraído y atraen cada año a miles de personas no nacidas en España, ésta, como señalara Ortega, no puede entenderse plenamente sin haber asistido a una corrida de toros.
A pesar de lo señalado, la duda aludida siempre sobrevuela. Dos ejercicios son recomendables para combatirla, para atenuarla o incluso disiparla. El primero, la visita al toro en el campo. El segundo, presenciar una tarde de toros, especialmente en Francia (aunque pudiera sorprender a algunos, en dicho país es donde mejor se conserva la esencia de la Fiesta). Los colores, los sonidos, las emociones allí presentes difícilmente se dan en otros espectáculos, junto a la singularidad de lo que acontece: un drama en tres actos con la muerte de fondo. Una corrida reúne ambos extremos, la muerte y la vida, y supone en último término el triunfo de la segunda sobre la primera, sin olvidar la primera. Los toros nos recuerdan en cualquier caso lo inevitable del fin (algo orillado en las sociedades contemporáneas) suponiendo, eso sí, un maravilloso aplazamiento del mismo.