TRIBUNA
Malos hábitos, iglesia de nacionalismos
miércoles 03 de junio de 2015, 20:28h
Pues eso, que para depurarme del hastío político me he aproximado a unas monjas de las de toda la vida, o sea, de las que ejercen vocación a pie de obra con los más necesitados. Nada que ver con Sor Lucía Caram ni con Sor Teresa Forcades. Las mías tienen el cutis de algodón de azúcar y sus manos están unidas a la bondad de sus rezos. De ellas emana lo pastoral, lo coral de su abnegado compromiso de servir a los demás, pero eso sí, sin renunciar a lo que acontece al otro lado del umbral. No ignoran en saber lo que cuesta una pescadilla de pincho, un mero o un pollo de corral. Dicho de otra manera, en su mensaje evangélico en el que creen, por encima de todo está el hombre sin distinción de nacionalidad, género o color de la piel. Les da igual ateos que creyentes. No mezclan ingredientes más que para hacer repostería artesana, ni sazonan el verbo más que para alimentar y dar cobijo a quienes necesitan de su obra. Tienen vocación de entregar su vida a la voluntad de Dios declinando que para otros menesteres, fuera de su concurso, ya están las aspirantes al deseo de otras empresas. Nada que ver con otras monjas de rabiosa actualidad y mucho que ver con la encomienda cuando marchan a las misiones en lugares inhóspitos, perdidas en medio de la nada, lugares de peligros continuos y alejadas de una civilización tan desafiante como sustancial es su ignorada existencia.
En ellas no cabe la altisonancia ni pretenden ser ministras de la demagogia. Ellas juegan a la pelota con niños y niñas del tercer mundo y gustan de emular a los grandes del balompié, pero eso sí, se apartan de la publicidad y de los derechos de imagen. Ellas, sencillamente, no necesitan hacerse famosas acudiendo a los platós, ni siquiera les causa pesadumbre alguna por ser otras las que declaran estar enamoradas de Artur Mas. ¡Qué cosas tan fuera de hábito! –bisbisean- Y ríen. No menoscaban su esfuerzo diario para evitar caer en la falsa manera de evangelizar que tienen algunas cuando hacen del púlpito de la oración una sede parlamentaria al servicio del dios dinero. Eso para ellas no es amor evangélico, es odio, es lucha de clases, en definitiva, vanidad al por mayor. Ellas, mis monjas, no alzan la voz de política alguna porque a cambio de su fe lo que reciben es la lisonja del moribundo y la compañía del enfermo.
Nada que ver, por tanto, con esa otra iglesia de nacionalismos o de activismos sociales. Nada que ver con la sobreexposición mediática ni declaraciones con verbo de arrabales políticos, sectarios y partidistas. O carne o pescado –dicen- Aquí no sirve lo de “con Dios rogando y con el mazo dando”. Para ellas, el icono de su grandeza radica en dar vida espiritual a los marginados y a los damnificados por la ley del poder omnívoro; ya saben, los marcados de siempre, los que viven de una caridad con pies descalzos en lugares donde los regidores portan maletines llenos de franquicia al otro lado de fronteras. Ellas, en definitiva, son misioneras de la humanidad, no son monjas separatistas, son, en lo esencial de su vocación, más de enseñar a leer y a escribir en territorio hostil. Pero claro, en ellas no reparan los apóstatas con doble credo.
Hace unos días leí que la señora Rahola había declarado su amor incondicional por Lucia Caram, y no sólo porque la susodicha sor comparta el ansia independentista, sino por tratarse de “Una mujer de una fe profunda, intensa, tocada por la luz de Dios”, en palabras de doña Pilar. Lo siento por ellas dos, porque me llegan noticias de última hora: Dios ha desmentido haber tocado con su luz a sor Lucía. Él dice que no está para dar luz, sino para evitar que la llama de la fe se apague por los malos hábitos que llevan algunas de sus siervas.
En fin, es lo que tienen las vestiduras de las religiosas, que mientras unas las rasgan con doctrina política, otras las remiendan con amor al prójimo.