Violencia machista en vez crímenes pasionales o violencia doméstica o de género. ¿Se politiza el lenguaje, para dotarle de una ideología implícita? Por supuesto, al decir violencia machista uno se posiciona en contra, claro, pero crimen pasional también tiene un sustrato ideológico, pero cuando una ideología está muy extendida no la vemos. Cuando alguien decía crimen pasional está manifestando una ideología en la que se considera que, primero, lo que ocurre dentro de una casa no incumbe a la sociedad y, segundo, que cuando el hombre tiene que imponer su autoridad es legítimo o por lo menos es tolerable, que recurra a la violencia, en el ámbito doméstico. Eso también es una postura ideológica, lo que pasa es que si está extendida al 90% de la población nadie lo percibe como ideológico.
Cada palabra te compromete. Decir España no es lo mismo que Estado español o aquello de “este país”. ¿Habrá un momento en que uno no pueda hablar sin exponerse?Eso ocurre cuando los temas están muy politizados. Es curioso en España que la palabra España esté politizada, es muy peculiar.
“Lo que define a la época actual es la amplitud de la confusión”. ¿Hay que redefinir los conceptos, volver a su origen? Toda la crítica a muchos usos de los conceptos que se hacen ahora y que hago en el libro intenta ser como un primer estadio para reparar en la confusión, pero claro, es muy difícil hacerlo, porque la primera parte de esa confusión procede del discurso político.
¿Cuál es el origen de esa confusión?Veo tres razones. Primero, la quiebra entre el equilibrio entre capitalismo y comunismo, dos sistemas enfrentados que de pronto se rompen. Hay mucha gente que se sitúa del centro del espectro ideológico hacia la izquierda que pierde ahora ese referente comunista. Con la socialdemocracia, después de la Segunda Guerra Mundial, se plantea a toda costa evitar una revolución tan dura como la rusa. Una suavización del capitalismo para evitar una revolución como la bolchevique, de ir por esta vía de intentar repartir la riqueza, que haya una justicia social, etcétera. Incluso la socialdemocracia que no tiene como referente el comunismo se queda como coja, porque sí que era un sustento de sus prácticas políticas, y su desaparición provoca una confusión ideológica y política general. Hay otra razón que es que la época posmoderna destruye la idea de verdad y prima fuerza la idea de que todo es opinable, todo es según como se mire, y produce la sensación del todo vale, lo cual también influye en esa confusión. Un tercer factor es la saturación de información. No hay ninguna época antes en la humanidad en la que haya habido tanta información y tanta información accesible tan fácilmente para tanta gente. Todo eso junto provoca un caos se refleja en estos deslizamientos de significado, que contribuyen a la confusión y al caos.
¿Tras ese caos llegará la calma, la clarividencia? ¿Se impondrá cierta luz tras la niebla? Lo que pasa es que el lenguaje confuso va de la mano de las ideas confusas, y las ideas confusas están por lo que decíamos del colapso del comunismo. En el caso de la izquierda, hoy en día no se sabe qué quiere decir ser de izquierdas, es apabullante. Cuando dice Zapatero que bajar los impuestos es de izquierdas, ¿realmente eso es de izquierdas? ¿Es de izquierdas todo lo que hace el PSOE, o hace muchas cosas que son de derechas? Creo que el discurso de la derecha está mucho más centrado, es mucho más claro y es mucho más ofensivo, pero sin embargo el de la izquierda está totalmente falto de referencias.
Lo ejemplifica con el enfrentamiento entre Zerolo y Botella, en que está le dijo que él “no iba con los tiempos”, por una discusión sobre la privatización de unos servicios municipales. ¿No?Sí. Zerolo le responde “Pues tiene gracia que me diga usted eso a mí”. No, no, estamos hablando de la privatización de los servicios sociales, entonces no me diga que soy un antiguo, dígame si usted cree que es mejor gestionar los servicios públicos con empresas privadas o no, qué cree usted que es mejor. Sin embargo, tampoco la izquierda contribuye a eliminar la confusión porque no hay un discurso de izquierdas sólido, hay mucha gente de izquierdas que creen que los servicios públicos se deben privatizar...
¿Qué debe de exigir la izquierda para seguir siendo izquierda?Defender el Estado del Bienestar, pero no olvidemos que también hay mucha gente de derechas que defiende el Estado del Bienestar. Los conservadores británicos, en los 50 y 60, hacían viviendas sociales, cosa que a un conservador de ahora no se le pasaría por la cabeza. El embrión del estado del bienestar es Bismarck, el primero que dice que si no se le da a los obreros ciertas condiciones la situación es insostenible…, y era un señor que defendía las oligarquías. La Edad de Oro del Estado del Bienestar vienes después de la Segunda Guerra Mundial, y quien empieza a poner eso en cuestión son los conservadores en los años ochenta: la derecha. Desde una perspectiva de izquierdas hay que defender unos servicios públicos y eficaces.
Parece que cierta derecha, Esperanza Aguirre, Aznar..., se encuentra cómoda bajo el término liberal, como si sonara más digno que decir “soy de derechas”. ¿No es cierto?Es una pena para la palabra liberal. Un liberal es un ser abierto y tolerante, no como ciertos locutores de radio, que desprestigian la palabra liberal. Un verdadero liberal se define a sí mismo como alguien que está dispuesto a reconocer que los otros tienen razón, no a echar espumarajos por la boca. Aguirre tampoco se ajusta, por el tipo de políticas que lleva a cabo, más acordes a lo neoliberal. Mario Vargas Llosa, por ejemplo, es un buen ejemplo del verdadero significado de liberal. Y en los asuntos religiosos, el PP se debería definir como neoconservador.
Estamos en tiempos de incertidumbre y recesión económica, pero se habla de desaceleración, un término suave, en tiempos en que todo son “jeremiadas” apocalípticas. ¿Extraño, no?La economía se basa en la confianza. Si todo va bien, la gente gasta más, por eso se rehúye lo apocalíptico. Lo apocalíptico, el pintar todo negro, no genera un clima propicio para el consumo.
¿Cómo hay que enfrentarse a la información que recibimos, qué debe saber el lector de a pie?Espero que, después de leer el libro, el lector se quede con el “chip” de que hay que sospechar de los discursos ambiguos, que estén alertas. En eso los periodistas son claves, pues son dueños de las palabras. A la hora de interpretar el discurso de un político, es fundamental pararse a pensar y dilucidar qué trataba de encubrir, y qué ha querido destacar.
