Si Carlos Arniches estuviera de obra presente no dudaría en participar de este sainete. A buen seguro que en su prolífico repertorio de comedias, ágiles, entretenidas, y llenas de recursos para sacarle partido a situaciones dramáticas, pues eso, que con su vis cómica lo hubiera bordado. Pero miren ustedes por dónde que a nuestro actual Rey Felipe VI le ha salido la vena justiciera y ha regalado a la sociedad aquello que para Doña Cristina la distinguía en resaltes propios; porque no es igual ser infanta y duquesa que perder el regalo de bodas que le hiciera su augusto padre. Y qué decir del consorte Iñaki, que por analogía de ser ganancial su “ajuntamiento”, también queda huérfano de nobleza.
Muy de agradecer en justicia de transparencia el hacer de su Majestad, sí señor, con dos coronas y un palito, que con este gesto lo que viene a confirmar es el nuevo sello de una Casa tan necesitada de auténtica regeneración. La nueva corona se hace querer cuanto más próxima esté de la ciudadanía y lo que ésta demanda en justo proceder. Los predicamentos asociados a la cuna están bien cuando correctos son los actos por parte de quien ha sido mecido o mecida en semejanza con el servicio altruista que se debe prestar después; este es el precio de quienes gozan de un plácet sin otra causa que servir a la ciudadanía con honrada claridad de actuaciones.
Dicho esto, no caben lamentos ni presunción de inocencia sobre quienes haciendo mal uso de la virtud llamada privilegio, más tarde afrentan, deterioran y malgastan con su actitud el trabajo de tantas horas de instruida y regia formación le ha sido practicada como ejemplo de estar siempre, digo bien, para siempre, al servicio de los demás, de un país entero, y no digamos de aquellos más denostados por su calamitosa situación social. El rey Felipe VI nos ha mostrado el camino para que la justicia sea igual para todos. Ahora sí lo parece. Lo que hace falta es que cunda el ejemplo para todos los estamentos que coordinan la afrenta de tantos y tan variados casos sigan igual disciplina.
La infanta ha elaborado un manuscrito de renuncia fechado el 1 de junio, que ha llegado tarde a su destinatario. No valen excusas. Pensemos que en todo esto ha mediado el vínculo familiar para evitar lo inevitable. No ha colado el sentido deber de la renuncia al ducado, entre otros motivos porque el siglo XXI de la realeza es el mismo que para cualquiera de nosotros y a estas alturas el ciudadano español sabe distinguir un correo electrónico de un mensajero del Medievo, dicho sea, un email desde Ginebra a Madrid, teniendo en cuenta los 1.380 kms más o menos que nos separan y aplicando la fórmula de la velocidad de la luz, estaríamos que: 1 año luz= 9,5 x 10 ^ 12 Km, tendríamos 300.000 Km/segundo. En resumen, y siendo más de letras y un advenedizo en informática, resulta que si envío un email a mi hermano le llegaría en cuestión de nada, eso sí, dependiendo de la fluidez del tráfico en la M30, que eso nadie lo puede prever. Madrid es lo que tiene.
La parte romántica de esta presunción de inocencia radica, en palabras de doña Cristina, en el enamoramiento de matrimonio entregado a la cotidianidad de cualquier otra pareja que se profesan votos de fidelidad en lo bueno y lo malo, pero sin olvidar nunca que lo que uno ingresa en gananciales lo atesoran los dos, o dicho de otra manera, si mi mujer me sorprende cada día –que sí acostumbra- con un buen salmorejo, un segundo y fruta del tiempo, pues yo al comerlo ya me estoy retribuyendo, o sea, formo parte de la esencia y la riqueza casera.
En su primer año de reinado, Felipe VI ha dado muestras de moderna autoridad moral y con ello no sólo ha sustanciado el papel de la monarquía como una institución más cercana, sino que está ganando en méritos para dar paso a un establecimiento de carne y hueso capaz de transfundir a la sociedad que una buena hermana no sólo tiene que serlo, sino también parecerlo en honra y mejores obras; de lo contrario pasa lo que ha tenido que pasar, ahí te quedas que aquí mando yo. Es lo que tiene regenerar y pasar la mopa.
Mis saludos, Majestad.