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CLAVE PARA ENTENDER EL CRECIMIENTO DEL YIHADISMO EN IRAQ Y SIRIA

El 'factor saudí', la verdadera clave del auge y poder de Estado Islámico

Borja M. Herraiz
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borjamotaelimparciales/10/5/10/22
lunes 29 de junio de 2015, 14:57h
El 'factor saudí', la verdadera clave del auge y poder de Estado Islámico
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El reino wahabí, crucial para entender el yihadismo en Iraq y Siria. Por B.M.H.
Estado Islámico cumple estos días un año desde que se convirtiera, junto a Al Qaeda o ya incluso por encima de ésta, en la gran amenaza yihadista en Oriente Medio y principal preocupación de Occidente en la región.

En estos doce últimos meses, las huestes de Abu Bakr Al Baghdadi han sembrado el terror en Siria e Iraq, asesinando a miles de civiles y secuestrando y extorsionando a muchas más hasta el punto de crear un estado de facto, su autoproclamado califato, donde rige la versión más radical de la ley islámica, la sharia.

Uno de los aspectos que más sorprende de la irrupción de Estado Islámico es la rapidez y la contundencia con la que unos miles de combatientes, muchos de ellos sin preparación militar previa y provenientes de sitios tan dispares como Marruecos, Chechenia o Bosnia, han logrado poner en jaque al ejército iraquí, que cuenta sus efectivos por decenas de miles, y plantar cara a las Fuerzas Armadas sirias de Baschar Al Assad.

Cuesta creer que los logros militares en dos frentes activos diferentes, al que se podría sumar en el que batallan contra las tropas kurdas, se haya logrado prácticamente de la nada en un periodo tan corto de espacio. Sin embargo, esta espiral de violencia y terror que impera en Oriente Medio tiene, en su origen, dos responsables no tan divinos como Estado Islámico vende con asiduidad: el poder religioso y el dinero interesado.

En las últimas décadas, Oriente Medio y Próximo se han convertido en un peligroso escenario en frágil equilibrio entre las dos grandes corrientes del islam. Por un lado, están los sunitas, la rama ortodoxa de la fe musulmana a la que se acogen el 90 por ciento de sus fieles. Son mayoría en países como Arabia Saudí, Kuwait, Libia, Yemen, el sudeste asiático y, aunque no gobiernen, en Siria. Por otro, están los chiitas, de carácter fundamentalista pero que apenas suman 100 millones de personas repartidas entre Irán, Iraq, Paquistán o Líbano.

Ambas corrientes están enemistades mortalmente, hasta el punto de que Estado Islámico, de corte sunita, considera tan infiel a un chiíta como a un judío o a un cristiano. Así se explica que un miliciano de EI se inmolara este pasado viernes en una mezquita en Kuwait matando a una treintena de musulmanes. Es una guerra civil islámica en toda regla.

Los enemigos de mis enemigos, ¿son mis amigos?
De manera paralela a este conflicto de fe se lleva disputando una reñida partida de ajedrez por la supremacía geopolítica en la región. Los dos grandes contendientes a día de hoy son Arabia Saudí, un reino aliado de Estados Unidos pero en cuyo territorio rige el wahabismo, una versión muy radical del sunismo y antesala de los preceptos de Estado Islámico, e Irán, el gran estado chií con aspiraciones nucleares.

Con la llegada de la Primavera Árabe, Riad vio la oportunidad de desestabilizar a aquellos países que no le eran afines ni religiosa ni ideológicamente. Mientras condenaba las revueltas populares en Túnez, Egipto o Jordania, animaba a los sirios a rebelarse.

Así, comenzó a financiar y pertrechar a la insurgencia siria. De ahí que recurrentemente se diga que Washington, con unas sólidas relaciones con el reino desde hace décadas, estaba al tanto y hasta permitía de estas maniobras que, a la postre, no fueron sino el embrión del actual EI.

Durante meses, milicianos, instructores, armas y dinero saudí ayudaron a las distintas facciones sunitas sirias, que en principio no eran más que bandas de matones sin coordinación, a combatir en la guerra civil contra Al Assad. Con el tiempo se ha demostrado que esos mismos insurgentes se han convertido en notables combatientes al servicio de Al Baghdadi.

Sin ir más lejos, es público y notorio que durante años el exjefe de Inteligencia, el príncipe Bandar Bin Sultan al Saud, trabajó duro para crear una oposición armada suní en Siria que derrocara a Al Assad. Este nexo y muchos otros quedan patentes en último libro de Patrick Cockburn 'ISIS, el retorno de la yihad' (Editorial Ariel), donde el periodista norteamericano pone de manifiesto la gran responsabilidad de Arabia Saudí tras el auge y poder de Estado Islámico.

Mientras Riad rechaza haber ayudado a los yihadistas, no es tampoco secreto que gran parte de la sociedad saudí, en especial muchos de los príncipes influyentes como Al Saud, ven con buenos ojos el creciente de poder de EI a las puertas de la frontera Irán-Iraq. Mientras el Gobierno oficial presume de combatir a los yihadistas, numerosas organizaciones civiles y religiosas siguen financiando a sus 'colegas' de la bandera negra.

Sin embargo, los saudíes se encuentran en el disparadero mientras lideran tímidamente la coalición internacional contra EI. La Casa Blanca presiona para que se acabe este apoyo soterrado a Al Baghdadi, que a su vez solicita más ayuda financiera y hombres (unos 3.000 saudíes ya se han unido a sus filas) para sostener su califato del terror.

Esto teniendo en cuenta que llueve sobre mojado, pues los petrodólares saudíes estuvieron detrás del surgimiento de Al Qaeda y de la proliferación de madrasas (escuelas coránicas fundamentalistas de las que han salido decenas de terroristas) por todo el mundo.

Todo esto sucede mientras Riad, a su vez, teme que su 'mascota' se revuelva y ponga en el punto de mira sus pozos de petróleo, el 18 por ciento de la producción mundial, protegidos tras una permeable frontera de desierto de 900 kilómetros de longitud. Por ello, lleva meses reforzando la línea con alambradas, bases avanzadas y puestos de vigilancia por si acaso. No hay que olvidar que el reino wahabí fue el país del mundo que más incrementó su gasto militar en 2014, un 21 por ciento respecto al año anterior.

En el bando contrario, y en un giro irónico de la historia reciente, Irán se ha convertido en la primera línea de defensa de Occidente frente a Estado Islámico. Aunque oficialmente no hay tropas iraníes en Iraq, algo que difícilmente aceptaría de buen grado el endeble Gobierno de Bagdad, lo cierto es que varios contingentes han entablado combates con los radicales y vigilan que estos no crucen la frontera.

Teherán pide a Occidente que se involucre en la solución del problema sirio-iraquí, al tiempo que culpa a Estados Unidos de haber financiado y respaldado, indirectamente vía Riad, a Estado Islámico.
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