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TRIBUNA

El paseíllo de Pedro Sánchez por el Museo del Traje

David Felipe Arranz
martes 30 de junio de 2015, 20:16h
Actualizado el: 30/06/2015 20:21h

La democracia verité y el pactismo erótico-festivo han expulsado a miles de asesores de las covachuelas de alcaldías y comunidades. Millones de euros dejarán de salir de las arcas públicas para pagar cargos de confianza, puestos de “libre designación” y funcionarios en “comisión” -subráyese la dilogía- de servicio.

Ha sido este prender una antorcha en la política “catacumbal” la que ha hecho que las ratas salgan de las cloacas del Estado: designados a dedo, cargos elegidos a discreción, personal eventual... que acaban aforrados de visones. En definitiva, los que hacen política en los bares y tabernones de la trasera de las Cortes, los intermediarios, se van luego al chalet del Viso. Al final, todo el país era una subcontrata, un minijob pujante, trabajo temporal bien remunerado: un puesto de confianza -eufemismo cuasiamoroso- recibe al año una soldada que oscila entre los 50.000 y los 90.000 euros. La Comunidad de Madrid, por ejemplo, ha dedicado en este ejercicio una partida de cerca de 15 millones de euros.

Ellos son los mediadores de los que van para ministros de lo que sea y con quien sea. Preparan discursos, asesoran vestimentas, escriben los 140 caracteres del hombre político en la red social como el del transicional Pedro Sánchez, quien dice en Twitter que Soria es la cuna de Machado y que habría que eliminar el Ministerio de Defensa. El negro asesor metió la pata porque cobra de un socialismo socialcapitalizado y rajoyano con traje de Armani y no se fija bien ni le importa si el autor de Campos de Castilla nació en Sevilla o no. O si murió en Colliure de pena o de viejo, entre Campoamor y Bergson, hecho bisagra poética y eterna del siglo XIX al XX. Sánchez se da un paseo de maquillaje por “El Hormiguero” o llama a Jorge Javier a “Sálvame”, hecho telemodelo bárbaro y novelable de color rosa, que es como si los Matamoros fuesen a las Cortes. Lo aconsejan sus expertos. El vate epigonal del socialfelipismo se ha hecho un semidiós griego de escaparate de tienda de Serrano.

Ahora se ha marcado una pasarela por el Museo del Traje con sus asesores, porque unos se van y otros vienen en esto del oficio de los consejos remunerados. Porque Sánchez es moda y complementos. Y hasta ahí. Y necesita a Gabilondo, a Jordi Sevilla y a Victoria Camps para cargarse de las razones que a él le faltan, siendo como es solo chico de temporada primavera-verano.

Este atalaje lo venden los asesores con el kit político. Albert Rivera es la musa inversa del PP-PSOE, por ejemplo: se mueve entre una izquierda escasa y una derecha bulevardier que lo vota en masa. Así que va y cuaja, y éxito total del asesor y su equipo de parásitos. Los políticos se reciclan y en las tertulias hay políticos de puertas giratorias que fueron periodistas y luego políticos -de signo cambiante-, y viceversa: no nos creemos ni a unos ni a otros porque algunos somos de lealtades irreciclables y no comulgamos con el común -del asesor del pesebre, digo. El político epatante nos quiere dar gato por liebre, hipercloridia por amor a la ciudadanía, telepredicamento demagógico y de figurín por oratoria ciceroniana y castiza, cargada de razones y verdades del barquero, de la que les gustaba a Larra, Emilio Castelar y Mariano de Cavia.

Lo que les pasa, un suponer, es que entre la derechona posfraguista y gurteliana y la ultraizquierda estalinista y trincona de gafas de concha, nuestros políticos no han encontrado aún su sitio. Entonces, el debate político, que ya no es política sino puro azar entrópico, se nos disfraza a muchos de memoria, escepticismo y melancolía; de Moët & Chandon y literatura, de aquel personal fino y estupendo: Leopoldo Calvo-Sotelo, que estás en los cielos, Julio Anguita se ha ido con su mano izquierda para no volver, Joaquín Leguina se desintoxica con la novela, César Antonio Molina se da un baño de poesía -ese error necesario, dice- en la Casa del Lector... Y los españoles terminamos bailando siempre con la más fea, lleve coleta o traje de Emidio Tucci con el puño y la rosa bordados, que el chico tiene percha, pero solo. O fume puros en la hamaca del pazo con la lengua pegada al paladar. Así viven ellos, con esta marcha de pleonasmo que han cogido todos, encargando dos o tres libros fáciles -solo se lee de corrido a los mediocres- a un negro, que no llegamos a la Feria del Libro, oye.

Este road show descafeinado le hace a uno sentirse palimpsesto en las noches sin sueño de esta era del clic que lleva inexorablemente al tic. A ver si por lo menos nos dan un día un susto erótico, que el sainete de Tania y Pablo ya está muy pasado, y los chicos del Hemiciclo nos sorprenden desbragados comiéndose los profiteroles en la cama, en plan romance de verano, ahora que Vargas Llosa se ha cambiado los azulejos peruanos del baño por otros de signo oriental, y el pisco sour por el Ferrero Rocher que empalaga. Y no le van a salir tan bien las novelas como antes, don Mario, que el oropel del cuché entontece.

A mí las geishas no me gustan, me convencen más las españolas peleonas y “guerramundialistas”: montan la zapatiesta, le hacen añicos a uno el corazón por nada y luego se lo recomponen con Imedio cuando les da la gana, después de tomarse al limón un gin-tonic o dos. Que es curativo. Y pelillos a la ginebra. Una mujer de ley actúa como un seguro antirrobo y desparasita que da gusto: cuando los asesores y otras sabandijas las ven aparecer del brazo de la víctima vampirizada, ponen pies en polvorosa, porque saben que detrás de un gran hombre hay una gran mujer... y no un asesor. España necesita de esa mujer de rompe y rasga para despiojarse y que no se vayan con George Clooney, aunque estén enamoradas de él. Las españolas es que son muy suyas. Muy nuestras, digo.

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