ENTRE ADOQUINES
Colosal escándalo en el Covent Garden
miércoles 01 de julio de 2015, 18:12h
Comprobado: todo tiene un límite. Lo hay hasta para la proverbial flema británica. El público de la Royal Opera House interrumpía el pasado lunes la ópera de Rossini Guillermo Tell, sin esperar a que cayera el telón, para abuchear el desaguisado que el director de escena Damiano Michieletto había perpetrado contra la obra que narra la gesta del famoso héroe patriótico durante la invasión de Suiza por los austriacos a finales del siglo XIII. Que el director de escena italiano decidiera trasladar la acción a la Bosnia de los años 90 no parece, a priori, una idea descabellada, pero añadir por la cara una escena en el tercer acto que recrea el abuso sexual a una joven, maltratada y vejada por los soldados sobre una mesa de banquete mientras la orquesta interpreta el fragmento de la partitura que acompaña a una danza, colmó el vaso de paciencia de los aficionados londinenses. Tan sonora fue la pitada, que llegó a detener la música y la escena durante lo que imagino angustiosos segundos para los responsables del teatro.
Precisamente cuando acaba de estrenarse en Madrid la producción de la ópera de Puccini, Gianni Schicchi, dirigida por Woody Allen, nos llegan los ecos del citado cabreo en Londres. El propio director de la Royal Opera House ha reconocido que las paredes del coqueto teatro londinense jamás habían escuchado tan imponente protesta, tan sonora y enorme indignación. Aunque abroncar en plena representación de una ópera no resulte, sin embargo, un hecho extraordinario en otros teatros. No lo es, desde luego, en la mítica Scala de Milán, donde hasta el mismísimo Puccini tuvo que tragarse sapos durante el estreno de Tosca. “È morto”, acababa de exclamar desesperada la soprano al descubrir que el plan para liberar a Cavaradossi parece haber fracasado, cuando de inmediato se escuchaba bramar desde un palco: “Meno male”.
Los abucheos en la ópera son, sin duda, parte de la esencia de muchos aficionados a tan pasional género artístico. Y los seguidores tienen, como en el futbol, a su “jugador” favorito, a quien aclaman con generoso entusiasmo. Igual que, a la inversa, se muestran feroces y desaprensivos con “los contrarios”, dedicándose incluso a organizarse en comandos para acudir al estreno de una obra del compositor rival y reventarle por las bravas tan especial velada. Pero hoy, aunque la pasión siga muy presente en el mundo de la ópera, el público ya no monta gresca por fanáticas simpatías o antipatías hacia el compositor. Entre otras cosas, porque la inmensa mayoría de los grandes – por no decir todos – ya no está en este mundo.
Lo que al público le tiene más que hastiado es la manía egocéntrica y gratuita que tienen algunos directores de poner del revés la ópera que les ha sido encomendada, sin respeto alguno a la obra original. Una obra que no es suya ni lo será jamás, por mucho que utilicen la provocación y el escándalo como medios para asegurar que sus nombres aparecerán en la prensa. Demasiadas veces se habla de vanguardia, cuando lo que se nos presenta en realidad es una patética mediocridad aderezada con pésimo gusto. Ganas de provocar y hacerse un sitio en la vida, a costa de maltratar las creaciones de mitos como Wagner, Puccini o Rossini.
Y, sin embargo, se puede dar una nueva lectura, actualizar una obra a nuestro tiempo, profundizar en determinados aspectos de la misma o hacerla más accesible, sin necesidad de destrozarla. Lo hemos comprobado en infinidad de ocasiones. La última puede verse en el Teatro Real estos días: la producción de carácter cinematográfico de Gianni Schicchi dirigida por Woody Allen convence al público, aunque los Donati vivan en el siglo XX en lugar de en la Edad Media e, incluso, se le perdona el sorprendente final que no salió de la pluma de Puccini. Seguramente, la experiencia de aquella puesta en escena – la ópera se estrenó en Los Ángeles en 2008 – sirviera a Woody Allen para alumbrar a Jerry, el director de ópera jubilado que interpreta en “De Roma con amor” que se queja de la incomprensión de un público que no supo apreciar su “ingeniosa” escenificación de Tosca en el interior de una cabina telefónica.
Lo ocurrido en Londres el pasado lunes a raíz del estreno de Guillermo Tell, debería servir para que los intendentes de los teatros líricos bajasen los humos a determinados directores de escena oportunistas. A pesar de que todos sepamos que el escándalo genera publicidad sin coste alguno. Y aunque la misma sea negativa, lo triste es que todavía parece compensar.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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