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Fragmento veraniego de novela

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 10 de julio de 2015, 17:07h

Recién celebrada la Primera Comunión, don José Ledesma Pollo decidió que su nieto tenía que ser el monaguillo de la parroquia de Torrefrades, repleta sus muros interiores de extraordinarios, casi delirantes y magníficos frescos románicos, y entusiasmado con esa idea su amigo don Clemenciano, el párroco de la preciosa iglesia románica del siglo XII, la Presentación de Nuestra Señora, Ramiro comenzó a ayudarlo en la celebración de la Santa Misa desde los tempranos ocho años hasta que se fue a estudiar a Zamora capital. La Iglesia, construida con una sola nave de dos tramos, tiene espadaña a los pies con forma de campanario, sacristía y troje. Su cabecera es cuadrangular. De la época románica conserva la puerta norte con arco de medio punto sobre ajedrezado, y el hastial con señorial espadaña bífora que lo remata. La portada está formada con arco de medio punto con graciosa chambrana plana decorada en el frente del ajedrezado, sobre pilastras con impostas de listel liso. Las alucinantes pinturas románicas rojas de los frescos interiores, de las que se diría que de un arte así tuvo que inspirarse el expresionismo alemán, excitó la viva imaginación de aquel sensitivo muchacho sayagués, cuyos personajes se convertirían durante toda su corta vida en una parte de su fantasmagoría más singular, y aunque su talante racionalista, científico y positivista lo alejó pronto de lo transcendente, aquellas figuras santas de la Iglesia de la Presentación de Nuestra Señora se le volverían a aparecer en sus sueños días antes de que lo ejecutasen de forma infame los eternos pelafustanes de España, llenos de acrimonia y resentimiento. En la cárcel de Ventas, gracias a su trato con sacerdotes como don José Ignacio Marín, que le confesó y le dio la absolución tres días antes de morir, o don Manuel Villares, que fue una especie de director espiritual durante sus últimos cincuenta días de vida, Ramiro sintió remembranzas de su devoción infantil a la Virgen allí en Torrefrades, y de aquel secreto mechinal entre los muros interiores del templo en el que el niño Ramiro, durmiente una tarde de verano, había hablado con Dios.

Don Clemenciano comenzaba la ancianidad con un Parkinson muy avanzado, cuando pasaba las hojas del gran misal, colocado en el ambón, el temblor de sus manos hacía que la hoja tremolante tardase en pasarse, como si existiese un misterioso combate teológico, entre el mal y el bien, en el tránsito de las páginas de las Sagradas Escrituras, pero esto, lejos de dar una imagen triste de la enfermedad y la vejez, le cargaba de solemnidad mayestática y protocolo sagrado a los ojos del niño Ramiro. Encima, con su farfullar de latines a las ocho de la mañana, sentía Ramiro que aquel era el rumor mágico, casi indescifrable, con el que el sacerdote abría las puertas a otras dimensiones aún invisibles, pero que podían sentirse hasta hacerse casi reales en la imaginación devota de los fieles.

Lecturas que exigían madurez, como textos de Voltaire o Diderot, fueron separando a Ramiro de la inocente piedad primera. Su madre, la dulce Isabel, ya barruntaba que el niño leía textos que no eran propios de su edad, y su valoración crítica se la expuso a su sabio suegro, pero el abuelo no vio problema en ello porque veía en su nieto un superdotado, y suponía que la fe nace de la leche materna, como un manantial que fluye continua y misteriosamente, y aunque peñas de cultura atea o anticlerical, y las ruinas de la propia vida formen una presa que impida el discurrir de ese manantial, al final la fe se abre paso siempre, acaba desbordándose, y quienes han recibido este don de las palabras de una madre es muy difícil que lo pierdan por completo, a pesar de los pecados y altanerías culturales o filosóficas de esta vida, y cuando la propia vida sufre una gran crisis que como un terremoto remueve todos los cacharros que llevamos en el alma, constructos y artificios de nuestra propia vida, ese manantial de la fe instilada por el oído del corazón brotará con más fuerza por encima de los desechos de soberbia que se ha forjado estúpidamente el hombre. La fe siempre triunfa, incluso sobre uno mismo. Asimismo, también vio el pequeño Ramiro que el tembloroso don Clemenciano no era siempre un santo, sino que pecador hijo de Eva, tenía por lo demás sus cosas y sus secretos inconfesables, como todos. Y es que la mejor manera que existe para amar siempre a la Santa Madre Iglesia es no estar muy cercano a sus clérigos o tener la tolerancia de percibirlos como hermanos pecadores. Sea como sea, los años en que Ramiro fue monaguillo aprendió los dogmas básicos de la Iglesia y hasta se introdujo un poco en el latín eclesiástico, y aprendió a estar serio en los momentos importantes. Y por otro lado, no se apartó con ello de las cosas propias de los muchachos de Torrefrades, y de cazar pajarillos con liga o abatirlos con tiragomas, y otras mil aventuras, como escalar las peñas y paredes más peligrosas. También empezó a despreciar la falta de seriedad o frivolidad que tenían muchos varones de su pueblo con las propias creencias. En frente de la Iglesia, al otro lado de la plaza, existía un bar al que se dirigían los feligreses varones adultos a tomar unos vinos y a fumar un par de cigarrillos todos los domingos mientras duraba la larga homilía que pronunciaba desde el púlpito, como sobre un tremedal o mar encrespado, don Clemenciano, contra los peligros de la carne y la codicia del mundo. Una vez terminada, un muchacho pequeño, a menudo Javi Perero, los solía avisar por una perra gorda, y los hombres del pueblo se reintegraban alegres en La Presentación de Nuestra Señora a la segunda parte de la misa dominical. Todo esto lo sufría con estoico espíritu el bueno de Don Clemenciano, pero sublevaba el alma pura y digna, ahíta de verecundia, de Ramiro, que nunca fue un frívolo y cuya prematura seriedad le acompañó hasta la muerte, quitando quizás cierta gracia al personaje.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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