Estamos ante la primera novela del joven autor francés Édouard Louis (Hallancourt, 1992) y que ha cosechado un éxito notable, prueba de ello son las recientes traducciones que han aparecido en castellano y en catalán pero también en sueco, portugués o japonés. Se trata de una narración autobiográfica a través de la cual E. Louis (antes denominado Eddy Bellegueule, como el protagonista de la historia) recuerda su infancia y adolescencia en el seno de una familia y de un pueblo marcados por la intolerancia y la brutalidad física y mental. “Tenía once años y era ya más viejo que mi madre”, una afirmación que condensa la atmósfera en la que creció Eddy. ¿Cómo se vive a diario la marginación? ¿Por medio de qué procesos se llega a asumir la diferencia? Estos son algunos de los interrogantes que plantea la historia personal de un niño, objeto de todas las burlas ya desde la escuela, que descubre su orientación homosexual dentro de una sociedad opresora dominada por el machismo y por el qué diran, sobre la que planean además una serie de circunstancias nefastas poco propicias a la aceptación: problemas sociales, miseria, alcoholismo, enfermedad, violencia.
Desde las primeras líneas percibimos el tono autobiográfico (que no autocompasivo) que se mantendrá durante todo el relato: “De mi infancia no me queda ningún recuerdo feliz. No quiero decir que no haya tenido nunca, en esos años, ningún sentimiento feliz o alegre. Lo que pasa es que el sufrimiento es totalitario: hace desaparecer todo cuanto no entre en su sistema”. Durante la lectura de ciertos pasajes sorprende la madurez narrativa del autor, quien pese a bucear por los rincones más íntimos de sus progenitores, de sus amigos, de su iniciación a la sexualidad o de sus propios traumas lo hace con un cierto desapego emocional, haciéndonos olvidar por momentos que el escritor es, en realidad, el protagonista.
“Todavía me está costando dolores tremendos y noches sin dormir esa negligencia de mi familia y de mi clase social”, confiesa Eddy, no obstante sin llegar a caer en un rencoroso ajuste de cuentas. El dolor de este chico, su marginalidad, son extensibles al de todos los seres que alguna vez y por no importa qué motivo se han sentido menospreciados y abusados –“Nunca se acostumbra uno a que lo insulten”-, y en este sentido el autor se muestra especialmente empático con la supuesta rareza o la anomalidad de otros personajes que se cruzan en esta historia. Un libro duro y a la vez sereno, por cuyas páginas se respira incontestablemente un aire de superación, de tolerancia y de respeto. Gran lección que nos brinda un escritor primerizo, a quien deseamos una carrera tan bella como su original apellido.