“Y eso me recuerda que una vez vi a una mujer ejecutar una voltereta entera en el aire, un giro de trescientos sesenta grados en pleno vuelo, antes de pisar el suelo ágilmente con los pies descalzos. Cualquiera habría dicho que era imposible”, nos dice el narrador de El cerebro de Andrew. Un giro de casi la misma dimensión es el que nos da en esta su última novela, publicada en nuestro país el pasado año, el escritor norteamericano E. L. Doctorow, cuya desaparición este 21 de julio supone un duro golpe no solo para las letras estadounidenses, sino en general para la literatura de excelencia. En sus ochenta y cuatro años de vida, Doctorow puso en pie una obra brillante, galardonada con múltiples premios como el Pen/Faulkner o el National Book Award, y que consiguió fieles seguidores en todo el mundo.
Especialmente, a Doctorow se le asocia a Ragtime (1975), sin duda una logradísima novela que nos sumerge con intensidad en el Nueva York de comienzos del siglo XX a través de la historia de una familia acomodada, cuyas vicisitudes se entremezclan con las de otras dos. En el perfectamente trabado relato conviven personajes ficticios y reales, y se plantean decisivas cuestiones y conflictos que en ese momento se dirimían con fuerza, como la discriminación racial, el incipiente feminismo, las huelgas obreras o la situación de los inmigrantes -el propio escritor pertenece a una familia de judíos rusos afincados en Estados Unidos. Todo a ritmo de ragtime, ese género musical que nace en las comunidades afroamericanas de finales del XIX y que tanto predicamento tuvo en el nacimiento del jazz. Esta novela de Doctorow sirvió de base a una película dirigida por Milos Forman en 1981, y en 1998 a una exitosa comedia musical en los escenarios de Broadway.
Ragtime resulta un claro paradigma de la condición de Doctorow de cronista de su país, desarrollada también en títulos como El libro de Daniel, La gran marcha o Homer y Langley, inspirada en el impactante caso real de estos dos hermanos, aquejados del síndrome de Diógenes, que acumularon toneladas de objetos diversos. Condición de cronista que Doctorow ejerció siempre alejándose del mero documentalismo y de enfoques simplones y mediante una gran exigencia estética.
En El cerebro de Andrew, Doctorow nos obsequia, como señalábamos al comienzo, con un giro en el que pasa de amplios escenarios y varios personajes a la intimidad de uno solo, un extraño Andrew que a veces habla de sí mismo en tercera persona en un monólogo, en algunos momentos diálogo, donde nos cuenta su vida, de la que no está ausente la tragedia, pues, parece tener, como le reprocha el marido de su exmujer, un don para dejar a su paso todo “un reguero de desgracias”. Andrew es un profesor y científico, especialista en ciencias cognitivas y en el estudio del cerebro, que se confiesa ante un psiquiatra. De esa confesión, en la que van apareciendo sombríos episodios, como la muerte del bebé que tuvo con su mujer Martha, los lectores somos privilegiados testigos a quienes se lanzan desasosegadoras preguntas que nos remiten a los vericuetos de la mente humana, a los entresijos de la conciencia, a la verdad o la mentira y el engaño que el hombre puede fabricar. Al bosque oscuro donde anidan turbadores sentimientos, donde la culpa puede provocar sorprendentes reacciones.
El psiquiatra le pregunta a Andrew si cree que ha sufrido algún trauma, a lo que este le responde: “Mi único trauma es la vida”, encontrando quizás una suerte de redención en su relato. La que ha quedado como la última novela de E. L. Doctorow resulta una propuesta inquietante, con sus gotas de ironía e incluso humor, que merece la pena leer con atención. Al igual que toda su obra, una de las imprescindibles de la literatura contemporánea. Para finales de agosto, la editorial Malpaso publicará una edición de los
Cuentos completos de Doctorow, que incluye algunos inéditos en español. Feliz iniciativa a la que estaremos atentos.