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ESCRITO AL RASO

Llamada a capítulo a Artur Mas

David Felipe Arranz
domingo 26 de julio de 2015, 19:38h
Actualizado el: 27/07/2015 10:22h

El mediodía de la ola de calor dura todo el día y toda la noche, así que los españoles ya no sabemos si abrir las ventanas, cerrarlas o colgarnos de la correa de la persiana, pero por fuera; como en un tercermundismo de rescate europeo donde todo el mundo se arroja por la ventana. Vamos de la ola de calor al “hola” de calor de humanidad en la calle y en las escaleras, en la oficina y en los teatros. Y la democracia hispánica va y cala la bayoneta.

La monarquía de julio le pone también mala cara, sudor y lágrimas a Artur Mas, por culpa de esa mueca burlona que tiene; que aquí ya no hay razas honestas, ni siquiera una política beatle: aquí hay mucha harina y boina detrás de las elecciones catalanas del 27-S. Y mucho deseo por parte de algunos prognatos como él de volver a la España ensangrentada, aprovechando estos altos hornos de Belcebú del mes de julio, abanicándonos a todos con su mitin flamígero.

El ministro de Justicia, Rafael Catalá, que a finales de abril, en pleno arrebato de desaggiornamento, abría chulescamente la manzana de si era necesario sancionar a los medios de comunicación que publicasen informaciones sobre investigaciones judiciales en curso, ha repentizado ahora, cual rapsoda homérico, una apelación al artículo 155 de la Constitución…. que lleva escrito 36 años. Ha salido a la palestra imprevista de las ondas, hermético como es él con sus gafas gruesas, ante las caras largas que el rey don Felipe le va poniendo últimamente a las sonrisas separatistas del gozoso Mas, a quien le bordaron el alma cuando era niño con un mapa en el que Cataluña colgaba sola de los Pirineos, y de ahí para abajo solo agua y África. Vamos, que los demás no estábamos allí, ni las dos Castillas, ni la Andalucía de las Américas: la nao y las tres carabelas, entonces, partieron de Tarragona, un suponer, ubú president.

El artículo dice que si una autonomía actuara de forma que atente “gravemente contra el interés general de España”, el Gobierno podrá requerir al presidente autonómico, y de no ser atendido, con la aprobación de la mayoría del Senado, “podrá adoptar las medidas necesarias” para obligar al “cumplimiento forzoso” de sus obligaciones, dando instrucciones “a todas las autoridades de las comunidades autónomas”. Vamos, que el ministro ha sacado pecho en la radio y se ha puesto estupendo. Y el caso es que la comisión constitucional del Congreso se ha dado prisa y ha aprobado ayer y remitido al Senado la ley de Seguridad Nacional, que amplía los poderes del Gobierno para “proteger la libertad y bienestar de los ciudadanos, y garantizar la defensa de España y sus principios y valores constitucionales”. Es decir, que según los separatistas Rajoy en plan galernazo asumiría el mando de los Mossos d’Esquadra si las cosas se pusiesen feas tirando a fatales. Total, que ya se imagina uno que se lía la zapatiesta con la vendimia del Ampurdán, pero con pendones históricos y lanzas herrumbrosas, y con Rajoy y Mas montando a caballo y capitaneando sus mesnadas a espadazo limpio.

El Govern y los partidos soberanistas –eufemismo hermoso para no decir “secesionistas”– catalanes hacen de las suyas. Contra todo pronóstico, hasta Monedero, con sus gafas pintadas de reflejos, ha salido al quite y ha dicho en ese estilo gris y sepia de los sóviets de Zhivago que “Si dejamos que los diferentes pueblos de España pidan salidas particulares estaremos en un callejón sin salida”. Cómo se les nota a todos las santas alianzas del pactismo: hemos pasado de bailar al son de la música de las flautas de la puerta del Sol a defender de sopetón la unidad patria. Juan Carlos, un poco más de disimulo, que cualquier día le cantas un chotis a don Mariano.

En este verano de hornos nos hemos metido las utopías en el saco y lo hemos guardado para Navidad, porque ahora al Madrid de los Austrias y a la Cataluña insurgente les toca vocear a ver quién grita más alto. Mientras, algunos desfallecemos por los latigazos de calor, encima de las antigüedades del Rastro intemporal deshidratándonos, soportando apenas la camiseta y las deportivas, y se nos vuelve la boca astringente y el alma amenaza con levantar el vuelo como un vencejo.

Mientras miramos quevedescamente “los muros de la patria mía”, esperamos algo, un alivio azaroso y noctámbulo. No sabemos muy bien qué; posiblemente el invierno shakespeariano de nuestro descontento, el de las izquierdas melancólicas, ilustradas y azañistas, que es donde nos encontramos más a gusto: librepensando, libreleyendo y librescribiendo.

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