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TRIBUNA

El eccehomo de Borja en la ópera de Colorado

David Felipe Arranz
domingo 02 de agosto de 2015, 19:27h
Actualizado el: 08/03/2015 12:58h

Ya escribimos en este mismo diario sobre la épica y jacarandosa “hazaña” de Cecilia Giménez: repintar en agosto de 2012 a su libre albedrío un eccehomo al óleo de un mural del Santuario de Borja, en Zaragoza, obra del desconocido Elías García Martínez, para convertirlo en otra cosa más propia… de otros mundos muy lejanos. La BBC, The Independent, Libération, Le Monde, Daily Telegraph o Der Spiegel le dedicaron páginas a la restauración explosiva y ultramoderna de la anciana aspirante a pintora, convirtiendo su destrozo plástico en un icono de nuestro tiempo. Mientras tanto, a aquella discreta y modesta mujer, entre todos los periodistas y opinólogos casi la matamos a disgustos: hay heridas que no cicatrizan y hoy le ha dicho a la agencia EFE que está pasando “una temporada muy mala”.

Cuando el mundo comenzaba a olvidar a la “artista” Cecilia Giménez, una anciana con tanta buena voluntad como pocas dotes para el arte, sale ahora a la palestra Andrew Flack, autor del libreto de la ópera bufa Behold the Man, que se estrenará en la primavera de 2016 en Boulder (Colorado) con música de Paul Fowler y dirección de Amanda Berg Wilson. La noticia llegó a conocimiento de Flack a través de la lectura de un titular en los medios, “Crazy Old Woman Ruins Priceless Masterpiece”, aunque lo cierto es que el eccehomo del valenciano García Martínez, profesor auxiliar de la Escuela de Bellas Artes de Zaragoza, ni era tan priceless… ni mucho menos masterpiece.

Las edades son, a la vez, sucesivas y simultáneas, y aquella mujer, entonces con 83 años, después de una vida de oración y temor de Dios quiso volver a las pinturas, como cuando era niña: acaso fue su gran pasión. Cuando somos pequeños emborronamos papeles y nos manchamos de colores, y todo el mundo aplaude y nos anuncia que de mayores seremos un Picasso o un Georges Braque. Los que conservamos nuestro ser de niño encadenamos infancia a lo largo de las sucesivas edades, viviéndolas todas por separado y al mismo tiempo porque lo devuelven a uno al paraíso perdido de la niñez. Seguramente a Cecilia, en algún momento de su vida, alguien –el párroco del pueblo, tal vez– le dijo que tenía mano para las bellas artes, con una de esas sentencias provenientes de alguien con autoridad moral y que nos encadenan a un destino o un anhelo de por vida. La lejanía de las artes para Cecilia siempre había estado allí, en los frescos pintados en los muros de la iglesia de su pueblo, tan a mano, a pie de rezo, y tan deteriorados por el paso del tiempo… El misterio del Nazareno estaba allí, en Borja, entre la música sacra, el olor del incienso, el vuelo de la letanía y el bisbiseo de los primeros bancos de fondo.

Algunos celan su pasión por el arte en la subasta, la intimidad del libro o el catálogo o la exposición efímera y tumultuosa. Otros, como los estadounidenses, llegan a galope transatlántico desde Boulder city, bajan de su caballo, se sacuden el polvo del camino, entran en la iglesia, levantan su sombrero de ala ancha y silban mirando de arriba abajo lo que fue un Cristo y hoy es un ser sobrevenido con trazas infernales que recuerda a un ruso puesto de vodka hasta el papaja, a un espía surgido del frío, a una figura de corte o a un insecto antropomórfico con ínfulas de poeta. Qué cierto es eso de que la cultura es la continua metáfora. Así que el cowboy va y le monta una ópera a Cecilia para dejarla contenta y regalona frente a las bellaquerías hispánicas, siempre bajo el signo de la envidia. Que así son de generosos e inspirados en la América del Norte.

Aquella mujer que quiso emular a Velázquez, a Zurbarán, a Alonso Cano, al Greco o a Goya no podía imaginarse que acabaría convertida en personaje principal de una obra operística en varios actos que se estrenaría en Colorado, territorio que tantas veces vio en televisión después de comer, poblado de pistoleros e indios, de los Glenn Ford y William Holden de sus amores. Tengo la obligación de pasmarme ante las esplendorosas evoluciones de la cultura, al margen de tendencias y de hipsterismos gafapastiles. El eccehomo cuasi-mondrianesco que Cecilia Giménez repentizó en 2012 en un arrebato místico nos evita que miremos con rencor los atentados perpetrados en nombre de la inspiración artística–, como por ejemplo, el atropello multicolor y estalactítico que perpetró Miguel Barceló en la cúpula de la sede de la ONU en Suiza–. Ellos, los artistas, lo viven todo apasionadamente, hasta sus errores y fullerías, virándolos al rojo, al azul o al amarilllo.

En una cosa acierta el argumento de la ópera de Flack: el patinaje del pincel de la octogenaria y bienintencionada mujer acabó con la crisis económica de Borja. Los niños de la plaza volvieron a jugar, las parejas hicieron más veces el amor, las tiendas de ropa pidieron más género a la capital, las cigüeñas volvieron al campanario a repiquetear con sus picos y el cura del pueblo vio cómo hasta los ateos recalcitrantes hacían cola entre su rebaño para entrar al santuario. Lo demás, si aquel diabólico o celestial entruchón es arte o no es arte… qué importa.

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