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TRIBUNA

Constantes endémicas

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 07 de agosto de 2015, 15:03h
Actualizado el: 08/07/2015 21:04h

Los separatismos nacionalistas están en las dos orillas del Ebro; separarse y empujar son acciones complementarias. Existe un separatismo español como existe un separatismo catalán. El separatismo es un problema político, sólo en el sentido de que es una distorsión de los políticos, alimentada y construida por la suspicacia artificial de las dos orillas del Ebro, no sólo la de la orilla izquierda. El tirón hacia dentro es correlativo e inseparable del empujón hacia fuera. La raya o frontera no separa a buenos y a malos. El españolismo no es menos irracional que el catalanismo. Con irracionalidades en ambas orillas del Nilo hispánico, como llamaba Eugenio Montes al Ebro, no se puede llegar a ninguna decisión racional, sino sólo a una situación trágica, que es lo único que puede engendrar la irracionalidad política.

El órdago absurdo de Mas no tiene la misma reciedumbre que el de Companys. En Cataluña no está Batet, y, lo que es más importante, la bolsa para Mas es primordial, y nunca la pondrá en peligro por ideales catalanistas, sino que éstos tendrán siempre un papel ancilario de aquélla. ¿Se volverá a repetir este octubre de 2015 el octubre rojo del 34?

La Revolución de Octubre del 34 prácticamente coincide con la unión de Falange y las JONS. Dado que la Democracia no otorga el Poder político a la izquierda, ésta decide tomarlo por la fuerza. Intentan sublevar a toda España, también a Madrid, pero la Revolución sólo llega a cuajar durante unos días en Asturias, parte de Palencia y Santander, y apenas diez horas en Cataluña, donde la Revolución se unió al separatismo de Lluis Companys, que declaró el Estat Catalá.

Cataluña ha ido arrancando jirones de soberanía política cautelosamente. El apetito viene comiendo y al separatismo se llega devorando. El independentismo catalán es compatible con el imperialismo catalán, pues Cataluña, instrumentalizada por una minoría de nacionalistas extraños, no sólo ha querido separarse de España, sino que ha querido arrancar a ésta otros territorios. Así, en 1936 la Generalitat edita un mapa ( circula incluso en tarjetas postales de la época, de las que uno posee un par de ellas ) que alcanza desde el Pirineo aragonés hasta el reino de Murcia. Y el archipiélago Mediterráneo. Sería otra forma de integrarse en España, catalanizando España, conquistándola. Eso lo llegó a pretender Roca, pero la derecha españolista no apoyó a la derecha catalana. Mal hecho. Hoy, con una España catalana, no tendríamos el problema de Mas, que no tiene altura política para ser alcalde de una aldea catalana, y es presidente de su Generalitat; con lo que se ve que en esto los catalanes son muy españoles. La españolidad catalana ha vivido demasiado tiempo a costillas del prójimo político. La Generalitat ha dicho ya demasiadas veces a España: “Nosotros somos nosotros y vosotros sois para nosotros”. Es así que el separatismo ha acabado en negocio como chantaje.

El separatismo se aprovecha de la agonía de un sistema político que fracasa, pues siempre aparece en instantes en que el Estado es débil o ha sufrido un revés. No se le exija al separatismo deberes ni sacrificios. Vive, como microbio, en el caldo de cultivo de la anemia. En su parte más paroxística separa hasta su propia separación. El abismo llama al abismo, la demencia multiplica la demencia. Los azuzadores del separatismo declaman la oda a las virtudes de los que pretenden segregar, contra los vicios degradados de “los otros”. Exaltan la vanidad del secuaz, denigran al hermano, pretenso ex hermano. En Barcelona, un doctor Robert descubrió que el cráneo catalán era superior a los demás cráneos del mundo. ¡A lucir calavera, pues estamos por encima de los huesos peninsulares! Les dijo Unamuno en cierta ocasión a los catalanes: ¡Catalanes, os perderá la estética!” Admite la revolución separatista todas las ideologías, siempre que se sometan al propósito independentista.

En realidad, un separatista es un inadaptado de por vida. Sus segregaciones envenenan el medio en que reniega.

En diciembre del 33 muere Maciá, y lo sustituye Lluis Companys. La democracia anarquizante y separatista plagiaba al fascismo estrictamente unionista y de espina dorsal militar. Companys crea una fuerza militar independentista, y pone al frente de la misma al incapaz Duncas. Duncas se convertirá en el Roger de Lauria de la parte marcial. El general Batet, en un último intento de que no llegue a la locura Companys, va a visitarlo para procurar un arreglo. Batet desea impedir el reparto de armas al pueblo. Companys responde a Batet que necesita consultar con sus consejeros. Y diez minutos después declara el Estat catalá con sus siete mil “escamots” muy bien armados. El general Batet corta la recién nacida independencia con cinco cañonazos. El Estado catalán había durado escasamente diez horas.

Ese mismo día en Madrid, José Antonio, con sus camaradas Ramiro, Ruiz de Alda, Onésimo, Sánchez Mazas, Fernández Cuesta, Lluys Santamarina, José Manuel de Aizpurúa, Giménez Caballero, José María Alfaro, Juan Aparicio, Manuel Groizard, José Miguel Guitarte, José María de Areilza y Luis Aguilar, fue al Ministerio de la Gobernación para ofrecer al Gobierno de Lerroux la Falange como instrumento de lucha y de combate contra la revolución de Asturias y los separatistas catalanes.

- No vale la pena de vivir para ver a España sometida al Islam rojo – le dice José Antonio al Ministro de la Gobernación.

Abortadas las dos amenazas que se cernían sobre España, José Antonio organiza una manifestación en el corazón de Madrid con 20.000 falangistas. En su discurso llega a decir: “¡Gobierno de España! En un 7 de octubre se ganó la batalla de Lepanto, que aseguró la unidad de Europa; en este otro siete de octubre nos habéis devuelto la unidad de España. ¿Qué importa el Estado de Guerra? Nosotros, primero un grupo de muchachos, y luego esta muchedumbre que veis, teníamos que venir, aunque nos ametrallaran, a daros las gracias. ¡Viva España! ¡Viva la unidad nacional!

Mucho más cobarde que Companys, y muchísimo más tonto que Maciá y Pujol, Mas, empedernido cacógrafo, se constituye en la bomba humana más peligrosa del Estado español, por parecerse a aquel pastorcillo mentiroso que gritaba a sus vecinos “¡que viene el lobo! ¡que viene el lobo!”, cuando no era cierto, y que los vecinos, tantas veces burlados, no le creyeron cuando era verdad. Por ello Rajoy debería actuar pensando que la convocatoria del 27-S no entraña ningún farol.

España “es” y España “está”.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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