Tengo que leer varias veces la noticia para, primero, entenderla y, después, tratar de asimilarla con todo lo que conlleva, matices incluidos. Y lo triste es que, a estas alturas, quizá no debería haber hecho tantos aspavientos. No lo sé. ¿En serio un padre impidió que los socorristas de una playa de Dubái salvaran a su hija de morir ahogada? “Auxilio”, gritaba la pobre joven de 20 años cuyo padre se lio a mamporros con los dos hombres del equipo de rescate, que acudían in extremis a sacarla del agua, para que no se les ocurriera tocarla. Según el portal de noticias Emirates 24/7, el padre no dudó ni un solo instante: la máxima prioridad en aquellos angustiosos momentos no era la vida de su hija, sino mantener incólume su honra. Y, claro, si las manos de esos dos bigardos – o no tanto, porque no fueron capaces de reducir a semejante energúmeno – tocaban el cuerpo de su hija, adiós a los 20 años que el fulano se había pasado velando, precisamente, para que ningún hombre se acercase a ella demasiado. Qué desgracia, qué tremenda deshonra para toda la familia. Qué futuro podía aguardarles, mejor que la chica no tuviera ninguno.
El caso es que el individuo luchó como un perro rabioso, empujando de manera frenética a los socorristas mientras de fondo se escuchaban los desesperados gritos pidiendo auxilio que brotaban, cada vez con menos fuerza, de la garganta de su hija. Pero, ¿y los aullidos de la madre que también estaba allí? ¿Los de sus hermanos? ¿Es que no había nadie más en la playa para sujetar al bárbaro o para tirarse al agua mientras el susodicho estaba “distraído”? Eso sí, el vicedirector del Departamento de Rescate de Dubái, Ahmed Burqibab, se apresuró, por si había dudas, a declarar su desolación por el triste desenlace consecuencia de las extremistas "creencias" de este hombre, del cual, por cierto, se desconoce la nacionalidad y solo ha trascendido que es de origen asiático. De acuerdo con el testimonio del responsable de los rescates, el padre de la chica fallecida dijo que “prefería a su hija muerta que tocada por un hombre extraño”. "Desgraciadamente murió”, ha declarado Burqibab por su parte, “y podría haber vivido, porque los socorristas estaban muy cerca para sacarla del agua". No me digan que no sigue pareciendo todo esto raro, muy raro.
El hombre, en todo caso, fue detenido y puesto a disposición judicial, aunque me pregunto, colonizada por el cinismo, si solo se le acusará de impedir que rescataran a su hija o también – y aún más - por agredir a los socorristas. Vaya mundo. Malditas creencias. Y no piensen que me he puesto en plan fijarme en la paja del ojo ajeno y no ver la viga en el nuestro. Porque menudo pedazo de viga que tenemos, como para no verla. La pasada semana murieron en España cuatro niños a manos de sus padres, quienes no necesitaron de mamarrachadas camufladas de creencias para cometer tan inauditos y execrables crímenes. Sangre de su sangre, carne de cañón. Eran míos, yo te los di, yo te los arrebato. Así que, primero, el pasado 1 de agosto, un hombre mataba con una sierra a sus dos hijas, Amaia y Candela, de 4 y 9 años en la localidad pontevedresa de Moraña y el jueves siguiente, 6 de agosto, otro tipo asesinaba en su domicilio de Castelldefels a su mujer y sus hijos, una niña de siete años y un niño de 12. ¿Se puede llamar creencias al odio y a la venganza?
La nueva ley de protección de los menores y la infancia, que reconoce como víctimas directas a los hijos de las mujeres afectadas por la violencia de género y define los supuestos de desamparo que permiten a la administración separar a un menor de su familia en caso de maltrato, acaba de entrar en vigor este miércoles. Precisamente el mismo día en que una mujer ha degollado a su bebé de tres meses en el cementerio de La Villa de Don Fadrique, sin que podamos saber si la nueva normativa habría impedido que la mujer, con graves y reconocidos problemas psiquiátricos, acabase con la vida del menor. Ha sido la abuela quien, por su parte, probablemente haya salvado a la otra hija de la filicida, una niña de tres años a quien, temiéndose lo peor, la mujer no dejó que se marchara con su propia madre. Porque hacía falta aumentar la protección a los niños con la nueva ley, pero en la mayoría de los casos, por desgracia, únicamente quienes tienen una relación cercana con el núcleo familiar pueden alertar de la situación de peligro. En ocasiones, ni siquiera eso. Porque no hay infierno más cerrado a los ojos de los demás que el vivido entre las cuatro paredes de un hogar convertido en averno.