A cuatro meses de las elecciones generales, por inaudito que pueda parecer, muchos auguran una holgada victoria a Rajoy; tan holgada que nadie sería capaz de vetar su investidura. No es que el presidente del Gobierno vaya a cambiar de actitud; ni que, de pronto, empiece a mejorar su deteriorada imagen. Él sigue a lo suyo: a repetir hasta la saciedad que cualquier otro Gobierno liquidaría la recuperación económica que, en efecto, ha logrado el Ejecutivo del PP en esta legislatura. Y de ahí no lo saca nadie. Ni nadie puede aspirar que se convierta en un tipo encantador, seductor, simpático… Lo del carisma no es su fuerte.
Pero a su favor tiene enfrente a Pedro Sánchez y a Pablo Iglesias, una pareja de atolondrados políticos que no comete más que memeces, barrabasadas políticas. Una pareja que empieza a asustar hasta a los más moderados socialistas y que está consiguiendo que el PP pueda recuperar el voto perdido por la arrogancia , por la apatía ante asuntos trascendentales como la meliflua respuesta al desafío secesionista catalán o a la corrupción, donde, es evidente que le gana de lejos el PSOE. Y es que se extiende el pavor de que España caiga en manos de un Frente Popular revanchista y destructivo.
La pareja de marras se lo está poniendo fácil a Rajoy desde que unió escaños y concejales para gobernar, incluso, donde, había ganado las elecciones el PP. La lista de esperpentos cometidos por las alcaldesas de Madrid o Barcelona, los de La Coruña, Cádiz, Santiago de Compostela, Zaragoza… o por los presidentes de las Comunidades de Valencia, Baleares, Castilla-La Mancha… es tan interminable como conocida por la opinión pública.
El enchufismo de sobrinos, maridos, amantes, cuñados y vecinos no lo supera ni Franco en sus mejores tiempos. Esta pareja sí que representa a la más apestosa y aprovechada casta. Pero lo peor está aún por llegar. Y en esos cuatro meses que quedan para celebrar las elecciones generales, multiplicarán idioteces políticas, corruptelas y despilfarros del dinero público en chorradas.
La campaña del PP ante las elecciones generales, por suerte, ya no está en manos de Arriola. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se ocupan de hacérsela gratis a Rajoy al pintar de negro el futuro que le espera a España si su matrimonio se consuma. El pánico se extiende como la pólvora por toda la nación. Hasta Felipe González, dicen los malvados, votará a Rajoy.
De ahí, que el presidente del Gobierno haya decidido prolongar la legislatura todo lo posible. Cada día que pasa, Colau, Carmena, Page, Ximo Puig y demás dirigentes nombrados por la pareja le regalan votos a Rajoy con sus decisiones. Que pueden ser simples sandeces, como el cambio de los nombres de las calles, la instalación de urinarios barceloneses con vistas a la calle, la financiación de las borracheras de los okupas…O cometen auténticas felonías como apoyar a los proetarras para gobernar en Navarra, arruinar el turismo en Madrid o Barcelona o suprimir una de las esencias de la cultura española, como las corridas de toros. Mientras, Rajoy se fuma un puro bamboleándose en la hamaca.
Ahora sí que el PP puede apelar al llamado voto del miedo (del pánico), al voto útil. Además, la ambigüedad de Albert Rivera, que pretende erigirse en la esencia de la democracia, que no se moja ni cuando se ducha, que todavía no sabe que su electorado se sitúa en el centro derecha, empieza a retroceder en intención de voto cada día que pasa. Porque, al final, aunque haya que taparse la nariz al depositar la papeleta del PP en la urna, por mucha grima que pueda provocar Rajoy, buena parte de España sabe que un Gobierno de la parejita resultaría un auténtico peligro para la democracia, para la estabilidad y, sobre todo, para la economía. Con las cosas de comer no se juega. Y con España, menos.