Tengo la suerte de tener un gran amigo chileno. Nació y reside en Santiago y es un fanático como pocos del Real Madrid. Es de esos fervientes seguidores que sabe qué cenó Illarramendi ayer, cuántos nudos hace Jesé al atarse los cordones, cómo se llama la empresa del primo de Modric o la marca del colutorio de Danilo.
A poco que la conversación versa sobre fútbol o sobre el club blanco, a mi amigo se le hincha la vena y su defensa del famoso señorío merengue la envidiaría hasta el mismísimo Santiago Bernabéu. Sin embargo, no es socio, ni abonado. Ni siquiera ha pisado una sola vez el que para él es “el templo de Chamartín” o ha estado remotamente cerca de sus ídolos.
Mi amigo hace suyas las pasiones, los ideales y una fe inquebrantable en algo que nunca ha tocado con sus manos ni ha visto en vivo, de algo que le coge a 10.700 kilómetros de distancia, pero que siente tan propio como el que más. Ese ha sido precisamente, tirando de oportuna metáfora, el gran éxito del yihadismo radical.
Ahora Estado Islámico, y Al Qaeda desde hace ya unos cuantos años, aunque ésta última haya perdido punch, han logrado crear una imagen de marca atractiva para millones de fieles repartidos por todo el planeta. Este sello, que ha servido a los grupos terroristas para nutrirse de leales milicianos, también ha logrado que musulmanes que viven muy lejos de las zonas de influencia directa yihadista se sumen a sus ideas de terror y violencia de forma individual y aislada, de que se sientan parte de algo superior, de algo grande y poderoso, de ser partícipes de un colectivo transnacional que da significado a sus vidas.
Es el contar con miles de potenciales activos, aunque no estén afiliados, cuantificados, registrados, asociados o relacionados de alguna manera con la matriz terrorista o alguna de sus sucursales, lo que ha hecho de la actual amenaza de Estado Islámico o Al Qaeda un verdadero quebradero de cabeza para los servicios de seguridad occidentales.
Hoy en día, un joven italiano, australiano, nigeriano o estadounidense, con tan solo conectarse a Internet, puede radicalizarse por su cuenta, ya que tiene un acceso ilimitado a páginas de adoctrinamiento de la versión más radical del islam sin que ello implique entrar en contacto con organización ilegal alguna. Hasta puede instruirse en toda suerte de artefactos caseros de los que hacer uso en cualquier lugar y en cualquier momento desde su casa y sin levantar sospechas. ¿Cuántas veces habremos escuchado después de un atentado o una detención lo de “era un chico normal y corriente” o “nos ha sorprendido a todos, no lo sabíamos”?
El yihadismo ha acabado por convertirse en un estilo de vida y no tanto una afiliación activa, y eso entraña unos peligros, hasta hace relativamente poco, desconocidos. El gran éxito de las dos grandes multinacionales del terrorismo ha sido la de crear una poderosa idea, una imagen cautivadora y completamente artificial con la que miles de personas son capaces de alienarse para combatir allá donde se encuentren.
El perfil es calcado al anterior: joven, inadaptado, normalmente de extracción humilde. Un caldo de cultivo perfecto para un lavado de cerebro que a veces se realiza in situ y otras veces se produce a iniciativa del individuo y con Internet como vehículo. “No tienes –se les dice- por qué venir a Siria o Iraq para hacer la yihad, hazla desde casa. Coge un cuchillo y sal a la calle. Entra en Internet y aprende a fabricar una bomba”.
Ahora, cualquier radical puede cometer una atrocidad y enarbolar la bandera de esta o aquella organización sin necesidad de pertenecer realmente a ella. Es el famoso ‘lobo solitario’ pero con un componente de adhesión ideológica ciertamente tenebrosa y, al mismo tiempo, imprevisible.
Este es, sin duda, el éxito del yihadismo contemporáneo: fabricar fanáticos seguidores que defenderán la causa hasta sus más extremas consecuencias, desde Australia hasta Francia, desde Kenia hasta Noruega, sin tener la necesidad de ‘darse de alta’ en la organización. Y, como apuntaba Dom Cobb, el personaje que encarnaba Leonardo Di Caprio en Origen, toda idea, una vez implantada es casi imposible borrarla, por lo que la regresión es ciertamente difícil. Es el branding de la sinrazón. Es el ‘Real Madrid’ del terror.