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RELATOS

Samanta Schweblin: Siete casas vacías

domingo 30 de agosto de 2015, 18:03h
Samanta Schweblin: Siete casas vacías

IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero.Páginas de Espuma. Madrid, 2015. 128 páginas. 14 €

Por Rafael Narbona

Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) ha reunido siete cuentos que pueden leerse independientemente, pero con una perspectiva de la realidad y del hecho literario que conjura el riesgo de la dispersión, imprimiendo una profunda complementariedad al conjunto, casi un fresco de vidas rotas, anodinas, absurdas, atormentadas. No se trata de piezas que se suceden linealmente, sino de un relato escanciado en las celdas de una colmena. La rutina de las abejas se parece a la del ser humano. Se trabaja mecánicamente, alumbrando un espejismo de colaboración y entendimiento, pero lo cierto es que los individuos viven y mueren aislados. Una prosa poética, pero sin afectación, impulsa cada historia, creando una atmósfera densa, claustrofóbica. Schweblin no descuida la trama. Se limita a difuminarla, imitando la visión del ojo, que a veces se demora en lo trivial y no repara en lo esencial. La realidad no es un paisaje nítido, sino una bruma que se extiende lentamente, revelando la inaudita profundidad del ser. Si Schweblin escribiera filosofía, sus textos estarían cerca de la perplejidad de David Hume, cuyo empirismo le impide justificar el principio de causalidad. Podemos racionalizar nuestras percepciones, pero no explicarlas.

“Nada de todo eso” abre el libro, narrándonos la historia de una madre y una hija que deambulan por barrios residenciales. La madre actúa como una neurótica, buscando cualquier pretexto para deslizarse en las viviendas y sustraer objetos sin valor, pero en los que intuye un hondo significado emocional. La existencia se parece a un montón de cajas vacías, que insinúan la inminencia de un viaje hacia ninguna parte. Es uno de los cuentos que destacaría. Por su lirismo y por su exactitud. Por su capacidad de producir desasosiego y expresar el malestar existencial de una época caracterizada por la inestabilidad mental. “Mis padres y mis abuelos” redunda en las conductas ilógicas, que reflejan el miedo a la soledad y la incomprensión, la fractura interna de muchas familias minuciosamente escondida por la necesidad de guardar las apariencias.

“Pasa siempre en esta casa” recoge un tema que ya había despuntado en los relatos anteriores: la experiencia de la pérdida de un ser querido, la incapacidad de elaborar el duelo, el estupor ante la muerte. “La respiración cavernaria” es la pieza más larga. La protagonista -que se llama Lola- anhela la muerte, pero ésta no acude a la cita. Vive obsesionada por el hijo de una vecina que falleció por culpa de una negligencia. El joven cayó a una zanja. Aunque Lola contempló la escena, una deficiente comprensión de la realidad retrasó trágicamente la inexcusable llamada a una ambulancia. Lola quiere “aminorar su propia vida, reducir su espacio hasta eliminarlo por completo”, pero el destino le juega una mala pasada. Su marido muere antes, lo cual constituye una catástrofe: “ahora ella no tenía ni para quién morirse”. Con la mente cada vez más desordenada, Lola escribe breves notas para organizar sus días: “Concentrarse en la muerte. […] Tirar las cosas rotas. […] Si no lo recuerdas, espera”. Una mañana descubre su cara en la cara de otra mujer: “No era un juego de espejos. Esa mujer era ella misma, treinta y cinco años atrás. Fue una certeza aterradora. Gorda y desarreglada, se vio acercarse a sí misma con idéntica repulsión”.

“Cuarenta centímetros cuadrados” es una nueva variación sobre la soledad, el aislamiento, los desencuentros, la sensación de ir a la deriva. “Un hombre sin suerte” es un relato extraordinario, que recrea el mundo interior de una niña retenida durante unas horas por un pederasta. El pedófilo parece inofensivo y la niña se encariña con su compañía. El abuso no llega a consumarse, pero el horror chorrea por cada página. La inocencia de la víctima se parece a la imagen deformada de un espejo cóncavo, que transforma lo ordinario en algo monstruoso y grotesco. “Salir” es la historia de una mujer que pasea por la ciudad con un albornoz. Su desnudez está oculta, pero actúa como una onda sísmica, perturbando a un hombre de mediana edad encadenado a una vida que no ama. Siete casas vacías es un magnífico libro de relatos que nos ofrece una perspectiva desoladora del ser humano. Existir se parece a embalar trastos inútiles en una casa que abandonaremos en breve. Ignoramos que esa casa es nuestra alma deshabitada, huérfana de dioses y afectos.

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