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ENTRE ADOQUINES

No quieren entrar, necesitan salir

miércoles 02 de septiembre de 2015, 17:13h

Por mucho que hayamos sido bendecidos por el gen de la empatía, sigue siendo extremadamente difícil meterse en la piel del otro, calzarse en sus zapatos. O en sus chancletas de piscina, las mismas que llevamos viendo todo el verano, pero no precisamente en los pies de despreocupados bañistas al sol disfrutando de ese derecho sagrado que llamamos vacaciones. Este agosto nos hemos topado con esas planas suelas de goma en imágenes que nada tienen que ver con periodos de asueto o esparcimiento, aunque hayan servido a sus portadores para realizar un larguísimo viaje. Para recorrer enormes distancias con el único equipaje de la desesperación, un costoso billete de ida sin garantías de llegar a esta Europa que, coincidiendo con el inusitado arribo, celebraba el buen tiempo y el legítimo ocio estival en el pueblo de la familia, a orillas de alguna atestada playa, perdiéndose en una nueva ciudad o respirando aire puro de montaña.

Agosto o no, los europeos no hemos podido esta vez hacer como si en verano no pudiera pasar nada malo que perturbe nuestra atalaya de bienestar prefabricado que, en ocasiones, ni siquiera da de sí para proteger a todos los que vivimos aquí con papeles. La apabullante llegada de inmigrantes que ya sobrepasaba lo imaginable, se ha visto superada con creces por filas de refugiados huyendo con lo puesto de la muerte. Salieron de sus casas amenazados por un enemigo al que aún nos resistimos a ver cómo lo que es: el mismísimo diablo. Solo que a diferencia de aquel otro que persiguió judíos, gitanos o simplemente “no arios”, el Daesh no se “entretiene” en construir campos. Mucho menos, cámaras de gas. Resulta más práctico el cuchillo en la garganta. De paso, más llamativo, aunque el final sea el mismo: el exterminio de quien no es o no piensa como los asesinos. Llámese califato o Tercer Reich, Europa vuelve a asistir a un genocidio sin dar muestras, tampoco en el siglo XXI, de estar dispuesta a luchar a muerte por salvar vidas.

Desde hace poco más de un año, Estados Unidos ayuda desde el aire a las milicias kurdas de los peshmergas que, a pesar de la temerosa Turquía, luchan cuerpo a cuerpo contra el mal llamado Estado Islámico. En estos últimos días, han logrado recuperar varias poblaciones en las que, por supuesto, ya no había quedado nadie. Los que lograron escapar a tiempo, puede que estén hoy, en este preciso momento, recorriendo con sus chanclas los kilómetros que aún falten para llegar a Europa. No es que quisieran venir a conocernos, solo buscan ponerse a salvo. Hasta que puedan regresar. Si es que en vez de ponernos a repartir seres humanos por cuotas, en plan 10 para mí, 20 para ti que eres más rico y más grande, atajamos el problema de raíz. Y de manera acuciante, porque parece una desconsiderada broma de mal gusto que los países europeos convoquen una reunión de carácter urgente para ¡dentro de quince días!, cuando ha habido países que han tardado horas en levantar un muro metálico lleno de concertinas o en desplegar a su ejército para impedir la entrada. Mejor dicho, la salida. ¿Quién no querría salir en chanclas de su país para salvar la propia vida y la de sus seres queridos?

Nos hemos vuelto tan eufemísticamente correctos, que hemos llegado a creer que si no pronunciamos la palabra guerra es que la misma no existe. Cerrar los ojos no sirve cuando la imagen que pretende “asaltarnos” es la de un simple camión abandonado en la cuneta de una carretera austriaca lleno de cadáveres. Lograron escapar de sus peligrosos países, para acabar muriendo asfixiados después de pagar todo lo que tenían a las mafias que, estas sí, han hecho su agosto en 2015. Porque, aparte de los inmigrantes que llevan años llegando a nuestras costas para escapar del hambre, ahora nuestra retina contempla padres arrastrando niños por debajo de una alambrada y nos negamos a aceptar que son personas que huyen de una guerra, de una persecución asesina, de un salvaje holocausto. Pero si decidimos estar con ellos, lo justo es ayudarles primero a llegar e, inmediatamente después, a ganar una guerra. Con todas sus malditas letras.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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