“Niño muerto en la playa”. Podría ser el título de un cuadro que explorara el carácter fronterizo de la belleza, a menudo perturbada por la proximidad de lo terrible, pero es el título de un pequeño artículo que pretende reflexionar sobre la muerte de Aylan Kurdi, el niño sirio de tres años que apareció ahogado en una playa turca, conmocionando al mundo con su aspecto de trágica indefensión. Su madre y su hermano de cinco años corrieron la misma suerte. Sólo el padre ha sobrevivido. Su desconsuelo deber ser infinito, inimaginable. Ha regresado a Siria para enterrar a sus seres queridos, “sentarse al lado de sus tumbas y descansar”, según sus propias palabras. Presumo que debe hallarse en estado de shock. La exposición prolongada al sufrimiento acaba produciendo estupor, insensibilidad, fatalismo. La conciencia se entumece para soportar un encadenamiento de desgracias que desbordan cualquier expectativa anterior. En las guerras, la muerte violenta no es lo inaudito, sino lo cotidiano. Dicen que los niños superan mejor estos dramas, pero mi madre no ha olvidado la guerra civil. Pese a un Alzheimer que avanza despacio, aún recuerda el hambre, los bombardeos y las epidemias. Cuando hay fuegos artificiales, no piensa en una lluvia de colores, sino en disparos y explosiones.
Algunos han señalado que la fotografía de Aylan Kurdi marcará un antes y un después en la política de asilo de la Unión Europea. No sé si será así, pero está claro que el problema de los refugiados sirios constituye una catástrofe de proporciones inesperadas. Nadie podía predecir que la “Primavera Árabe” desembocaría en un cuadro de peligrosa inestabilidad en Oriente Medio. La movilización popular que comenzó en Túnez se propagó como la pólvora, provocando la caída de dictaduras asentadas en el poder desde hacía varias décadas. Muamar al Gadafi, abogado brillante y oficial golpista, había gobernado Libia desde 1969, abanderando en sus inicios la causa del panarabismo y el socialismo tercermundista. Después de perfilarse como el sucesor ideológico del líder egipcio Gamal Adbel Nasser, había implantado un régimen que combinaba el populismo y la represión. En el interior, se violaban sistemáticamente los derechos humanos: torturas, desapariciones, ejecuciones extrajudiciales. No había libertad de expresión ni garantías de ninguna clase. En el exterior, se promovía el terrorismo, proporcionando armas y dinero. En los noventa, Gadafi abandonó esa política y logró que Libia dejara de ser un “Estado paria”. Bashar al-Asad heredó la presidencia de Siria de su padre, el implacable Hafez al-Asad, que se hizo con el control del país mediante un golpe de estado y ejerció una dictadura personal durante veintinueve años, con un barniz laico y socialista. Bashar, oftalmólogo y políglota, se perfiló como un posible reformista, pero no tardó en mostrar el mismo talante autoritario que su progenitor.
Gadafi era un personaje estrafalario, aficionado a las baladronadas y a los gestos melodramáticos. Bashar es un hombre discreto y reservado. Todos conocen el final de Gadafi. Nadie sabe cómo acabará Bashar, que actualmente goza de la protección de Rusia. Ambos dictadores habían conseguido cierta estabilidad y un relativo bienestar para sus países, pero ningún occidental habría deseado vivir bajo su férula. Produce perplejidad que ciertos sectores de la izquierda les cantaran alabanzas, pero el oportunismo y la demagogia prosperan cuando las crisis económicas desestabilizan a los países verdaderamente democráticos. No provoca menos desconcierto que se armara y amparara a los grupos rebeldes, sin conocer su composición e intenciones. La política es una ciencia inexacta y nadie podía anticipar que surgiría ISIS, sembrando un terror apocalíptico con sus atrocidades filmadas con modernas cámaras digitales. Actualmente, hay dos millones de refugiados sirios en Turquía y algo más de un millón en Líbano, con una población de cuatro millones y medio. Libia se ha transformado en un Estado fallido, parcialmente controlado por ISIS. Un éxodo interminable de refugiados intenta alcanzar Alemania y Austria desde las costas turcas. El primer paso es llegar a Grecia, pero el Mediterráneo no deja de tragarse vidas. Aylan Kurdi ha sido una de sus víctimas. Su caso no es más dramático que el de otros niños, pero su pequeño cadáver en la playa turística de la península de Bodrum, donde proliferan las sombrillas, los hoteles y las terrazas de verano, ha hecho visible una tragedia que preferimos ignorar. ¿Se podría haber evitado esta tragedia? Algunos creen que existe un gobierno en la sombra controlando el mundo, pero esa ilusión sólo goza de credibilidad entre mentes infantiles, perversas o gravemente desinformadas. ¿Se podría haber frustrado la ascensión de Hitler al poder? ¿Es mejor tolerar una tiranía que abrirle las puertas al caos? ¿No se debería haber pactado con Stalin para derrotar al nazismo? Quizás lo que más nos aterroriza es descubrir que la historia no avanza conforme a leyes, sino bajo grandes dosis de incertidumbre. Miles de niños mueren a diario de forma injusta. No podemos resignarnos a esa ignominia. Todos debemos luchar por crear un mundo más justo, solidario y civilizado, pero me parece ingenuo pensar que algún día podremos borrar de la faz del planeta el azar, la impotencia, las previsiones erróneas o los conflictos derivados de las pasiones humanas. La idea de un mundo perfecto es tan quimérica como el Mundo de las Ideas de la utopía platónica. Tal vez deberíamos imitar a Henri Dunant, fundador de la Cruz Roja, que después de contemplar los estragos causados por la batalla de Solferino, organizó el socorro de los heridos, sin distinción de bandos. Salvar vidas a veces es más asequible –y realista- que construir un mundo perfecto. No deberían morir más niños como Aylan Kurdi. Hagamos lo posible para evitarlo. Los gobiernos y los ciudadanos.