TRIBUNA
Comunicación y aislamiento
sábado 12 de septiembre de 2015, 19:23h
Los viajes siempre son enriquecedores si uno viaja con los ojos abiertos. Un simple paseo por Valencia me hizo recordar un episodio de una historia lejana en el tiempo, pero siempre actual. Los años treinta del siglo XVI habían sido una década de peregrinaje para Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Náufrago, acompañado por dos españoles y el africano Estebanico, pasó años vagando entre las tribus del norte del futuro virreinato de Nueva España. Muchas son las curiosidades que Alvar Núñez describe en sus Naufragios, entre cuales se destaca una característica de aquella sociedad: el aislamiento involuntario en que vivían los indígenas causado por las diferencias lingüísticas. Las lenguas primitivas no estaban hechas para comunicarse.
Vagando por una región, que hoy día comprende Texas, Sonora y Chihuahua, Alvar Núñez se sorprendía que unos quince indios no pudieran comunicarse con una docena de sus vecinos porque no entendían su lenguaje. Tal aislamiento y separación entre la población imposibilitaba cualquier intercambio tanto cultural como económico. Durante los siglos posteriores, XVII y XVIII, muchos esfuerzos se dedicaron para solucionar este problema: los misioneros llevaron la mayor parte de la labor educativa y evangelizadora entre estas gentes. Las condiciones eran muy difíciles, porque los religiosos quedaban aislados, sin comunicación. Aprendían la lengua de sus feligreses y les enseñaron el español que se convirtió en la lengua franca de la región. Las lenguas y dialectos locales quedaron documentados en las gramáticas y manuales, también para la comunicación cotidiana entre los suyos. Es decir, seguían siendo parte del ámbito privado, mientras la comunicación pública fue reservada al español y al náhuatl.
A veces las dificultades lingüísticas causaban profunda desesperación. Muchos frailes rogaban que no les cambiaran de destino, porque ya habían aprendido hasta siete lenguas o dialectos, y no podían más. El esfuerzo era agotador. Mas la introducción de una lengua común dio sus resultados: integración económica y cultural, desarrollo del comercio y crecimiento de las ciudades.
Pasados cinco siglos, parece que asistimos a un proceso inverso, de la civilización al salvajismo, de la lengua como comunicación civilizadora a la lengua para diferenciarse del otro; sí, amigos, si viajamos por España, en ciertas regiones como Valencia, Baleares, Galicia, ya no hablo de Cataluña, que es un caso de sobra conocido, nos damos cuenta que el habla común, de la calle, es el español, pero al entrar en una institución oficial nos vemos obligados a hacer un esfuerzo para leer un dialecto, una lengua local. No es muy difícil comprenderlas, pero resulta tedioso. Para decir la verdad, es irritante porque detrás de estos letreros en “valenciano” o “aragonés”, sin respectivas “traducciones” al español, hay una imposición y, desgraciadamente, mala voluntad de menguar el conocimiento del español. Sin darse cuenta, los políticos de turno convierten la riqueza local en un signo de distinción, truncan la comunicación, aíslan las regiones, los pueblos, las ciudades. ¿Qué sentido tiene? Pues, ser un cacique, o sea, controlar aunque sean sólo cinco casas siempre es mucho más fácil y da mucho más poder que acatar las reglas democráticas de una sociedad abierta.