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ESCRITO AL RASO

Amor y periodismo (inevitablemente)

David Felipe Arranz
domingo 13 de septiembre de 2015, 19:58h
Actualizado el: 14 de septiembre de 2015, 10:47h

“Y pensar que algún día podemos encontrarnos

como dos que jamás se hubieran conocido…”

(Ramón J. Sender, En la vida de Ignacio Morel).

Ayer lo hablábamos con Mayca Jiménez, futura y chispeante periodista andalusí en pos del amor –como todos–, siempre en fuga y tornadizo, que está aprendiendo por la tarde, después de sus clases de Periodismo, todas las “maldades”, destrezas y trapacerías de esta profesión en una agencia que fabrica noticias como longanizas. Nos preguntábamos Mayca y quien esto escribe si era posible vivir sin amor y si el periodismo es más llevadero con un compañero cómplice –solo un periodista comprende verdaderamente y sobrelleva a otro periodista, pensamos algunos–: y divergíamos leve y amistosamente en la forma, que no en el fondo. Unos hablamos del amor pasión y Mayca, tan amorosa ella como prudente, transforma –de momento– ese impulso necesario y primigenio en otros afectos. El amor de madre, el amor de los amigos… Que no está el horno para bollos, nos dice, y no le falta razón en su racional “ya llegará”. Sí, pero esa, ay, es otra cosa, Mayca de mis, tus, nuestros amores.

¿Es mortal de necesidad la combinación del amor y el periodismo? ¿Una newsroom se convierte invariablemente en una suerte de loveroom, con sus bodas y divorcios, sus cuernos y sus ménages à trois, à quatre…? También al seleccionar algunas de Las cien mejores películas sobre periodismo, libro que nos editarán próximamente nuestros amigos de Cacitel, reunimos varios títulos concluyentes que coinciden en que se trata de una mezcla explosiva, apasionada… Pura dinamita: desde Amor y periodismo (1916), de Mauritz Stiller, a Íntimo y personal (1996), de Jon Avent, pasando por Un gran reportaje (1931), de Lewis Milestone, o Network. Un mundo implacable (1976), de Sidney Lumet. En todas ellas los periodistas, en mitad del torbellino informativo y las prisas a que obliga la actualidad, son zarandeados y estrujados sin piedad por Cupido. Así, estampándolos contra la rotativa y las resmas de periódicos cuales marionetas parisinas en el Campo de Marte.

En plena era de los niños virago con el dedo pegado a la tecla, con el “te amo” mirando a la pantalla mientras cruzan el mantel unos cuantos “sí, cielo” y otros pocos “sí, cariño”, nos ocurre a los periodistas que, tras un jornada intensa sin parar de escribir y de hacer llamadas a políticos de elepé, nos gusta quedar con otros periodistas o gentes de mal vivir, de la vida bohemia que dirían los aburridos chicos de la novia-mujer de cuando eran pequeños, la tortilla francesa, el pis marital, el jesusitodemivida y prontito a la cama. Nos dan mucha risa –igual que nosotros a ellos, oye; que les damos envidia, queremos decir–. Con Prado Campos, la reina del regateo tetuaní y de la prosa y el verso cultural, probamos unos güisquis ahumados con turba del norte de Escocia que le quitan a uno, entre sorbo y sorbo, todas las penas; por eso nos va a presentar el libro; y no conocemos un rato mejor en esta vida ni en la otra que pasarlo bien con los colegas y ponernos al día de la trastienda del Poder, de los cangrejos y sanguijuelas que habitan urgentes el arroyo político. Que en el sofá vintage del José Alfredo también seguimos jugando al periodismo.

De todas las espectrales figuras que, osadas, desfilan por el desván amoroso de la memoria, en lo que se reparten nuestro corazón los peces, aparece una, la que sale peor parada: la del filólogo que quiso ser periodista o viceversa. La nuestra, vamos. Educados amorosamente en Castilla, a 600 metros a nivel del mar, entre la piedra del duque de Lerma y el páramo azotado por los vientos gélidos y racheados, libro tras libro –Garcilaso y Bécquer no nos lo advirtieron, aunque sí un poco Larra–, nos dimos de bruces con el régimen cortoplacista de la capital. A la hostilidad del medio sentimental –la jungla se cobra sus piezas– hubo que añadir, en seguida, las condiciones de explotación propias en las que nada el periodista.

Todo amor periodístico nace de la admiración mutua: conscientes de lo difícil de esta profesión, los amantes periodistas impregnan de respeto el trabajo del otro: leer o escuchar las ideas y el discurso de la novia periodista forma parte obligada del amor y quien diga lo contrario –desentenderse de esa parte esencial–, miente. Es decir, que en el caso del periodismo, a las calamidades naturales del amor hay que añadirle las de esta bendita profesión, condenada a día de hoy por sus empresarios a una mera y difícil supervivencia. Por eso el amor de periodista a periodista es reverencial, porque sabemos que nos hacen pasar las de Caín en todas partes –que nos son sino celos de quienes no saben poner una letra detrás de otra–, porque el esfuerzo de los periodistas es formidable. Y porque sí.

Y sin embargo, qué dulce trampa, pues extinguida –si sucede– esa admiración en una de las partes –todo sucede siempre muy deprisa–, el cataclismo en cadena está garantizado con la consiguiente decepción del otro. Pero el amor es revolucionario e incluso impone su dictadura y reverdece con fuerza, aunque parezca flébil y lejano, sobre el estropicio el anarquista que todo periodista llevamos dentro. Para remontar, autocríticos, y no dejarnos punzar así como así, pues vaya tropezón más bobo, y tratar de comprender, finalmente, Mayca, la influencia de la profesión en nuestra manera de ver el mundo, que es, ante todo, una ética irrenunciable que tiene mucho de Cervantes y de Quevedo. La complejidad del amor nos impide comprender o prevenirnos, mientras tiene lugar su milagrosa epifanía –el único momento en el que no somos dueños de nuestra voluntad–, de que el propio discurrir vital de la profesión puede hacer añicos nuestra fe inquebrantable en el otro… y convertirla en una mala noticia más, en una suerte de ficción; en un epígono del nuevo periodismo, pero sin Capote ni Norman Mailer.

Al final queremos conocer qué cosa “sea” el amor –que diría un renacentista– y si el periodismo ha tenido algo –mucho o poco– que ver, que creemos que sí, dicho sea de paso. Si la mayoría son reporteras –o repórter, que decían antes–, nos vamos a ahorrar el conocido refrán del hombre, el animal, el tropiezo, las dos veces y la misma piedra. Hemos aprendido que el amor, entonces, siguiendo la retórica clásica, sería una suerte de paralelismo por oposición. Pero para entender esto y darse un margen de error, mejor de izquierdas los dos. O, vamos, si acaso de muy de derechas –que son amores que, al menos, duran más, por aquello de que “papá” y “mamá” nos han invitado a su yate el “finde” o a la barbacoa en el chalet, que nos quieren presentar a todos, cariño–. La derechona es más fiel en sus infidelidades perpetuas, cara a la galería. Luego lo del tálamo nupcial ya es otra cosa, con los trofeos de cornamenta de los cónyuges encima del dosel.

No deja de sorprendernos en nuestro bisoño y recién estrenado cuarentañismo, Nel mezzo del cammin di nostra vita / mi ritrovai per una selva oscura”,que asunto tan dulce y amistoso como el amor se preste a convertirse en un instrumento de terror. La pesadilla consiste en que uno quiere, trata de hacerse entender, pero… termina lanceado cual astado de la Vega, solo que en el florido abril y no en septiembre. Y uno, que hasta entonces había amado alegremente a la periodista, tiene que parar mientes y hacerse necesariamente unas cuantas preguntas, que no hay mal que por bien no venga –o se vaya–. Entonces un día emerge sinuosa, tan de repente, esa agridulce sensación de las dos imágenes contrapuestas: la conocida y la extraña, la que dice no ser ya la misma que la de aquella noche inolvidable de vino y rosas, no hace tanto tiempo. A poco estuvimos de ser fusilados como rehenes del amor, tan pronto hermoseados y dignificados con un beso, como después convertidos en nadie, menos que nada, solo periodismo. Aun así, no hacemos borrón y cuenta nueva, sino que escribimos la comedia de las equivocaciones, al estilo de Shakespeare, a partir de los sumandos heterogéneos: primero vino el monstruo de los celos, después la furia desatada que castigaba nuestra hibris, más tarde el ímpetu aniquilador de la suegra tóxica y castradora y por último la ilimitada crueldad de la inmadurez.

Recordamos el caso que nos contaba un escritor de aquella periodista alicantina que, viendo por la calle a su novio, lo mató de un tiro de revólver, a quemarropa, y luego le dijo a la policía que era demasiado guapo, que adolecía de un exceso de valores, que le había venido demasiado grande y que embellecía la perspectiva del bulevar y de su propia existencia: “Es que no éramos iguales, amable señor comisario”. Un arrebato, oiga. Y en todos los combates del amor fuimos también responsables de no cortar la hemorragia a tiempo: ay, el amor. A pesar de todo, a nuestros errores les debemos los mejores momentos de nuestra vida, oh, paradoja.

Si algo nos enamora de una periodista es su inteligencia, sus inquietudes culturales, su apego irrenunciable por el teatro, la poesía o el cine de autor, su hambre de libertad, su agitación interior por ese afán de conocer y de vivir, de ser mejor y de alcanzar cimas más altas cada vez de la vida y del conocimiento humano, que no es sino el dolorido sentir, a fin de cuentas, disfrazado de periodismo y de esa aristocracia suficiente, digna, alta y vulnerable, de estar de vuelta y no estarlo, en realidad. Sí, estamos autorizados a la indiferencia. Pero creemos que el amor nivela y pondera, paradójicamente, la caída de las nubes cuando se produce y puede evolucionar en amistad, porque uno no entiende de odios al estilo pacense de Puerto Hurraco. El amor entre periodistas es ese arte experimental con un 99% de posibilidades de fracaso, aunque el arte nos redima después.

Como el mutilado de guerra, caminamos con la cabeza bien alta dejando atrás el paisaje de la batalla, porque nos queda el porvenir. Las atrocidades y secuelas de sus contiendas las damos por bien empleadas porque nos dieron cuatro o cinco estaciones nuevas de felicidad, con su fértil e infinita capacidad de ideación ética y estética. El único consejo que, con estas cicatrices hechas honores, podemos daros es que no os toméis el amor periodístico demasiado en serio, porque se trata de un espejismo sujeto a la actualidad. El Amor verdadero, por el contrario, es para siempre: tal vez, como nos dijo la niña poeta en una ocasión, uno no sea más que un enamorado del Amor, como el protagonista de L'Homme qui Aimait les Femmes, de Truffaut, que encarna Charles Denner.

Para que el tiempo no borre del todo las señales de los días del amor nos quedan el periodismo, el género de la crónica comprometida, y el salvavidas de la literatura. Fidias murió encarcelado; Quevedo, perseguido; Cervantes, aherrojado; Goya, exiliado. Y nosotros llevamos el amor al escenario nocturno de la gran ciudad, entre columnas y pilares del siglo XVII, cuya desnudez pétrea fue compensada por nuestras miradas, las promesas que nunca se cumplieron y la gracia poética de las manos que se entrelazaron –creíamos– para siempre. Hemos meditado mucho y hemos resuelto el problema solos, sin ayuda: sabemos que, por unos instantes, fuimos inmortales, que jamás volveremos a ser tan felices y que por debajo de nuestras pieles periodísticas, entre carreras, llamadas, brindis, viajes, tequieros y caricias, nos dejamos una mutua huella que nadie podrá borrar. Para que algún día, si volvemos a vernos, no seamos esos dos de la novela de Sender que parezca que jamás se hubieran conocido.

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