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La foto de Inma Cuesta: acostumbrados a lo artificial

Laura Crespo
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lauracrespoelimparciales/12/5/12/24
martes 13 de octubre de 2015, 20:11h
Lo que ha hecho la actriz Inma Cuesta este domingo al denunciar públicamente el excesivo retoque digital al que sometieron una imagen suya en la portada del suplemento dominical de El Periódico ha sido subrayar una evidencia que, por cotidiana, hemos tendido a asumir sin pestañear. ¿Alguien se cree que alguna –cualquiera- de las fotos que vemos en las revistas se publica sin retocar? ¿Hay alguien que piense que en la televisión, en las películas o en los videoclips la imagen no está tratada? La comida se somete a la magia del Photoshop para lucir hermosa y contundente en las cartas de los restaurantes, causando más de una desilusión cuando el camarero aparece con ese plato que poco o nada tiene que ver con el que nos había hecho salivar en el papel. Nosotros mismos –con perdón de los amigos del #nofilter- convertimos el trayecto monótono y rutinario del trabajo a casa en un momento único e idílico a golpe de ‘hudson’ o de ‘rise’ en Instagram. ¡Ay!, las redes sociales; ese espacio en el que la distancia entre realidad y apariencia puede ser tan abismal como irrelevante si suma un buen puñado de ‘likes’.

Nos hemos acostumbrado a la artificialidad, la damos por hecho y ya no nos escandaliza, ni siquiera cuando nos la presentan como realidad, porque hemos entrado a formar parte de un juego en el que partimos de la base de que lo que nos cuentan no es del todo cierto. La propia Inma Cuesta es imagen de una popular marca de cosméticos y en un anuncio para televisión pasa de una piel normal a una de neonato tras supuestamente embadurnarse de crema. Y todos –todas, en este caso- somos conscientes de que el efecto está “dramatizado” (como suele decirse eufemísticamente). Aunque no haya rótulos ni voz en off que puntualice, asumimos que el aspecto de la piel, el brillo del pelo o la reducción de peso no son fruto del uso de aquello que nos están intentando vender, sino de esa mágica y todopoderosa fase que es la posproducción. Y nos da lo mismo. Ahora, el ingenio de la red se nutre de estos ‘Expectativas VS Realidad’ para fabricar memes que, a poco, sacan una sonrisa. Algo es algo.

El problema de la foto de Inma Cuesta es que ni siquiera nos está intentando vender nada. Bueno, si nos ponemos técnicos sí: su nueva película y su imagen ‘de marca’ –horrible concepto aplicado a una persona, por cierto-. Pero a alguien dedicado al cine no tendrían que exigírsele aptitudes de modelo. Y entramos en el debate de siempre: cómo se confunden las cosas hasta el aburrimiento. El debate sobre el canon de belleza actual da para mucho y se puede entrar a valorar si se transmite o no un concepto sano a través de quienes representan ese modelo. Pero no es esa la discusión. El asunto aquí es que la normalización de lo artificial, la dictadura de la apariencia, lo ha fagocitado absolutamente todo. La cualidad principal de una actriz –como de una deportista o de una periodista- no consiste en ser guapa, alta y delgada. Pero si existe una herramienta que permite que, además de interpretar y cantar, tenga una cadera un poco menos pronunciada, un brazo más definido y un cuello más estilizado, ¿por qué no hacerlo? Total, los lectores no íbamos a reaccionar a esa portada, una más a la que mirar sabiendo que nos está contando medias verdades, una ínfima parte de ese pacto implícito tan alargado en el tiempo que ha pasado a ser ‘lo natural’. Hasta que llega Inma Cuesta y se revela. Y entonces, una piensa en abstracto, en cómo funcionan las cosas, en lo irreal de lo que nos rodea y en los artificios que nosotros mismos hemos creado y que ahora nos dominan y dirigen. Y entonces, una cae en la cuenta de lo absurdos que somos.

Laura Crespo

Redactora jefe de El Imparcial

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