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TRIBUNA

Mayoría absoluta a la vista

domingo 01 de noviembre de 2015, 16:16h

Es tal el hartazgo ocasionado por el separatismo catalán entre la ciudadanía española, que aquel dirigente político que actúe de forma audaz y decidida propinando un golpe en la mesa del debate territorial podría ser investido de héroe nacional y aclamado, no como el cirujano de hierro al que esperaba Joaquín Costa, sino como un buen médico de guardia que nos alivia el dolor de cabeza provocado por tanta cencerrada partidista. El orden constitucional no puede ser provocado ni derrotado por acciones fuera de la ley. Eso sería un golpe de Estado. Es, pues, legítima la defensa de la Constitución contra la insurrección. Pero también es necesaria la defensa de la unidad de España contra quienes, sin razón ni votos, persiguen su quiebra. Defender semejante patrimonio no es tarea del Capitán Trueno ni de Roberto Alcázar y Pedrín, ni mucho menos de patriotas nostálgicos de épocas gloriosas. Es simple y llanamente una obligación moral que nos incumbe hoy como españoles ante las próximas generaciones de compatriotas y nos hermana fiel y solidariamente con nuestros antepasados. Si el Protocolo de Kioto nos exige preservar la habitabilidad del planeta, a pesar de que ZP afirmara que la Tierra no pertenece a nadie porque es del viento, ¿cómo no salvaguardar la estabilidad de nuestra nación, de nuestro “pasillo de seguridad” compuesto por familia, educación y economía?

Lo que está ocurriendo en los últimos tiempos en nuestro país es, ciertamente, pintoresco, por no emplear otro calificativo más encendido. Algunos entienden la democracia como una espantosa confusión de ocurrencias y extravagancias. No todos los días puede contemplarse lo que se contempla en el escenario político. Hace tiempo que nuestra capacidad de asombro está agotada. Un día son los unos quienes insisten en aventar las brasas del guerracivilismo: olvidan la historia con la memoria histórica, abaten nombres del callejero, arrumban figuras históricas ¿dinamitarán también los pantanos?… Otro día son los otros quienes persiguen echar a Dios de la vida pública: desechan la enseñanza de la religión en la escuela, implantan la moda de comuniones, confirmaciones, bautizos, extremaunciones quizás, civiles, que se nos antoja como un experimento más difícil que ser seguidor balompédico del Sevilla y del Betis al mismo tiempo, y al unísono, que diría un concejal de los emergentes, esos intelectuales de un solo libro, a los que la democracia les cabe en un bolsillo. Pero más importante que el contraste son, sin duda, las meditaciones que sobre los hechos cabe hilvanar. Se lamentaba Gregorio Marañón de los caudales de energía perdidos por los españoles en contiendas que son artificios por ellos mismos creados, y que con la mitad de esa energía aplicada al bien común podría hacerse de España una de las naciones más prósperas del universo.

Y como si la unidad del país se mantuviera a base de enchufes y cables, resulta que alrededor de menos de la mitad de los catalanes amenazan a más de la mitad de los mismos y al resto de los españoles con que se desconectan de España porque pretenden ser una nación. Llevan veinte siglos sin serlo y parece ser que ya les toca. Sobre todo después de que a ciertos honorables del Condado catalán les haya tocado esa lotería tan del terruño como es la del 3%. Su nativa y emotiva reclamación se topa de vez en vez con el clásico y tan español “vuelva usted mañana”. Casi cuarenta años con la pantomima. Cansinos los reclamantes, cansinos los reclamados. Definitivamente hay que cerrar la ventanilla ante peticiones imposibles y disparatadas. Con firmeza y sin complejos. Quien se atreviera a aplicar esta fórmula obtendría un cuantioso reconocimiento entre sus conciudadanos. En aplausos, seguro. También en votos.

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