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TRIBUNA

El toque de oración

Juan José Vijuesca
miércoles 04 de noviembre de 2015, 20:27h

Uno se debe a los buenos ejemplos y a los capítulos de la historia que otros escriben para nosotros en favor de nuestra salvaguarda. Son hombres y mujeres aliados con la intendencia humanitaria,desplegados entre el riesgo y el anonimato de la muerte en cualquier rincón del planeta. Son aquellos que hacen patria y exhiben bandera como actores de unas hazañas bélicas sin enemigos a la vista, pero que sólo ellos saben contar las diferentes fases de la luna cuando ven sombras de alerta en noche de posibles emboscadas. Están dentro del maldito juego de una de esas guerras de taimadas siluetas capaces de encender la mecha de un cuerpo suicida.

Son nuestros soldados, nuestros militares desplazados en lugares remotos los que en número de víctimas cobradas lo han sido más por desempeñar el papel de enseñar conocimientos que por tratar al enemigo como adversario a batir; pero retar a la guerra tiene el mismo peligro que apretar un gatillo desde una trinchera. Los militares fallecidos en el helicóptero en aguas del Océano Atlántico no hacían prácticas de vuelo ni tampoco sobrevolaban idílicos paisajes para grabar “España a vista de pájaro” A buen seguro cumplían las órdenes de una misión, una más, de las muchas que a diario emanan para el fiel cumplimiento del deber.

Han caído por España, por nosotros y por un mundo en paz. Hoy son historia de nuestra historia. Se decreta un día de luto nacional y pocos, muy pocos, conocen el motivo, la identidad de los fallecidos e incluso el porqué de las honras. Permitan que los nombre: capitán José Morales; el teniente Saúl López y el sargento Johnander Ojeda. El funeral lo ha sido en la base naval de Gando (Gran Canaria) en una muestra de dolor, fatiga y honra militar ante familiares y demás representantes de la cúpula castrense; pero las ausencias también han dejado un vacío de extraña compostura, ningún miembro de la Casa Real ha estado presente en el acto y resulta preocupante cuando tenemos al mismísimo Rey Felipe VI en el desempeño de jefe supremo de las Fuerzas Armadas. A buen seguro el monarca tendrá una más que razonable explicación.

La idiosincrasia de este país no tiene mejor lectura que la falta de tutoría en momentos divulgativos. La televisión busca sus propios ratios de audiencia y huye en arriesgar cuotas de pantalla. Y claro está, les resulta mejor emitir visionarios programas a modo de enema mental que rendir homenaje a unos héroes cuya virtud principal ha sido el servir a toda una nación sin hacer distinción de clases, ideologías, religión o raza. En cualquier país de culto y buena moral quienes mueren al servicio de un mundo mejor son seriamente amados y respetados. Aquí, por el contrario, los desafíos tienen una textura de falsas emociones.

En fin, la vida continúa, pero sepamos que en buena parte lo es gracias a quienes hacen posible que esto siga siendo así desde el silencio y el anonimato de un uniforme, de una vocación, de una entrega humanitaria e incluso con la virtud de morir sin pedir nada a cambio.

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