11S, 14M, 13N.
Nueva York, Madrid, París.
Son los más sangrientos, pero no los únicos atentados planeados y ejecutados por el fundamentalismo islámico, con sus distintas marcas y franquicias.
Está perfectamente identificada la gran amenaza para nuestra civilización occidental, para nuestra cultura y nuestros valores.
Algunos, todavía, no parecen darse cuenta, instalados en el buenismo multicultural.
Otros, aupados en el atril del indiferentismo moral, se atreven a equiparar a las víctimas con los terroristas muertos por la acción policial.
Otros, en fin, desde la atalaya del complejo o simplemente desde la empanada mental, siguen culpabilizando a los países occidentales a los que responsabilizan de la espiral acción-reacción.
Nos han dicho que no es una guerra de religiones, y ciertamente la mayor parte de los que profesan el mahometanismo condenan el terrorismo. Pero no es menos cierto que los Estados de los que son originarios, o parte importante de ellos, sustentan, apoyan o toleran grupos y grupúsculos terroristas, ciertamente a condición de que operen fuera de sus respectivos territorios, generando una especie de terrorismo cruzado.
Nos han convencido de la necesidad de acoger a los expulsados de países en lo que se matan entre sí, apelando a razones humanitarias (las que a nosotros nos caracterizan pero que no son asumidas por los Estados expulsores ni por sus “primos hermanos”), pero en un descontrol absoluto se han “colado” no pocos que vienen a sembrar el terror.
Todo el mundo se ha aprendido ya que la guerra más antigua de la historia es la que, desde hace varios siglos, enfrenta a las dos grandes interpretaciones del mahometismo, los chiíes y los suníes. Pero, por su idea de dominación expansionista, han traspasado el continente en el que dilucidan su guerra fraticida. Y han puesto contra las cuerdas a la civilización occidental multiplicando miedos, fomentando rencores, provocando la restricción de las libertades individuales en nuestros países.
Aunque Houellebecq hace, teóricamente, política ficción, es el único que se ha atrevido a subrayar que el ataque va muy en serio y que corremos peligro de ser arrumbados en nuestros bienes y valores, la libertad, el pluralismo, la tolerancia, la igualdad. No basta con controles de fronteras o con seguimiento de sospechosos. No es suficiente con scanners de alta generación o con más policías. Podemos protegernos mejor contra el mal, crear una burbuja de seguridad, pero no será bastante. Tenemos también que enseñarles que deben arreglar sus problemas y dentro de sus fronteras.