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ENTRE ADOQUINES

Pedro Sánchez pasará a la historia

miércoles 30 de diciembre de 2015, 20:11h

Pedro Sánchez pasará a la historia. La forma en que lo haga depende en estos momentos, sobre todo, de él mismo. El descalabro sufrido por su partido en las urnas lo ha colocado, sin embargo, en el lugar que muchos creían reservado al pulcro Albert Rivera al frente de “sus ciudadanos”. La fulgurante estrella que parecía alumbrar al partido de Rivera, definido como moderado, comprensivo y abierto a todos, acabó por convencer de verdad a bastantes menos votantes de los esperados. A dónde fueron a parar las papeletas que las encuestas otorgaban a Rivera resulta, aún hoy, desconcertante: para algunos analistas políticos, esos votos, lejos de caer en los sacos del PP y PSOE, fueron a parar a Podemos. Quizá, porque el cambio prometido por Rivera empezó a resultar demasiado light a los jóvenes que votaban por primera o segunda vez y no estaban dispuestos a apostar por los de siempre. Querían asegurarse de que ese cambio que prometían las nuevas formaciones políticas no se sirviera frío y descafeinado.

La radicalización es - no descubro nada nuevo - lo que domina ahora mismo nuestra política, nuestra sociedad. Tanto tiempo lloviendo sobre mojado, que muchos decidieron calzarse las katiuskas y cubrirse con un chubasquero hasta los pies antes de ir a depositar sus papeletas. Tirando de entrañas, sin prestar racional atención a la que aún está cayendo. Y esto, refiriéndonos a quienes hicieron el enorme “sacrificio” de acudir a las urnas durante un atareado domingo de preparativos navideños. Porque otro dato inesperado de estas últimas elecciones generales fue, sin duda, la reducida cuota de participación de los españoles ante un derecho y un deber democrático que requería precisamente todo lo contrario. Ya fuera para apoyar el cambio o la continuidad.

Lejos queda, en todo caso, aquella época de insólitas transigencias, generosas renuncias o grandes pactos de Estado propias de la herencia de la transición, que ha ido envejeciendo creyéndose inmune al paso del tiempo. A falta de segunda vuelta que aclare las cosas, nuestro sistema electoral – por favor que alguien lo cambie de una vez por todas – ha puesto a Pedro Sánchez en el mismísimo centro del escenario. Y al protagonismo, seamos sinceros, no es fácil renunciar sin más. Por mucho que en tu propio partido lleguen incluso a exigir tu cabeza después del batacazo del 20D. A pesar de que en Madrid estén que trinan y se organicen cenas de militantes – encabezadas por Tomás Gómez o Antonio Miguel Carmona, dos de los cadáveres que dejó Sánchez en su ascenso a las alturas - para pedir a Sánchez su dimisión. O que aún resuenen las declaraciones de Felipe González, muy crítico con Pablo Iglesias y su partido “asesor de una dictadura bolivariana”, y a ellas se unan las últimas palabras de Eduardo Madina – otro caído bajo la bota de Pedro Sánchez en su ambiciosa escalada –, para quien ni siquiera salen las cuentas a la hora de sumar diputados de PSOE, Podemos, IU y demás formaciones de izquierda para formar gobierno.

Sin embargo, en este momento, el hecho incontestable es que Pedro Sánchez, aparentemente ataviado también con botas de agua e impermeable, poco o nada tiene que perder si tira para adelante, llueva, granice o truene, y sigue con su intención de instalarse en La Moncloa. Aunque ello signifique pactar con Podemos y otros partidos nacionalistas de corte extremista, con los que no será fácil lidiar ni poner de acuerdo entre ellos. Sí, mudarse a Moncloa sería para Pedro Sánchez una manera de pasar a la historia, a pesar de que se le augure una estancia más bien corta y tambaleante. Pero, poco o mucho tiempo, habría sido presidente de un país. Y al poder, igual que al protagonismo, renunciar no es asunto baladí. Demasiado tentador, si no fuera porque la segunda opción que tiene Pedro Sánchez de grabar su nombre para la posteridad – un pacto de Estado con el partido más votado o su compromiso de no votar en contra durante la investidura – seguramente le resultaría a la postre de mucho más valor en términos históricos y de altura política. Pero ¿a quién demonios le preocupan ahora términos tan etéreos, tan aparentemente desfasados?

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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