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TRIBUNA

Prefiero tener alas que raíces

Jesús Carasa Moreno
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carasajesusgmailcom/11/11/17
https://www.jcarasa.com/
sábado 02 de enero de 2016, 19:46h

Este es uno de los lemas que han regido mi vida, el que me ha llevado a hacer infinitos viajes y a cambiar de lugar de residencia cuantas veces he creído que ello podría acercarme a una forma de vida más próxima a mis sueños o proyectos. El cambiar y partir de cero no ha sido, nunca, para mi, un obstáculo, sino más bien un aliciente excitante. En los viajes lo mismo.

Los españoles, a lo largo de la historia, han actuado así y han ido al último rincón del mundo en busca de fortuna, persiguiendo utopías, como las fuentes de la juventud o sembrando su fe. Tenían impresa en su ADN la eterna llamada del ser humano que les impulsa a ir en busca de lo malo por conocer aun a cambio de lo bueno conocido.

La penuria de la posguerra propició el último gran movimiento migratorio de los años cincuenta que llevó a dos millones de españoles a emigrar a Europa y América y el enorme desarrollo de los años sesenta barajó España de tal manera que hoy, por todos los rincones, encontramos personas con procedencia de otros y precisamente, Cataluña y el País Vasco, que presumen de su aislamiento, fueron, como más favorecidos económicamente, polos de atracción y quedaron sembrados de apellidos de todas partes. Encontrar, como se pretende en la película, alguien con ocho apellidos vascos o catalanes es tan imposible como encontrar un unicornio.

Sin embargo, en los últimos tiempos, el tener que cambiar de lugar de residencia, buscando mejorar, se toma como un destierro, como una desgracia que, aparentemente, nadie quiere para si. Alguien ha sembrado la idea de que el colmo de la felicidad es tomar cañas, todos los días y toda la vida con los amiguetes de primaria.

Son esas ideologías que pretenden capar a la juventud disuadiéndola de salir de las faldas del Estado y correr por este mundo globalizado, cada vez más a su alcance, en busca de la realización de sus sueños más ambiciosos. Esos partidos que tratan de convencernos de que los gobiernos, cuando no son de los suyos, están obligados a buscar, a todos, un trabajo, “de calidad”, en la misma calle donde viven.

Quieren hacernos creer que el impulso de salir en busca de la aventura tiene, siempre, como causa, la desesperación producida por una situación de crisis que achacan a los errores de sus adversarios, pero yo no puedo comprender que en estos tiempos en que los viajes, a cualquier parte del mundo, son tan fáciles y baratos que hacen que el mundo se haya hecho tan pequeño el hecho de desplazarse, temporal o definitivamente, en busca de las infinitas oportunidades de mejorar económica o profesionalmente, sea considerado, por algunos, como una maldición.

Yo animaría a muchos jóvenes, que aprovechando nuestra pertenencia a Europa, a la que debemos considerar, de una vez, como nuestra nación y la facilidad, que la historia nos regala, para integrarnos en Iberoamérica, busquen oportunidades si aquí no las encuentran y traten de ampliar sus estudios o conocimientos en empresas o centros culturales si aquí no tenemos.

Y que lejos de ese espíritu timorato o provinciano que algunos nos quieren inculcar, arriesguen para mejorar y saquen a relucir la valentía que la ocasión regala al emigrante, que le hace afilar todos los valores que posee y le lleva al triunfo pues nunca se rendirá ante las dificultades que le impidan volver a su tierra en caballo blanco.

Dejemos a un lado esas rácanas consideraciones que pretenden que la salida de jóvenes preparados es un mal gasto de nuestros presupuestos, pues tantas veces vemos y nos llena de orgullo, como llegan a brillar, por todo el mundo, en Universidades, Centros de Investigación y Empresas, muchas de ellas nuestras y que, sin complejos, hacen conquistas que con el tiempo, dadas las imborrables conexiones de los españoles con su país, nos devuelven el ciento por uno de la inversión.


¡Ánimo chavales, no os dejéis aborregar! Recordad lo que siempre han tenido claro los españoles: El mundo es un pañuelo.

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