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LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS

¿Dónde están los intelectuales?

José Antonio Ruiz
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jantonruytelefonicanet/9/9/20
viernes 08 de enero de 2016, 20:34h

¿Dónde coño estáis, cobardes, con la que está cayendo en el ruedo ibérico?

Por higiene buco-mental, suelo desconfiar de las ratas de biblioteca. Las de la Biblioteca Nacional llevan siglos comiendo incunables y todavía no han aprendido a leer, como algunas “insignes” comisarias políticas que han ejercido de directoras en la malquerida institución.

«Cuando escucho la palabra “cultura” –vino a decir Millán Astray-, saco la pistola». A este cronista inerme, que ni es general, ni legionario, ni franquista, ni falangista, ni nazionalsocialista, ni siquiera Infante de España, sino un simple anarquista siempre y cuando sea dentro de un orden, entiéndaseme…, cuando escucha la palabra “intelectual” le salen sarpullidos en el bulbo raquídeo. Como dejó escrito Ortega, «en España todo lo tiene que hacer el pueblo; los intelectuales o están comprados o forman parte del sistema de producción».

En la vida, como en el fútbol, abundan los jueces de línea, primos carnales de Pilatos, que se limitan a contemplar el partido desde la banda, a ser posible sin pisar el césped. Y es a esos intelectuales acomodados que rehúyen de actitudes comprometidas ante lo que acontece a su alrededor, a quienes les viene al guante la sentencia condenatoria que dictó Thomas de Quincey: «Los que contemplan el crimen están implicados en él».

Hasta tal extremo estamos asistiendo a una dejación de funciones por parte de quienes se supone que debieran ser la última esperanza anímica de una nación herida, que se da la rocambolesca circunstancia de que hoy la seudo-intelectualidad de la progresía parece patrimonio exclusivo de la nueva burguesía militante que rinde culto místico a las barbas de Marx, el predicador que se tiraba a su doncella entre párrafo y párrafo del Manifiesto comunista para mantener erecta la conciencia de clase.

A saber qué diría Gramsci de los intelectuales ideologizados de hoy en día, que menos la “conciencia crítica del sistema” pueden ser cualquier otra cosa, a la vista del retrato ridiculizante que hace de ellos Chomsky, para quien vienen siendo mayormente una pléyade de remilgados sabelotodo, babosos genuflexos, corifeos de opereta bufa, que en el mejor de los casos se dedican a servir al poder desde su castrada condición de eunucos, como lo haría la facción macarra de los sofistas advenedizos que diera a Sócrates tanto juego para el sarcasmo.

¿Intelectuales? ¿Y eso qué es lo que es? ¿Mártires, desertores, o estafadores? (…) ¿Qué está pasando –me pregunto a la par que Roger Bartra- para que gran parte de la misma intelectualidad comprometida que en otros tiempos impulsó con su actitud crítica los cambios democráticos haya renunciado ahora a colaborar en la construcción de una nueva cultura política?

Como vaticina Álvaro Delgado-Gal, el intelectual, ese «alguien que se gana la vida traficando con ideas», es una especie en trance de extinción, bien porque ha sucumbido al hastío y ha desertado; bien porque se le han secado las ideas como un salazón y toca batir en retirada antes de que su propia mediocridad quede en evidencia; o bien porque se ha transfigurado en un espécimen excéntrico, abandonado a menudo a pensamientos estrafalarios, prescindible para una masa ignota desapellidada, narcotizada, irreflexiva, pusilánime y pastoril que no da más de sí y es tan corta de entendederas que entra al trapo de todas las banalidades de la existencia humana con la cornamenta wikinga por delante.

Sin duda que hay sociedades desheredadas injustamente maltratadas, sin derecho de autodefensa. Pero en la mayoría de los casos, cada tribu tiene lo que se merece: una clase política, judicial, periodística y universitaria a la medida de sus reprensibles miserias. Y es que si algo de bueno tiene la democracia, es que garantiza que nunca tengamos un gobierno mejor del que merecemos.

En el mundo que nos ha tocado vivir prosperan los figurones, los mamporreros, los chaperos y los cortesanos medradores del poder como los que retrata Erasmo en su Elogio de la locura, carentes de coeficiente pero dotados de una innegable pericia a la hora de adular a su señor a golpe de incensario y de distraer con futilidades a la masa antropófaga.

El estado de asentimiento es, sin duda, una de las grandes trampas de la contemporaneidad lanar. Hoy es casi un imposible encontrar un “ciudadano descreído”. Probablemente, porque como concluye el compungido Le Bon, «las multitudes no han conocido jamás la sed de la verdad». Sencillamente no figura entre sus prioridades vitales.

Si la turba es extraordinariamente influenciable y crédula es, en buena medida, porque carece de sentido crítico. Por eso son mayoría los animales irracionales impensantes, fácilmente emocionables y de dócil adiestramiento, que viven en permanente estado de asentimiento. En los nuevos espacios de diversión, influencia y poder, la emulación, el mimetismo y el seguidismo se ha convertido en el juego macabro favorito de la caterva aborregada.

La atonía mental es una de las grandes plagas bíblicas de nuestro tiempo, que merecería figurar al mismo nivel que los diez males de Egipto descritos en el libro del Éxodo. Y bien es sabido que la disposición natural al mínimo esfuerzo, las más de las veces conduce irremisiblemente a dejar de pensar. El pequeño burgués atocinado, adormecido hasta el extremo ausente del aletargamiento, ha sido adiestrado para asentir a pies juntillas a las ocurrencias de cualquier tuercebotas con ínfulas cesaristas, por descabelladas que estas pudieran ser. El “señorito satisfecho” orteguiano parece haber sobrevivido a los incontables avatares del siglo XX.

La bola planetaria está llena a reventar de esa especie gregaria de fácil pastoreo (Cocteau) que Hoffer bautizó con el título de «Los verdaderos creyentes»: individuos que viven en candoroso estado y que han renegado de la inteligencia, lo cual no es sólo una ofensa histórica reprobable al espíritu de la Ilustración y del Racionalismo, sino un atentado execrable contra la más valiosa condición privativa del ser humano.

A cierra ojos, son personas predispuestas a seguir consignas, sin más inquietudes pensantes que su propensión vegetativa a dejarse convencer sin mostrar resistencia alguna; gentes que renuncian a construir su propio criterio, siquiera a intentarlo, y a reivindicar el sabio derecho a equivocarse; personas deseosas de tomar partido por un partido, que se sienten cómodas allí donde sólo haya lugar para la “verdad revelada”, sea cual fuere el cuatrero mitinero o el aprendiz de dictador de turno, y que siempre parecen estar dispuestas a jurar amor eterno, por los siglos de los siglos, a unas siglas. Son ganado ovino y caprino militante, en el sentido agropecuario del término, con el ojo crítico del raciocinio anulado como consecuencia del desuso darwiniano de la neurona cerebral.

Es el signo gregario de este tiempo advenedizo y traicionero, significado por la vaguería mental -¡qué pereza!- de un rebaño que no se molesta en pensar ¡Qué tiempos aquellos en los que la persona se definía, según Sartre, tanto por el ejercicio soberano de la libertad como de la razón!

Muchos intelectuales auto ungidos, narcisistas y egocéntricos hasta decir ¡soo! forman parte de una casta miserable de iluminados alejados de la realidad terráquea, deslumbrados por la pátina elitista de su petulancia presuntuosa, que se dedican a mirarse y recrearse en el espejo cóncavo de su cátedra en busca de la pose Martini más favorecedora, como la vanidosa madrastra de Blancanieves, asaltada por la envidia y celosa de la belleza ajena. La impostura artificiosa de las élites mezquinas que menosprecian a quien la vida ha negado el privilegio de alfabetizarse provoca arcadas.

La «grotesca vanidad» de la que hablaba Unamuno es una anécdota costumbrista a pie de lápida comparada con la ilimitada vanidad intelectualoide que, indiferente y ajena a las preocupaciones cotidianas, sólo rinde culto secular a su detestable complejo de superioridad y a su propio “yoísmo”. Al lado de semejantes especímenes, el Pijoaparte de Josep María Castellet y «los señoritos de mierda» de Marsé bien pudieran pasar por eminencias.

Todo lo cual explica aunque no justifica, que ante la claudicación de los intelectuales más propensos al lamento que Jeremías, se esté imponiendo la “Opinocracia”, es decir, el régimen “tontalitario” impuesto por los opinadores compulsivos indocumentados y por los saca barrigassanchopancescos con una ambición irrefrenable de notoriedad social.

Es tan débil la carne mortal, que sucumben a la tentación hasta los ex mandamases bocazas con problemas de remordimiento de conciencia o afán incontenible de pegarse el moco los muy fantasmones para demostrar a sus chonis-fans que hubo un tiempo en el que fueron los reyes del mambo. El poder, aun una vez perdido, suele degenerar en una dependencia enfermiza con ribetes de esquizofrenia.

Bendecida queda esta para-ideología new age de la que tanto alardean los grandes prohombres orgánicos del circo del espectáculo, en su mayoría analfabetos iletrados, garantes de un esquema servil y ditirámbico de valores de lo más surrealista que quepa imaginar, y que les puede llevar a solidarizarse, en un ejercicio de funambulismo retrógrado, con causas carcelarias como la del “mártir” Polanski, el rollito de primavera de la “modélica” Democracia chinesca, la Putinocracia pos zarista, la Petrodolarocracia qatarí, el Caudillato chavista caribeño, el cesarismo ecuatori-ano de Correa, la Teocracia marroquinerao con los batman-boys de la caverna cubana de Castro que sobrevivirán a Fidel.

Comprendo que los catedráticos de la cosa que ven invadido su territorio natural, como los pobres saharauis del Aaiún, se pasen los claustros jurando en hitita contra todo el árbol genealógico de unos charlatanes indocumentados que divagan acerca de lo divino, de lo humano y hasta de lo extra sensorial sin tener ni puta idea, metiéndose en los jardines ajenos de Bioy Casares con una impudicia digna de tipificación penal.

Pero lo mismo que critico a unos, desapruebo a los otros, aunque el abajo firmante, un pobre diablo de vida nada ejemplar, no es quién para censurar a nadie salvo a sí mismo. ¡Que se jodan los muy cobardes! por haber renegado de su responsabilidad social para con el populacho inerme, al que se limitan a diseccionar con pinzas desde el cubículo de su laboratorio universitario bolonio.

En el caso de los intelectuales silentes, que callan como rabizas, puede que sea un problema de comodidad, de indolencia, o que se han quedado mudos del susto, o que sencillamente no tengan nada novedoso que contar; mientras que en el caso de los periodistas con aspiraciones de relamidos culturetas, me inclino a pensar que es una cuestión de simple desvergüenza, pues la mayoría ha perdido el rubor.

La partitura de muchos intelectuales es más previsible que la Música para los reales fuegos artificiales de Haendel, que marcaron el momento álgido de las celebraciones londinenses del tratado de Aquisgrán.

Llegado a este punto de no retorno, soy de los que piensan que puestos a repartir indulgencias en plan Calixto I entre los “lapsi” (los que han tropezado), el tonto tiene disculpa, porque en su pecado lleva la penitencia; pero el que se las gasta de listo no tiene perdón posible y doy por hecho que irá de cabeza al infierno de Dante, amarrado del cuello al ancla de la barca de Caronte.

«Un necio instruido es más necio que un ignorante», dijo ya hace cuatro siglos Jean-Baptiste Poquelin, Molière para los amigos, padre de la Comédie Française, a quien ponía de los nervios, hecha una loca, la pedantería de los falsos sabios.

Es tal el nivel de perversión del sentido común al que se ha llegado previo al estado de coma profundo e irreversible, que prefiero un “jackass” (un tonto del culo dicho en inglés impoluto), a un docto erudito que se cree listo pero guarda para sí su universo “onanístico” de conocimientos. Tanta introspección sólo puede conducir a la masturbación mental o a la paranoia.

Como Orhan Pamuk, pienso que difícilmente existe mayor desdicha que la de un intelectual que no se siente partícipe de ningún conflicto y no le angustia la cuestión de para quién escribe, con qué fin y por qué.

El páramo de Pedro Páramo resulta descorazonador. Ni Sartre, ni Camus ni Shopenhauer figuran en el ranking contemporáneo de intelectuales más influentes de la revista Foreign Policy. Ni inteligencia, ni entendimiento, ni razón. Todos somos Belén Esteban, “la reine ibérique des talk-shows” (Le Monde).

Orfandad intelectual. El suicidio de la inteligencia. El desfallecimiento de los intelectuales acabará dando la razón a Edmund Burke, covencido de que para que triunfe el mal basta con que los hombres de bien no hagan nada. Con el otoño madrileño, qué coño, al árbol de la ciencia barojiano se le están cayendo a trozos las hojas del moño. España calva… de ideas.

Por eso, ante la dejación de unos intelectuales miserables que acostumbran a esconderse, como las cucarachas y los murciélagos, en las fantasmagóricas alcantarillas de Gotham, ahora más que nunca el mundo necesita personas capaces de provocarlo y de reinventarlo.

Hacen falta Garcilasos, Petrarcas, Boscanes, Nebrijas, Castigliones, Rabelaises, Erasmos, Luteros, Platones, Bramantes, Donatellos, Botticellis, Dureros, Tizianos, Brunelleschis, Galileos, Newtones, Copérnicos y Colones que zarpan cada atardecer en busca de sueños (aunque lo mismo me estoy poniendo de un cursi de cojones). Y sobran, en el mal sentido de la palabra, Maquiavelos.

José Antonio Ruiz

Periodista

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