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TRIBUNA

Primarias EEUU, la cucaña más alta del mundo

Alfonso Cuenca Miranda
miércoles 10 de febrero de 2016, 20:14h

Desde hace unos días Estados Unidos vive inmerso en el proceso de primarias para la nominación de los candidatos de los dos grandes partidos a la elección presidencial que tendrá lugar el próximo 8 de noviembre. Bien puede definirse tal proceso como la cucaña más alta que político alguno haya de subir, debido a la prolongada duración del mismo, a su coste económico y, por qué no decirlo, físico, y a los evidentes riesgos que cada candidato ha de afrontar por lo que a la disección de su vida pasada se refiere.

El proceso de primarias se contempla en la primera potencia del mundo para la elección de numerosos cargos públicos, si bien su plasmación más célebre es la referente a la contienda que desemboca en el juramento en las escaleras de Capitolio el 20 de enero de cada cuatro años.

En líneas generales el sistema es conocido, no tanto en sus detalles. Así, para cada partido se elige por el electorado de cada Estado a los delegados que han de asistir a la convención nacional en la que finalmente se designa al candidato para la elección presidencial. En primer término, hay que distinguir los procesos de caucus y los de primarias, siendo los primeros procesos privados dirigidos por los respectivos partidos, mientras que las segundas (dato éste a veces no suficientemente conocido en Europa) son procesos dirigidos y regulados en sus líneas básicas por los Estados en los que se celebran (hoy en día predominan abrumadoramente sobre los caucus, adoptados en Estados como Alaska, Iowa o Hawai). A su vez las primarias se diferencian por los electores llamados a votar. Nos encontramos así con primarias cerradas, en las que sólo se puede votar en las correspondientes al partido en el que se esté registrado con carácter previo (caso de Florida o Pennsylvania); primarias abiertas, en las que puede votarse en la del partido que se elija, no en las dos (casos de Wisconsin o Montana); y primarias semicerradas (California, Virginia Occidental…), en las que sólo los no registrados podrán optar por votar en la primaria de uno u otro partido.

El objetivo de las primarias es la elección de los delegados estatales que habrán de asistir y votar en las convenciones nacionales. No faltan Estados, como Iowa, en donde se establecen diversos escalones, ya que los delegados elegidos lo son para convenciones de condados, que designan a su vez a delegados para una convención estatal, y ésta a los de la nacional. En relación con la distribución de delegados, hay que subrayar que aquí también difieren las posibilidades: las primarias republicanas optan normalmente por el sistema winner-takes-all, es decir, el ganador se hace con todos los delegados estatales; en el caso demócrata es más frecuente el sistema proporcional, en el que los delegados de un Estado se dividen en función del resultado, debiendo alcanzarse un umbral mínimo. Por lo que respecta a los delegados, en la mayoría de Estados los mismos han de votar obligatoriamente en la convención nacional por el candidato por cuyo nombre resultaron elegidos. Con todo, no faltan ejemplos de non binding primaries, es decir con delegados no vinculados, siendo hoy puramente residuales; no obstante, incluso en los casos de delegados vinculados en algunos supuestos se permite que se disuelva tal vínculo si el candidato de referencia no es elegido en la convención tras un número mínimo de votaciones. Por lo que se refiere al número de delegados a elegir en cada Estado, esta es una cuestión que se deja a la autorregulación de los partidos, soliendo adoptarse como puntos de referencia la población y, lo que pudiera ser más llamativo para una mentalidad europea, primándose a aquellos Estados en donde el número de votos alcanzados en las últimas tres elecciones presidenciales hubiera sido más favorable al partido en cuestión (partido demócrata) o en función de si dicho Estado cuenta o no con gobernador o mayoría de congresistas de dicho partido (partido republicano).

Los delegados “primarios” confluyen en la convención nacional, en donde, junto con los denominados “superdelegados”, es decir, no elegidos, sino natos en función de su cargo en el partido, han de designar al candidato, alcanzando la nominación quien obtenga mayoría de votos (en el partido demócrata se exigía tradicionalmente mayoría de 2/3, si bien las dificultades afrontadas, hasta 103 votaciones en 1924, hicieron rebajar la exigencia en 1936).

Las primeras primarias surgen en Florida en 1901, si bien sería Oregón el primer Estado en regularlas de forma estable en 1910. Como es conocido, en un primer momento los candidatos presidenciales eran elegidos por los caucus (comités) parlamentarios de los respectivos partidos hasta que a partir de la polémica elección de 1824 (en la que concurrieron en la elección cuatro candidatos del entonces partido demócrata-republicano, no obteniendo ninguno mayoría en el colegio electoral y designando la Cámara a John Quincy Adams en detrimento del candidato más popular, Andrew Jackson) se pasa al sistema de convenciones (la primera tuvo lugar en 1831 en el seno del Partido antimasón, y meses más tarde la adoptarían los dos grandes partidos). Hasta comienzos del siguiente siglo los delegados estatales en las convenciones serían designados de acuerdo con las reglas internas, normalmente por los aparatos de los partidos. La incorporación de las masas a la política y la reacción frente a los patronazgos o maquinarias corruptas locales hizo que desde principios de siglo fuera extendiéndose el sistema de primarias, si bien muy lentamente y con un peso todavía no decisivo: así, por ejemplo en 1912 eran doce los Estados que las acogían lo que, junto con el hecho de que los delegados no estaban vinculados, hizo que la nominación republicana en la convención nacional recayera, no en el candidato más popular, T. Roosevelt, sino en el oficial Taft (no en vano era apodado Mr. Republican). Algo parecido sucedería en el bando demócrata en 1952, siendo nominado Adlai Stevenson a pesar de haber obtenido sólo el 2% del voto en las primarias. La convención del partido del burro en 1968 marcó un antes y un después en la cuestión analizada. La polémica convención de Chicago, en la que un contestado Humphrey alcanzó la nominación (tras unas primarias muy atribuladas, con el abandono del Presidente Johnson y el asesinato de Robert Kennedy) sin un solo delegado elegido en primarias, hizo que a partir de entonces los dos grandes partidos optaran por las primarias como método general de nominar a los candidatos. Desde entonces se conforman como el momento crucial (no la convención) en la nominación.

El calendario de las primarias es un tema no exento de polémica. Tradicionalmente Iowa y New Hampshire (por este orden) son los primeros Estados en celebrarlas, lo que les ha otorgado un peso considerablemente mayor al que les correspondería por su demografía e importancia en el conjunto de la Nación, contrastando con la influencia (casi nula) de aquellos Estados (caso singular de California, el más poblado de la Unión) que celebran las mismas en último lugar. Esta situación ha hecho que algunos Estados hayan intentado recientemente adelantar sus fechas de primarias, lo que a su vez provocó la reacción de los Estados más madrugadores (así New Hampshire cuenta con una ley que sitúa automáticamente las primarias la semana anterior a la de aquel Estado que la haya previsto en primer lugar). De otra parte, los partidos han reaccionado penalizando a los Estados que adelanten el despertador conforme al calendario tradicional, mediante la reducción en tal caso de su número de delegados en la convención (o en algunos supuestos, a través de la determinación de que sean delegados no vinculados). Tras las dos primeras citas tradicionales tienen lugar los caucus y primarias de Nevada y Carolina del Sur. Cabe indicar que en el caso republicano el hecho de que las primarias del Estado sureño sean las terceras en celebrarse no es casual, actuando tradicionalmente como cortafuegos frente a las posibilidades iniciales de eventuales candidatos anti-establishment (así, desde su nacimiento en 1980, en todas menos en una ocasión, en 2012, su vencedor ha coincidido en tal partido con el candidato final a la Avenida de Pennsylvania). Tras las señaladas, tiene lugar el denominado “supermartes”, cada vez más decisivo en la carrera hacia la Casa Blanca, siendo este año quince los Estados llamados a elegir a sus delegados en tal fecha (su origen data de 1988, cuando nueve Estados sureños decidieron “agrupar” sus primarias). El resto de Estados se suceden más o menos escalonadamente hasta el mes de junio, si bien en la mayoría de ocasiones todo está decidido con anterioridad.

Llegado es el momento de someter a valoración el proceso descrito. Como aspectos positivos se señala que la elección popular es el mejor antídoto frente a las maniobras (muchas veces no enteramente confesables) de las maquinarias de los partidos, siendo las primarias un instrumento de reforzamiento de la conexión elector-candidato. Asimismo, lo prolongado de su duración hace que los candidatos finales sean ya en noviembre suficientemente conocidos por los 200 millones de estadounidenses llamados a las urnas. Como aspectos negativos, se señala lo excesivamente oneroso del proceso, especialmente para los candidatos, lo que refuerza la conclusión de que sólo los mejor financiados tienen posibilidades de llegar vivos tras los primeros asaltos, con los riesgos que ello conlleva de candidatos cautivos en manos de lobbies. De otra parte, también se indica que el calendario establecido hace que el veredicto proporcionado por las primarias no sea del todo fiable, pues puede suceder que éste haya sido dado por una parte minoritaria del país (los primeros Estados en celebrarlas), siendo numerosas las propuestas de reforma planteadas (American Plan, Delaware Plan…), de agrupación de primarias por zonas geográficas o tamaños de Estados.

De lo que no cabe duda es que las primarias constituyen un espectáculo político como pocos otros. El door to door se hace más presente que nunca y el sentido agónico de la política tiene una de sus más elocuentes plasmaciones. Con todos sus defectos es con creces preferible a los aplausos de más de cinco minutos de un palacio de congresos a las afueras de una gran ciudad.

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