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TRIBUNA

70 años del comienzo de la Guerra Fría

Alfonso Cuenca Miranda
martes 23 de febrero de 2016, 21:03h

Se cumplen en estos días 70 años del bautismo de la guerra fría (la guerra que no fue; pero sí fue: Corea, Vietnam, Afganistán…) a través de dos hitos: el telegrama Kennan y el discurso de Churchill en Fulton.

El apocalipsis del sexenio 1939-1945 desató los mayores horrores para la Humanidad, si bien la paz subsiguiente no pudo cerrar con llave la caja de Pandora. Se inauguró una nueva época en las relaciones internacionales en la que al antagonismo entre dos superpotencias y sus intereses se unió el conflicto ideológico, divisorio como pocos (tan sólo las guerras de religión de los siglos XVI y XVII son parangonables en este aspecto). De una parte, la URSS, adalid de la nueva religión comunista, cuya acción sería una mixtura entre el mesianismo marxista y el clásico expansionismo ruso (recordando esa conjunción al Alejandro I tras Viena). De otra parte, Estados Unidos, inserto de lleno por vez primera en la corriente histórica mundial, desobediente a su pesar de las recomendaciones de Washington en su farewell speech; consciente, en todo caso, de su responsabilidad en el equilibrio de poder, consciencia aderezada con ciertas dosis idealistas y proselitistas presentes en su tradición. Ciertamente, pueden encontrarse antecedentes de dos bloques antagónicos en la pugna planetaria entre Francia y Gran Bretaña por alcanzar el cetro mundial, origen de numerosas contiendas durante el siglo XVIII y comienzos del XIX. Sin embargo, la guerra fría fue más allá: al conflicto ideológico y geopolítico se añadió un elemento nuevo: el miedo, la angustia experimentada por vez primera cuando el hombre descubre que tiene el poder de acabar con su propia existencia en la Tierra.

Mucho se ha discutido y discute sobre el reparto de responsabilidades respecto al comienzo de la guerra fría. Últimamente han encontrado cierto eco las tesis que denuncian que un excesivo recelo norteamericano arruinó el posible entendimiento en relación con una Rusia históricamente desconfiada. Con todo, no cabe olvidar que ya en febrero de 1946 los soviéticos habían movido ficha (China, financiación de partidos comunistas en Occidente, Turquía, Irán…) y, lo que es más importante, por aquel entonces ya era visible que una gran parte de Europa no sólo iba a quedar bajo influencia soviética (así había sido acordado en Potsdam), sino que no iba a gozar de un mínimo de libertades y de capacidad de decidir su futuro. Aquí, como en otras cuestiones, no se antoja admisible una valoración equidistante: ser un satélite estadounidense o soviético no fue una “mera” cuestión geopolítica, tuvo importantes consecuencias en las vidas de miles de personas y en sus posibilidades de realización vital.

Es curioso constatar como en apenas dos semanas se sucedieron sin coordinación (ni conocimiento recíproco) los dos bautismos del nuevo conflicto, el alumbramiento de la “entrada” del mismo en el diccionario de la Historia universal.

El primero temporalmente se produjo en la pila del denominado Telegrama Largo, cableado por el segundo de la embajada estadounidense en Moscú, George Kennan. El mismo fue la contestación a la solicitud formulada por el Departamento del Tesoro a la embajada para que analizara la posición soviética, poco colaborativa, en relación con el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. La respuesta, fechada el 22 de febrero de 1946 (de unas 5.500 palabras), constituyó, como es sabido, la carta fundacional de la doctrina del containment. En la misma Kennan hacía inicialmente referencia al tradicional “sentimiento” ruso de inseguridad, “paranoia” agudizada por la ideología oficial comunista. El diplomático añadía que Stalin necesitaba un mundo hostil para legitimar su autoridad autocrática en su país. El análisis concluía que la presión soviética tenía que “ser contenida por la aplicación hábil y vigilante de la fuerza contraria en una serie de puntos geográficos que cambian constantemente”. Un año antes, en misiva personal a un colega, Kennan había señalado que “era la hora de reunir en nuestra mano todas las cartas que tenemos y empezar a jugar fuerte” (pues Rusia nunca se detendría en su camino hacia el Oeste). El telegrama tuvo amplia difusión en los Departamentos de Exteriores y Defensa, causando gran impresión en el Secretario de Marina, John Forrestal, uno de los principales apóstoles del nuevo evangelio. En julio de 1947 el telegrama se haría accesible al público mediante la publicación de una versión extendida del mismo en Foreign Affairs, firmado por “X” (el propio Kennan), con el título “Las fuentes del comportamiento soviético”. Kennan había diseñado en pocas líneas la que sería política invariable de la superpotencia durante cuarenta años. Con todo, paradójicamente, el padre habría de renegar del hijo pasados los años, al entender que la aplicación práctica de la doctrina era poco “realista”, por intervenir en ámbitos en donde los intereses americanos no estaban realmente en juego (así, Vietnam).

Con apenas unos días de diferencia tiene lugar la segunda anotación preventiva del nuevo hecho registral: la célebre Conferencia de Churchill en Fulton, Misssouri, el 5 de marzo de 1946. El lugar, un hasta entonces desconocido College de base presbiteriana (de nombre Westminster) donde había estudiado el entonces ayudante militar y antiguo compañero de fatigas en la Gran Guerra del Presidente Truman, Harry Vaughan, quien recogió la idea del decano de la misma. Ante la invitación del ocupante de la Casa Blanca, el Viejo León respondió raudo, máxime tratándose del Estado natal de aquél. Churchill, quien por entonces recalaba periódicamente en Florida para reponerse de las fatigas de la guerra, visitó dos veces Washington con motivo de la preparación del discurso y desde allí partió con Truman en el tren presidencial en un viaje en el que reinó la más estrecha camaradería, prolongadas partidas de póker incluidas. El afamado pasaje del telón de acero fue introducido, parece ser, en el último minuto, en un discurso que fue definido por el propio expremier, incluso ya antes de ser pronunciado, como el más importante de su carrera. El mismo, titulado “El nervio de la paz”, respondió a su mejor oratoria, estando plagado de guiños a los nexos de unión entre los dos pueblos atlánticos (de hecho, el motivo principal del mismo es la preconización de una alianza permanente entre los dos aliados de la guerra de cara a hacer frente a las nuevas amenazas). Es en su parte final en donde Churchill hizo un giro “inesperado” refiriéndose a los soviéticos. Tras enfatizar su admiración por Rusia y el agradecimiento a su pueblo y a Stalin por el esfuerzo bélico, Churchill añadió: “sin embargo… es mi deber exponer ante ustedes ciertos hechos sobre la situación actual de Europa”, a lo que siguió su acuñación del término “telón de acero”. Este implicaba no sólo una zona de influencia soviética (algo que implícitamente cabía deducir se había pactado en las Conferencias) sino de absoluto control por Moscú de las poblaciones afectadas. Admitiendo que los soviéticos no querían un nuevo conflicto, añadía, sin embargo, deseaban los “frutos de la guerra” y la expansión ilimitada de su poder y doctrinas. El británico concluía que, conociendo por la experiencia en su trato durante la guerra que no había nada que los soviéticos admiraran más que la fuerza, ni nada por lo que tuvieran menos respeto que la debilidad, era necesario que las democracias occidentales se mostraran fuertemente unidas en sus principios. El revuelo (presagiado por Truman) no se hizo esperar, siendo su primera recepción muy crítica por parte de la prensa estadounidense (no digamos ya la rusa), hasta el punto de que la Casa Blanca se defendió arguyendo que desconocía previamente el texto (invocando la libertad de expresión del político de las Islas) y cursando una invitación a Stalin (declinada con celeridad) para que pudiera replicar en la misma sede.

No sería sino un año más tarde, cuando a luz de los acontecimientos, Truman recogiera oficialmente los postulados señalados y enunciara la doctrina que lleva su nombre en un discurso ante el Congreso el 12 de marzo de 1947, a propósito de la solicitud de ayuda financiera a Grecia y Turquía. Una nueva era comenzaba oficialmente. El mérito de Kennan y de Churchill fue el de entrever el futuro entre una densa niebla, analizando y comprendiendo los acontecimientos en tiempo real, sin esperar a que la lechuza de Minerva hubiera levando su vuelo, algo reservado a muy pocos. Es más, sorprende comprobar cómo podían escrutar incluso el porvenir más lejano con las escasas vísceras ofrecidas por Clío. Baste un ejemplo: transcurridos setenta años, sobrecoge el pasaje profético del artículo de Kennan en Foreign Affairs en el que señala que en el futuro las nuevas generaciones de líderes soviéticos podrían tener la tentación de recabar el apoyo, más allá del partido, de un público más amplio, “pero, si la unidad y eficacia del partido como instrumento político es alguna vez perturbada de ese modo, la Rusia soviética puede transformarse, de la noche a la mañana, de una de las sociedades nacionales más fuertes en una de las más débiles y dignas de lástima”.

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