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ENTRE ADOQUINES

La macabra lotería del Daesh

miércoles 23 de marzo de 2016, 20:04h

La mayoría de nosotros supo por primera vez de la existencia de los terroristas del Daesh – entonces aún se utilizaba el nombre que ellos mismos se habían puesto, Estado Islámico - a raíz del asesinato filmado del periodista estadounidense James Foley. En aquel momento, la nacionalidad de la víctima y el título del vídeo que sus asesinos colgaron en la red, “Mensaje para América”, hizo que, en general, los europeos continuáramos mirando a nuestro alrededor con esa presbicia para la que el viejo continente no logra encontrar la graduación apropiada. Por mi parte, escribí por primera vez sobre este grupo islamista radical suní que se había levantado en armas contra los gobiernos de Siria e Irak para fundar su califato, precisamente, con ocasión del degollamiento de Foley. La fecha: 20 de agosto de 2014. Desde entonces, he dedicado esta columna a las cada vez más frecuentes matanzas indiscriminadas que llevaba a cabo el propio Daesh o alguna de sus filiales extendidas por buena parte del mundo en forma de células, lobos solitarios o grupos más numerosos y organizados. Cambia la mano ejecutora, pero no el perfil de las víctimas: cualquiera. Basta encontrarse en el peor lugar, en el peor momento posible. En un museo, una playa, un avión, un restaurante o una discoteca. Asistiendo a clase en una escuela o universidad africana, atendiendo a turistas en un hotel, de camino al trabajo en un vagón de metro. Todas las víctimas siempre me han parecido igual de inocentes. Su muerte, igual de injusta e innecesaria.

El dolor se siente con absoluta independencia de la nacionalidad de los muertos y los heridos, de lo que estuvieran haciendo cuando les fue arrancada de repente la vida o del país en el que se encontraran. La aleatoriedad de los actos de guerra que caracterizan al Daesh puede llevar al surrealismo de que un refugiado huido de Siria o Irak para salvar su vida, acabe perdiéndola, por ejemplo, en el metro de Bruselas. Hace ya dos años que quienes pudieron huir de sus casas en el norte de Siria y de Irak vinieron a Europa para refugiarse, aunque ahora Europa sea cada vez más insegura. Si con anterioridad al triste y desesperado SOS que ahora claman en masa los refugiados frente a vergonzosas alambradas, estos llegaban a cuentagotas era simplemente porque al principio los asesinos vestidos de negro no dejaban supervivientes a su paso. Arrasaban pueblos y ciudades degollando a los hombres, reclutando a niños, convirtiendo en esclavas sexuales a las mujeres y a sus hijas. Hasta que cayeron en la cuenta de que matar a personas indefensas en remotas aldeas de escarpadas montañas jamás resultaría tan rentable como traficar con su necesidad de salvar la vida, cobrando por adelantado una travesía que, además, serviría para desestabilizar a las instituciones europeas e incluso para enfrentar a los gobiernos de los países de la UE, como así ha ocurrido. Y, por supuesto, sembrando un terror que no experimentaríamos si las matanzas siguieran produciéndose a miles de kilómetros de nuestras pulcras existencias.

Por mucho que después de cada ataque reaccionemos con solidarias proclamas de unidad, convirtiéndonos en parisinos, bruselenses, tunecinos o malienses durante unos cuantos días y compartiendo en las redes sociales la correspondiente bandera, no volveremos a sentirnos seguros si esa unidad a la que apelamos se encuentra vacía de contenido. Unidad en el dolor, pero también en la lucha, en la legítima defensa. Porque resultaría en extremo paradójico que fuera nuestra tolerancia en la convivencia, nuestra libertad de pensamiento y movimiento y, en definitiva, nuestros benditos derechos humanos los que sirvieran al enemigo para eliminar precisamente estos valores, a base de convertir nuestro día a día en una macabra lotería de la que todos, por desgracia, llevamos papeletas.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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