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POCO A POCO

El burdel panameño

Borja M. Herraiz
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borjamotaelimparciales/10/5/10/22
lunes 11 de abril de 2016, 17:42h
Actualizado el: 12 de abril de 2016, 00:40h
Corruptos, corruptos y más corruptos. ¿Indignante? ¿Triste? ¿Vergonzoso? ¿Inevitable? Se nos acaban los adjetivos, compañeros. Cabe preguntarse si es el poder el que pervierte la honestidad del género humano, que unos dicen inherente y yo achaco a la casualidad evolutiva, o son los deshonestos los que acaban reptando por la pendiente de la escala social hasta copar los puestos decisivos.

La publicación por parte del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación de los conocidos como papeles de Panamá, nada más y nada menos que 11,5 millones de documentos confidenciales pertenecientes al bufete panameño Mossack Fonseca, una suerte de Augusta del fraude y la evasión, pone en evidencia cuán putrefactas están las altas esferas gobernantes.

Nombres nacionales y extranjeros salen cada día a la palestra demostrando que lo del pillaje no es defecto exclusivamente español, sino que abarca todas las latitudes, algunas de las cuales se las suelen dar de muy honestas. Vladimir Putin, David Cameron, Mauricio Macri, el rey de Arabia Saudí, el presidente ucraniano, el primer ministro islandés (el único hasta el momento al que se le reconoce vergüenza torera tras presentar su dimisión)... Es que la pléyade se las trae y no distingue entre pasaportes.

Uno empieza a hartarse de este tipo de exclusivas que acaban por no serlo tanto, habida cuenta de que ya ni nos sorprende que los poderosos lo sean no tanto por su talento político o empresarial como por años de evadir sus responsabilidades fiscales. Es la trampa hecha ADN, un leit motiv exasperante.

Ya en su día fueron los papeles de Bárcenas, tufo 'pepero' que aún cuenta con más sombras que luces para bochorno de nuestro sistema judicial, pero tampoco nos olvidemos de la famosa lista Falciani, que ya sacó los colores a más de un poderoso al revelar los cuartos que guardaba el personal en Suiza.

Es que entre tanto testaferro, oficio camino de ser sinónimo de prostituto societario, y offshore de bautismo rimbombante, por aquello de engalanar el fraude, uno acaba por sentirse el más tonto de la mesa cuando se le insta a apretarse el cinturón mientras otros se lo llevan crudo, a arrimar el hombro para que otros se cuezan a cocktails de color verde dólar.

Eso sí, con los nombres en el paredón nadie sabe nada, nadie ha roto un plato. "Esa firma no es mía, señoría". Por favor... Si mi nombre tuviera la más mínima relación, directa o indirecta, casual o causal, con un paraíso fiscal de libro, burdel del cachondeo financiero, por mucho que se empeñe Panamá en quitarse ese sambenito logrado a pulso, al menos al tanto estaría. Llámenme rarito.

Los señalados tienen ahora dos vías: o admitir que son unos mangantes, que puede que no lo sean, o reconocer que son tontos, porque su nombre se usaba a discreción para meter la mano en el cazo. El resto sólo tenemos la segunda opción, por aquello de asistir complacientes a lo que no es sino una tomadura de pelo permanente. Y, también es verdad, el clásico humor pobre, recurso menor y obligado que se ríe por no llorar de todo este puterío fiscal.

Borja M. Herraiz

Jefe de Internacional de El Imparcial

BORJA M. HERRAIZ es jefe de Internacional en El Imparcial

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