La obligada matización de cada uno de los términos del título del presente artículo exigiría una extensión del todo inadecuada en el género periodístico de tal índole. Si, por contera, a ello se añade otro vocablo como cultural inmediatamente tras el de tradición, la amplitud que adquiriría la mencionada matización desbordaría todas las proporciones.
Efectivamente: decadencia es un concepto de empleo asaz delicado, que de ordinario demanda relativizarlo o revestirse de mil singularidades y muy específicas por lo común. Mas aun así, usado o atribuido al estado del pensamiento tradicional y conservador en la España de 2016, es correcto y legítimo dadas las coordenadas en que hoy se enmarca de forma nítida. Sus raíces en el humanismo cristiano se encuentran a la fecha muy agostadas, al tiempo que el ideario trascendente del mismo signo no ofrece tampoco, por lo demás, un aspecto roborante en España y en los restantes países de occidente; quedando casi por entero desligado de dicha corriente el cultivado en Norteamérica, encuadrado en un conservatismo puro y duro. No ya una escuela o círculo ancho y potente, sino tan siquiera un pensador de variado y robusto espectro cabe citar en la cultura española hodierna. Naturalmente, se cuenta con especialistas acreditados en varias ramas del saber y en el cultivo de las llamadas ciencias “duras” y en las disciplinas más diversas hormados en el ideario tradicional; pero se hallan muy pocos o ninguno en posesión de un proyecto globalizador del saber y la técnica actuales sobre el que construir un modelo o paradigma penetrado y vivificado hasta el fondo por la creencia cristiana.
En tal circunstancia, la tentación de culpabilizar al adversario de propósitos de exclusión y marginalidad se ofrece muy difícil de rechazar. Sin negar, porque sería falso e invidente, que dichas intenciones existen y poseen a menudo gran fuerza y operatividad, es, a su vez, claro que constituyen de ordinario un expeditivo argumento para ocultar las limitaciones propias, que en el caso que nos ocupa se descubren, según quedó ya dicho, tan numerosas como abultadas. Universidades, centros formativos y académicos, editoriales, periódicos y revistas de toda suerte constelan la dilatada geografía eclesiástica y confesional española sin que los frutos cosechados en la siembra de tan vasto campo guarden proporción, ni siquiera menguada. con el elenco de tan numerosos y contrastados elementos. Obvio es, de otro lado, que a todo ello es insoslayable añadir la actividad cultural desplegada por millones de católicos en el ámbito de sus labores profesionales y en el de la convivencia cuotidiana con gentes con las que es posible el diálogo enriquecedor. Nada se traduce, empero, al menos en términos cuantitativos considerables, en una presencia destacada en las ciencias y las letras, la prensa y el cine, la radio y las artes escénicas del ideario fecundado por la fe cristiana, sobre todo, en la dimensión más tradicional y de mayor anclaje en el pasado del país.
A la vista de este, es una anómala o, cuando menos, extraña tesitura la dibujada hoy por el modelo cultural vinculado y vehiculado por la cosmovisión del humanismo cristiano que, al margen de teratologías e informes reduccionismos, informó y sostuvo porciones sustantivas del pensamiento, la creación científica y artística de la España contemporánea. El futuro no entra en la órbita del historiador, bien que quepa presumir que un cambio positivo, en el caso de efectuarse, tardará en consolidarse.