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VUELVE A GANAR UN MASTERS 1.000 CASI DOS AÑOS DESPUÉS

Nadal ha vuelto

domingo 17 de abril de 2016, 16:48h
Actualizado el: 18 de abril de 2016, 13:05h
Nadal ha vuelto

Levantó el torneo de Mónaco tras imponerse en la final a Gael Monfils (7-5, 5-7 y 6-0).

El advenimiento de la tierra batida parecería despejar el horizonte de Rafael Nadal. El tenista español no sólo ha recuperado la sonrisa de vuelta al terreno que le resulta más acogedor, sino que ha acompañado la ganancia de sensaciones con el refresco del juego otrora arrinconado, que resultó víctima de un tenebroso recorrido de lesiones y salpicado por dudas sobre la manutención del pedigree. La irregularidad padecida durante el curso de 2015 ha matizado la inconsistencia, influida por lo psicológico, desde que se alzara el telón del presente ejercicio, trazando una inercia de crecimiento que ha confirmado el retorno del pulso competitivo del mejor jugador nacional que haya conocido este deporte. Como si del lógico decantar del tiempo se tratara, la exuberancia anatómica que coronó al balear con un espacio en la leyenda ha dado paso a la elección razonada en el reparto de esfuerzos, relativa también a la superficie, tanto en defensa como en fase agresiva. La transición, de cuyo mejor punto de cocción ha dado cuenta el Masters de Montecarlo, prosigue el cultivo de legitimidad que busca el reflexivo Rafa. La temporada que culminará en Roland Garros ha ejecutado su apertura con el incipiente florecimiento de su rey.

Nunca había cedido un set ante Stanislas Wawrinka en su inmaculado currículum y lo hizo en la final del Abierto de Australia en enero de 2014 (6-3, 6-2, 3-6 y 6-3), fecha que un buen puñado de analistas significan como el punto de inflexión de la decrepitud mental del astro patrio. Es por ello que el rotundo triunfo cosechado ante el tenaz guerrero suizo el pasado viernes, en los cuartos de final del torneo monegasco (6-1 y 6-4), ha adquirido un valor simbólico delicioso para el relanzamiento de la estela de Nadal. “Eso es exactamente lo que necesitaba, es lo que busco, lo que me devuelve la confianza”, confesaba el agotado jugador manacorí después de amaestrar a uno de los contendientes más escurridizos del ranking ATP. “He llegado a semifinales de los dos últimos Masters 1000 en los que he podido ser verdaderamente competitivo (tras Indian Wells)”, argumentó para subrayar, a continuación, el núcleo de la hoja de ruta que debiera conducirle a la pugna por la cima actual del tenis. “Lo importante es jugar los puntos, uno tras otros, con buena intensidad. Trabajamos duro en eso. Lo hice bien ayer y hoy, y eso me da confianza. Cuando juego tan profundo, eso me permite golpear más ganadores, sobre todo con la derecha”, explicó el único nombre capacitado, resurrección mediante, para interponer una enmienda al histórico soliloquio de Novak Djokovic.

La última final de Masters 1.000 que incluyó a Nadal en liza -única de 2015- aconteció en Madrid, frente a Andy Murray. En aquel brete capitalino, del pretérito 10 de mayo, el británico dictó el devenir para arrollar al español con severa claridad, arrancando para sí su primer torneo de campanillas en tierra batida. De aquella afrenta (6-3 y 6-2) hasta el enfrentamiento mantenido este sábado, en las semis de Mónaco, se ha desarrollado la evolución en los presupuestos que Rafael verbalizó en el post-partido. “No quiero hablar todos los días sobre si soy el de antes o no porque no pienso en eso”, avanzó antes de hacer hincapié en que “no quiero compararme a mí mismo o tratar de analizar si estoy otra vez en el mismo nivel que antes. Trato de hacerlo lo mejor posible todos los días. Quiero ser mejor hoy que ayer y mañana mejor de lo que soy ahora”. Antes de publicitar el olvido de la amalgama de páginas doradas en las que relumbra su apellido como ungüento que le aligere la presión que porta sobre sus hombros, Nadal le devolvió el mordisco a Murray luciendo fortaleza mental. El venenoso servicio del escocés le catapultó a la comodidad del 6-2 inicial, pero la tensión competitiva del balear condujo el duelo hacia los intercambios desde el fondo, de aspecto perpetuo. El escenario de exigencia mutua empezó a erosionar la convicción de Andy, de manera que asomaron, con una asiduidad creciente, los chispazos de excelencia del jugador hambriento de revancha. Así, destapando la última gota de sudor alcanzó la remontada ansiada y el billete para la final del torneo (2-6, 6-4 y 6-2). Había quedado reducido el duelo al intercambio de argumentos bajo un pentagrama de resistencia mental y desde ahí, parámetro que condenó al zurdo en los meses precedentes, emergió la arista ganadora recién recuperada del emblema nacional. “Mejorar es lo que me motiva cada día y no pienso en el pasado ni en lo que fui”, sentenció al final de la intensa jornada. Seguía ocupando el quinto escaño del ranking mundial, pero el aire no soplaría del mismo modo después de este feliz desembarco en la capital monegasca.


Se trataba este domingo, entonces, de cocinar la guinda de esta batalla ganada contra sí mismo y contra el resto del mundo. Disfrutaba Rafa de la opción de reengancharse al estatus de campeón en el presente. Se atravesaba la efervescencia física de Gael Monfils, que nunca había ganado un set a su contrincante español, pero el propósito de levantar su noveno entorchado monegasco incluía igualar la marca de trofeos de Nole (28 Masters 1.000 acumulados) y relacionar al triunfo la final número 100 de su carrera (altura sólo tomada en la era ‘Open’ por icónicos competidores como Jimmy Connors -163-, Ivan Lendl -143-, Roger Federer -136-, John McEnroe -108- y Guillermo Vilas -103-). Es decir, seguir trascendiendo. Con celeridad comprobó el manacorí lo granítico del púgil galo, cuyo repliegue a toda pista alternaba con ráfagas de ambición arriesgada, obligando a jugar cada punto dos o tres veces extra. Así, el break inicial que inauguró el bagaje de Nadal (3-1) se vio suturado con rapidez hacia el 3-3 y la segunda ruptura (5-3) también se vería mitigada por la gallardía del galo (5-5). Sin embargo, sin nada que perder, el francés jugaba con mayor soltura que el español, más comedido, traduciendo su atrevida personalidad en errores no forzados que otorgaron el volcánico set al balear (7-5), con peloteos postreros sobresalientes incluidos. Una doble falta condenó a Gael, a pesar de que el tesón mostrado levantó cinco bolas de set. Quedaba constatado, pues, que el carácter resistente de los jugadores dibujaba una empresa en la que el cansancio y la capacidad agónica tomarían al escena.

La arcilla del Monte Carlo Country Club, que este domingo no se vio agasajado por el condicionante solar, asistió a un intervalo de reducción temporal de cada punto. El desgaste golpeaba en ambas direcciones, aunque en el primer pestañeo de la segunda manga esbozaba una mayor profundidad de influencia en el rendimiento del español. Monfils rompió el saque de Nadal a las primeras de cambio, enseñando fiereza, para embarcarse en una escapada energética (1-3) de la que el jugador balear consiguió zafarse en base a la firmeza al servicio y el debate del ritmo y la longitud de los intercambios (3-3). Resoplaba el exponente del tenis en Francia en cada espacio para el respiro, descubriendo cómo su juego iba quedando descontextualizado, poco a poco, en base a la irregularidad en la precisión de las direcciones escogidas y el magnetismo de un Rafa que condujo la trama hacia el peloteo extremado de fondo de la pista. No obstante, intercaló Gael un break imponente al saque de su ilustre oponente con un regalo consiguiente que devolvió la igualdad parcial (4-4). La dignidad de su despliegue, que afianzó la resistencia pegajosa durante toda la guerra de guerrillas dispuesta, estiró el envite hacia la épica. El asfixiante relato, de reclamo físico considerable, trazó el nivel tenístico más exquisito del torneo, doblegando el servicio del manacorí nuevamente (5-6). Repuntaba la apuesta por desafiar la fe del español al enfrentar a un muro que devolvía todo con la tensión adecuada. El cuarto ace del rocoso francés autografió el empate a sets (5-7) y el redoble de la fiscalización mental y biológica.


Pero disparó Nadal las revoluciones y atino de sus golpeos al tiempo que Monfils parecía pagar el peaje de su juego contemplativo, en persecución perenne. La ruptura del servicio galo en el segundo punto precipitó el desenlace con un 3-0 que resultaría paradigmático. No llegaba con el mismo brío Gael a cada desafío, pasadas las dos horas y media de final, mientras coqueteaba con los calambres. La solidez de un Rafael decidido a acometer la recta final de su elevado objetivo, con una dejada de terciopelo en el entretanto, era ya irrebatible. Derribó la resistance el cambio de ritmo ofensivo del jugador nacional para descomponer a su rival en un epílogo de ejecución acelerada. Otro par de breaks y confirmación posterior arrinconó contra las cuerdas al desfondado undécimo clasificado de la ATP (6-0). La cura de la endeblez mental de la que adolecía el Premio Príncipe de Asturias de los Deportes se hizo tangible para derribar el fango y abrir, de par en par, el regreso a la élite del patrón de Roland Garros en la antesala, quién sabe si del décimo trofeo parisino. Barcelona, Madrid y Roma ejercerán de teloneros, pero, antes, Alberto de Mónaco engalanó la entrega de reconocimientos, con distinguida ovación al combatiente francés (que sigue sin alzar la voz en un torneo relevante), en la que el balear levantó su copa número 68. "Ha sido un fin de semana muy especial", proclamó un sonriente Nadal mientras portada el fruto de su renacida clase. No en vano, con el gesto complacido, relajado al ver por el retrovisor la travesía precedente, abordó el reencuentro con la dulce degustación de la gloria. Al fin.

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