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LIGA DE CAMPEONES - SEMIFINALES (IDA): MANCHESTER CITY - REAL MADRID

Manchester City - Real Madrid: de repente un extraño | 20:45/A3

Manchester City - Real Madrid: de repente un extraño | 20:45/A3
martes 26 de abril de 2016, 09:45h
Actualizado el: 26 de abril de 2016, 20:29h

El único superviviente británico y el renacido coloso madrileño abren fuego en pos de un billete para la final milanesa después de sendas temporadas abrasivas. El City y el Madrid miden cicatrices y consistencia tras recorridos trompicados por el compromiso colectivo de sus artistas. El físico y el valor doble de los goles a domicilio aliñan una deliciosa semifinal de favoritismo español pero incertidumbre por el rendimiento mutuo.

Que Zinedine Zidane haya facturado billete para toda la plantilla con destino a Manchester, excluidos incluidos, manifiesta la asunción del estadio por el que transita la entidad madrileña a esta altura de calendario. El bipolar desempeño del curso, con Rafael Benítez como extra de la trama y víctima propiciatoria, ha terminado por uniformar el clavo ardiendo que representaba la ideación de la Undécima como mantra catárquico, pleno de contenido, y fundamento nuclear del repunte de rendimiento que coloca a los merengues en disposición no sólo de suturar los devaneos de autocomplacencia pretéritos, sino de brindar por un doblete tan histórico como descontextualizado, visto lo visto en el entretanto de este interesante epílogo de temporada. El desembarco del icónico preparador galo revistió de simbolismo una ilusión reconstruida con trampantojos, primero, y salpicada de cimientos competitivos, después. Así, bajo el manto de frío (menos de 10 grados de sensación térmica) y plomizo granizo de bienvenida, enfrenta un Real Madrid reafirmado en lo volcánico de su devenir el primer partido más importante del ejercicio 2015-16. Para su regocijo, éste envite referencial que susurrará lo endeble o nutrido de la calificación final se presenta en el balcón de mayo, en la jurisdicción de los aristócratas del Viejo Continente, y no en meses precedentes, como se atisbaba por la decrepitud envuelta en merma de compromiso coral que parecía negar a los de Chamartín todo el pedigree de su candidatura en el cambio de año.

Este martes, en consecuencia, celebra la expedición escenificada en unidad la supervivencia a sí misma. Lo hace disfrutando de la oportunidad de sacar lustre al orgullo y brillantez que se le presupone a una plantilla bajo sospecha desde que tocara techo en el Mundial de clubes marroquí, en invierno de 2014. Quizá con el acceso a este peldaño tangible y anímico ya se haya rubricado la gestación de legitimidad del proyecto de Zizou tras la traumática, y poco estilística, maniobra de traspaso de poderes. Quién sabe. Pero lo que ocupa al madridismo, que navega en cotas bien horneadas de paroxismo en las últimas semanas de remontadas y plantación de bandera en el Camp Nou, es el abordaje de otra prestigiosa muesca. Porque derrumbar al novel oponente de turno constituiría la apertura de puertas para recuperar el gusto glorioso de trascender. Proyectar en Milán y ante el Bayern de Munich -la tradicional bestia negra dirigida por el último nombre con sombra de némesis merengue- o el Atlético -el enemigo íntimo que reclama con justificada insolencia la exclusividad del territorio capitalino- una nueva página que añadir a la leyenda de la institución de Concha Espina. La fortuna, que dibujó un sorteo enjabonado hasta este piso, ha acompañado al renacimiento que ha experimentado un equipo otrora renegado, plácido en la decadencia tejida entre sus cenizas y vicios, y esta visita al Reino Unido emana tanto respeto -Dortmund, Turín y Wolfsburgo, por ese orden, saludan y avisan de lo indigesto de una sobreestimación de la valía propia- como optimismo al contemplar un paisaje idóneo para catapultar el reconocimiento de cada componente del vestuario. Reivindicarse, en individual y en colectivo, abonó la huída hacia adelante que se ha tornado en vehemente pugna por cada pulgada de éxito que se batalla en Europa y España. Y esa misma significación comandaría el decálogo del Madrid en el desafío de botín más jugoso hasta el momento.

Se atraviesa en la pretensión un pionero de la mixtura entre el mercantilizado fútbol moderno y la globalización. Es más, según dicta el cuadro de la Liga de Campeones, se cruza en los anhelos madridistas el máximo exponente de dicho paradigma, pues arrodilló al otro tótem postmoderno, el París Saint-Germáin. Hace tiempo que los dólares de los emiratos (1 de septiembre de 2008) convulsionaron al contendiente obrero que, muy a duras penas, seguía la rueda de su vecino, el pomposo United. Y median también años de evolución y cultivo de buqué ganador desde que el magnetismo del ‘Apache’ Tévez atrajera títulos y nombres al faraónico proyecto, al tiempo que mostraba al mundo la denominación de un buen puñado de villas misera argentinas en prime time, después de cada gol y en la camiseta secundaria. El resultado de la discutida receta se muestra imponente desde el prisma doméstico pero sin jurisprudencia continental, pues nunca se ha visto fiscalizada la aventura oriental en este elitista horizonte. La metamorfosis que busca medir su estado de cocción, en palabras del capitán Vincent Kompany, se aprecia con esclarecedora nitidez si se acude al roster, a la nómina del futbolistas en liza. Cuatro son los ingleses que figuran en ella (Joe Hart, Richard Wright, Fabian Delph y Raheem Sterling) y, con toda probabilidad, sólo uno o dos amanecerán en el enfrentamiento de este martes con carta de titularidad -el guardameta que también defenderá al Once de la Rosa en la Eurocopa de junio y el extremo estrella, de fichaje con trazas de cataclismo y torsión de talonario-. El anacronismo histórico se detecta, no obstante, cuando se acude a la otra cota del City. En la década en la que la entidad citizen gritó su primer y único entorchado continental (la Recopa de 1970) el presente reflujo de deslocalización de capital humano que retrata al club británico no suponía más que una ensoñación quimérica. Parecería que ha llegado la hora, por tanto, de comprobar si el atentado identitario mereció la pena. De vuelta a la reivindicación como línea argumental de la conversación, los terceros clasificados de la Premier encadenan siete partidos invicto (por nueve duelos ganados de forma consecutiva por parte madrileña).


Sobre el verde, el primer capítulo del combate, que llenará el ardoroso Etihad, despliega la contraposición de presupuestos conceptuales asimilados. Real Madrid y Manchester City se yerguen como abanderados del aspecto camaleónico que huye de la ortodoxia estilística. Medirán parámetros de interpretación del balompié, tendentes a preponderar el vértigo, la asociación como medio y no como fin en una conjugación de marcada vertiente vertical, el uso interesado de la posesión como anestesia admitida por la crítica y la concentración en el equilibrio sin pelota como presentista obsesión de desatendido pasado. Poseen, en consecuencia, fantasmas y virtudes semejantes. Del primer epígrafe se extrae la incógnita esencial del duelo: la consistencia colectiva. Ambos púgiles bregan contra la colorida paleta ofensiva que pretenden alternando performances dignas en repliegue y sonrojos sonados en el esfuerzo defensivo, que a menudo toman forma por la vía de la irritada ruptura de líneas tras pérdida. La consistencia de los sistemas empleados (4-4-2, 4-3-3, 4-2-3-1 o 4-3-2-1, según la fase del juego) ha esbozado inercias trompicadas en la trayectoria que ha construido el camino hacia este cruce. De hecho, tanto Manuel Pellegrini como Zinedine Zidane han resuelto la ecuación, sin demasiada antelación, con el refuerzo del aparato muscular de la medular en detrimento de la clase. El infortunio de Touré Yaya ha confirmado la revestimiento de trabajo y exuberancia anatómica del centro del campo local, que luce mejor asentado en conjunto con la apuesta por la pareja Fernandinho-Fernando; y el advenimiento de Casemiro como imprescindible, que alcanzó la graduación en la escena protagónica en el coliseo de Can Barça, ha acabado de edificar la red de ayudas ansiada, esa que deshace nudos cuando se nubla la creatividad y pegada de la línea ofensiva y sirve de colchón táctico.



La asunción de la necesidad de sacrificio técnico por el bien común, adoptada en ambas direcciones, ha revertido, además de en el ascenso de seguridad de la denostada retaguardia, en la mejor alimentación del cortejo del balón, al liberar de pesos que no les son propios al cuerpo de artistas que han de imaginar el fútbol en cada trinchera. Ramos, Pepe, Otamendi y Mangala, presumibles zagueros de la competencia, sonríen ante el movimiento decretado desde el banquillo, pero también lo hacen Kroos y Modric -que reasumen sus roles innatos de interiores con permiso para batir líneas- y Silva, De Bruyne y Navas -abandonados a sus atribuciones de desequilibrio en vuelo sin los grilletes tácticos-. Pero, pese a los réditos actuales, el campo de prueba no resulta suficiente para afirmar que el bagaje es extrapolable a un ámbito de regularidad, por lo que la vigilancia tras pérdida, el orden grupal en el achique y la efectividad en la ejecución coordinada de los automatismos defensivos trabajados verán examinadas su aspecto relativizado. Los estrategas, que visualizan un cruce de prolongada igualdad y desenlace plegado, buscarán, como sea, maniatar el previsible viraje natural hacia el paisaje de ida y vuelta. De intercambio de golpes sin patrón ni pentagrama.

El segundo apartado, el de las virtudes compartidas, evidencia la amortización, sin par, que estas dos estructuras efectúan del espacio. El avance en asociación estática no se destaca como el mejor panorama por la propia morfología de los atacantes escogidos en el diseño de plantilla. Ronaldo (pichichi de la edición del torneo con 16 goles, a dos dianas de batir su récord), Benzema, Bale, Jesé, Lucas Vázquez, Jesús Navas, Raheem Sterling, Kevin De Bruyne (faro decisivo de extremada sabiduría en la lectura entre líneas), David Silva, Wilferd Bony, Sergio ‘Kun’ Agüero y Kelechi Iheanacho disfrutan, sobre todo, corriendo entre hectáreas. En el ámbito de la improvisación antagónica al hacinamiento donde deslumbran, por motivos y rituales diferentes, Leo Messi, Andrés Iniesta, Luis Suárez o Juan Román Riquelme. Relacionada con esa querencia se satisface la voracidad capacitada del contragolpe que muestran con venenosa cumplimentación estos semifinalistas. Pero, en contra de lo que pudiera parecer, no padecen en la gestión sosegada de la posesión, ora contemporizadora, ora como argucia ordenada de aproximación a los palos rivales. La dotación de calidad de las piezas atacantes no esquiva equidistancia con su velocidad, por lo que el juego con el tempo del partido se asoma como otra de las aristas que apuntan a la heterodoxia como la acepción gobernante presente de este deporte. Aunque, si bien los dos competidores disponen de armas que profundicen con lógica en el cuidado del cuero, es en este matiz específico donde reside la principal discrepancia, pues el Madrid guarda en su vestidor más calidad en el sosiego de la pelota -Isco, James y Kovacic dan testimonio- que el City y los pupilos del ingeniero chileno entregan una mayor preeminencia a lo muscular en su planteamiento de obra que su homólogo español. Es en base a está contraposición y dialéctica sobre la que gravitarán las elecciones y el trabajo de situación de los técnicos. La imposición de una presión elevada a la salida de pelota rival parecería horadar más la estabilidad local y el filtrado de un ritmo asfixiante podría equilibrar la relación de fuerzas e, incluso, revertir el favoritismo visitante por mor del despliegue físico del centro del campo inglés.




En consecuencia, Manuel Pellegrini, que negó atesorar cuentas pendientes con la cúpula y entidad madrileñas, tiene ante sí una disyuntiva notable. En sus infaustos encuentros con el Barcelona, en precedentes eliminatorias, buscó el preparador una vertiente casi radical del repliegue y salida, modelo que también aplicó Zidane en su partido más importante hasta la fecha, ese que desató la apnea blaugrana. Por todo ello, se deduce que Manchester City y Real Madrid jugarán a disponer señuelos alternando la cesión de metros con la posesión horizontal; la presión alta con la verticalidad tras robo. Buscarán refrescar de manera permanente la sensación de amenaza en el subconsciente del otro, convirtiendo cada imprecisión en un severo quebradero de cabeza y alzando la exigencia con y sin pelota hasta que gane la altura adecuada que marca la dignidad de unas semifinales de Copa de Europa. “Cuando el primer partido es en casa nunca sabes si es bueno arriesgar y debemos jugar la eliminatoria sabiendo que es un partido largo”, precisó el conductor de Villarreal o Málaga hacia hitos románticos. “Vamos a intentar hacer el máximo para marcar goles y no encajar, pero la eliminatoria está 50 %”, replicó el ex entrenador del Castilla. Elementos teóricamente accesorios como el balón parado -de mutua depurada ejecución- se adhieren a la tratativa por dañar desde la mediapunta -Benzema y David Silva asumirán un papel esencial en el desequilibrio interlineal- como argumentos complementarios del devenir de un enfrentamiento impecable en cuanto a su riqueza táctica. El plato, además, se servirá en un marco condicionado por el valor doble de los tantos sumados a domicilio. La resistencia, compromiso y atención a la gris labor de cierre recuperan vigencia para permitir que el esférico actúe como volátil envoltorio de la calidad de los destinados a decidir. Agüero -nunca ganó al Madrid, mitigado extramuros y desatado en las islas-, Ronaldo, Bale, Silva, Benzema, De Bruyne, James Rodríguez o Sterling aseguran finura en el desempeño y excelencia en la resolución, pero ninguno de los clubes enfrentados quieren pagar peajes demasiados caros por el desnudo o descuido de responsabilidades trabajosas. No después de renacer de la impropia zozobra compartida. Hecho éste que obliga a un esfuerzo coral de 180 minutos, sea cual sea la calidad o los Balones de Oro acomodados en la mochila. Por todo ello, la victoria de la posesión podría entenderse, más que nunca, como un guarismo anecdótico. No se lee del mismo modo, en ingún caso, la pericia de Navas y Hart, dos gallos que pelean por acortar distancia con el estatus de Neuer o Courtois.

Noto el mismo ambiente que cuando ganamos la Champions en 2014, pero vamos a sufrir”, aseguró Zizou en la previa. “Hemos aprendido la lección de Wolfsburgo”, proclamó Bale, quien llega tan recuperado como Benzema a la cita. “No queremos conformarnos con las semifinales”, avanzó Pellegrini antes de que Hart expusiera que "ha llegado el momento de hacer historia". Discursos y ambiciones divergentes en una charla que confluye en la pesquisa recíproca de cicatrices. El destino ha querido citar a dos contendientes hundidos en la introspección hace no tanto, para obsequiarles con una ilustre segunda oportunidad. La conclusión del trayecto previo al acaecimiento de la era Guardiola y el brote del legado, desde la banca, del mito que arrancó la Novena. El urgido ingreso, al fin, en la flor y nata del fútbol internacional después de la innovadora frugalidad gastadora o la expresión paradigmática de la semántica ganadora y el subrayado del enlace concluyente entre un equipo y su competición preferida. Como si la mera implicación inherente a la disputa por un escaño en la final del torneo más deslumbrante conocido en la esfera de los clubes no se antojara suficiente, la intrahistoria que sustenta este encuentro redunda en la unicidad que corroboran los anales. La Liga mejor vendida del planeta confronta a la que casi ha monopolizado los trofeos internacionales en el siglo XXI. El mundo observa, sin margen para la purgar los pecados añejos.


Alineaciones probables:
Manchester City:
Hart; Sagna, Kompany, Otamendi, Clichy; Fernando, Fernandinho; Jesús Navas, Silva, De Bruyne; y Agüero.
Real Madrid: Keylor Navas; Carvajal, Pepe, Sergio Ramos, Marcelo; Casemiro, Kroos, Modric; Bale, Cristiano Ronaldo y Benzema.
Árbitro: Cüneyt Çakir (TUR)
Estadio: Etihad Stadium (Manchester).

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