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TRIBUNA

Política y falsedad documental

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 29 de abril de 2016, 20:18h

La eliminación del rival o adversario político a través del falseamiento de documentación sensible que pone en una situación imposible de defensa a la víctima política es un hecho tan antiguo como la propia escritura. Del Antiguo Egipto hasta mediados del siglo XIX se podrían constatar históricamente al menos una veintena de falsificaciones que tuvieron éxito y hundieron al adversario político. Para ello tienen que darse varias premisas:

- Un poder por encima de los rivales que paradójicamente sea a la vez crédulo y susceptible, que haya un alto grado de armonía entre su credulidad casi infantil y una susceptibilidad tan grande como su credulidad.

- Que ese poder que está por encima de los rivales ( emperador, rey, jefe de partido, pueblo, etc. ) se vea claramente perjudicado por aquello que el malvado inventa contra su víctima.

- Que el triunfo de la falsedad tenga como recompensa el ascenso político, casi siempre suponiendo la sustitución en el cargo que ocupaba la víctima.

Cuando la falsedad documental tiene que ver entre países y no entre rivales políticos el poder supremo es la opinión internacional y su derecho, y la recompensa el hecho de que el país fuerte pueda comerse al débil con el consentimiento tácito o explícito de la opinión internacional. Más aún, Antonio Machado, en su Juan de Mairena, en su capítulo XXXIV, sostiene que si en el concierto internacional se diese el caso de que una gran nación quisiera comerse a otra pequeña, las otras naciones deberían ordenarla que se la coma, pero en nombre de todas. Y siempre quedaría a salvo el prestigio del Derecho Internacional. ¿Cinismo machadiano? Para nada. Profundo conocimiento de la descarnada realidad humana.

Como perfecto paradigma de falsedad documental en el mundo de la política, a fin de conseguir ascender en la nomenclatura del poder a base de derribar con falsos documentos al adversario político, lo tenemos durante el reinado del emperador Constancio, y está deliciosamente narrado por Amiano Marcelino en sus Res Gestae (15.5). Un tal Dinamio, encargado de los animales que transportaban las pertenencias del emperador, había solicitado al gran general Silvano, hombre recto y de honradez sin tacha, una carta de recomendación que debía enviar a unos conocidos suyos, indicando que eran muy amigos, casi como familia. Una vez conseguido esto, pues el bueno del general Silvano se lo concedió rápidamente sin sospechar nada, Dinamio guardó la carta por si, en alguna ocasión, podía tramar algún malévolo plan contra su protector, del que ya podía sentir cierta envidia de gloria el mismísimo emperador Constancio, por su valor y popularidad entre los soldados. Y así, mientras el general antes mencionado recorría la Galia sirviendo al Estado y rechazando a los bárbaros, que ya estaban inquietos y temerosos, Dinamio, siempre activo y sin reposo, astuto y diestro en el engaño, eterno y duro enemigo de todos los hombres de pro, prepara una pérfida arma gracias a la colaboración de otros envidiosos con almas sin luz. Este encargado de mulas borró con un pincel lo que estaba escrito en la carta y, dejando intacta tan sólo la firma, escribió un nuevo texto completamente distinto al verdadero, indicando que Silvano había rogado en términos oscuros y había animado a unos amigos que trabajaban en el palacio, e incluso a algunos particulares, a que le ayudaran cuando intentara ver cumplidas sus ambiciosas aspiraciones y poder así alcanzar pronto el más alto puesto del imperio.

Este grupo de cartas, de acuerdo con el plan trazado para acabar con la vida de un valiente inocente, pasaron de Dinamio a manos del prefecto, quien se las entregó en secreto al emperador. Dinamio estaba convencido de que el príncipe le recompensaría por aquel crimen con un gran premio, como seguro y leal defensor de su vida. Leídas, pues, en el consistorio esas cartas que habían sido maquinadas con tanta astucia, se ordenó detener a todos los amigos y oficiales cuyo nombre aparecía en aquellas cartas. Los escoltas del emperador penetraron en el palacio de Silvano, cuando se disponía a celebrar en una capilla un rito cristiano, y lo mataron clavándole repetidamente las espadas. En cuanto al falsificador Dinamio, ennoblecido por su noble acción, se le encomendó el mando de los etruscos y de los umbros en calidad de corrector. Los correctores eran gobernadores de pequeñas provincias. Como podemos ver la documentación falsa aportada por Dinamio fue letal para el general Silvano, cuyo nombre rehabilitó con gran pompa, porque lo había admirado siempre, el emperador Juliano, sucesor de su primo Constancio, y fue gananciosa para el propio Dinamio hasta que el mismo Juliano lo defenestró.

Ningún régimen político ni forma de gobierno se ha salvado del político facineroso que produciendo documentación falsa acaba con la vida política – y a veces física – de sus rivales o adversarios mediante el uso de papeles, tan caros a todo acto administrativo y político ( de ahí que Antonio Pérez hubiese tomado más de media docena de veces el pelo a nuestro rey “papelista” Felipe II ). Incluso en regímenes liberales parlamentarios, como el de Inglaterra, uno de los pueblos más libres que han existido sobre la tierra, se ha dado esta felonía: casos contra Shaftesbury y contra Robert Walpole, quien a pesar de su caída política por la calumnia ( “aspersion” ) pudo recobrarse con gran vigor y ser la principal dirección política inglesa durante casi treinta años. Pero pocos son los políticos calumniados e injuriados injustamente que una vez apartados de la política vuelven a ella con la energía indesmayable de Robert Walpole. Incluso lo que fue calumnia una vez se convirtió en verdad con el paso de los años en el mismo político. Como si la calumnia, “slander”, concitase un conjuro diabólico contra la víctima que acabase creándole una segunda naturaleza. Así, el propio Walpole calumniado de corrupto cuando era un joven íntegro acabó siendo un viejo corrupto sin excusa posible. Sólo el Arte con sus “figurae” ( de “fingere”, mentir ) y la política con sus embustes y exageraciones pueden acabar creando una verdad real.

En el mundo comunista la eliminación civil y física de oponentes mediante la falsificación documental fue una práctica tan normal que los soviéticos llegaron a sentir horror a la hora de firmar cualquier formulario. Beria fue el rey de la producción de documentación falsa en aquella época oscura de la humanidad. Por otro lado, los jueces soviéticos entraban en la farsa, y obviamente no llamaron a ningún calígrafo en los casos de Sujánov, Kaménev o Zinóviev. Les interesaba plegarse, genuflexionarse, prosternarse, ponerse de hinojos, ante una mentira que era la verdad oficial, por chusca que fuera.

La enfermedad del poder que sienten “los políticos de raza” ( ya diagnosticada por Platón en Las Leyes como “nosêma tôn basileôn” – enfermedad de reyes - ), aunque llegue a civilizarse y casi paliarse a través de la Democracia y su división de poderes ( la enfermedad del poder sólo se limita y neutraliza con otra enfermedad de poder ), tenderá siempre a conquistar el poder y a ocuparlo el mayor tiempo posible sin ningún escrúpulo moral, sin conciencia de límite moral, a no ser que la sociedad posea los mecanismos necesarios – entre ellos y muy principalmente la educación – para minimizar los efectos desoladores de esta enfermedad. Nosotros llamamos libertad precisamente a la existencia de esos mecanismos y a su puesta en funcionamiento. Esta libertad estará siempre amenazada por esa “enfermedad de reyes”, por ello no debemos cansarnos en protegerla.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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