Se consumó el despropósito. Con un sistema electoral que no contempla la segunda y definitiva vuelta, que habría solucionado el impase político de cinco meses en solo dos semanas, tiramos la casa por la ventana y nos convocamos felizmente a votar de nuevo para elegir a nuestros representantes. Matando moscas a cañonazos, como si nos sobrara el dinero o un tiempo que corre siempre en contra y, además, siempre en contra de los ciudadanos. Porque, con pacto o sin él, durante la legislatura de 54 días que se acaba de dar por finiquitada cada señoría se ha llevado el correspondiente sueldo a casa – normal, me dirán, ya que han trabajado -, mientras que las inversiones, proyectos o nuevas contrataciones han quedado en vía muerta a la espera de que alguien gobernara este país de una maldita vez. Y esto supone perder ingresos, retrasar decisiones, dejar pasar trenes que son solo de ida. Menos mal que los presupuestos para 2016 habían quedado aprobados antes de hundirnos en este dislate paralizador que nos hace perder pie en un mundo que sigue girando, estemos gobernados o no.
Lo más surrealista del asunto en cuestión es que, aunque nos empeñemos en hablar de volver a la casilla de salida, las fichas son las mismas y el recorrido no cambia un ápice. Que no se llenen la boca diciendo que este fracaso democrático ha servido para ver hacia dónde y de qué manera se mueve cada formación política, porque eso, señores aspirantes a representarnos, ya lo sabíamos. O lo intuíamos en gran medida. Sorpresas, ha habido bastante pocas. Quizás lo más chocante haya estado precisamente en esto mismo, en la ausencia de grandes golpes de efecto, de inesperados giros en la trama. Cada cual enrocado en sus sempiternas trincheras, enarbolando su obstinada bandera – de cambio o continuidad, me da igual -, aferrado a su particular dogmatismo, recorriendo el pertinaz laberinto con la vista puesta en su propio futuro. Unos más que otros, pero siempre más de lo mismo. Y ahora, toca volver a llenar unas urnas que ya habíamos ocupado, al parecer solo de papel mojado, sin que se nos ofrezca un panorama distinto. ¿No tendrían que llenar primero sus propias urnas para ofrecernos algo diferente? ¿Celebrar unas primarias en cada partido aunque jamás lleguen a la enjundia de las estadounidenses? ¿Por qué no cuatro candidatos nuevos para variar, al menos, las arrastradas inquinas personales?
Ni soñando. Así que el próximo 26 de junio – reconozco que aposté que no llegaríamos a celebrar nuevos comicios -, y siguiendo los pasos marcados por los padres de una Constitución y un sistema electoral que piden a gritos adaptarse a lo que se vive hoy, sin quitar mérito alguno a aquella modélica Transición, volveremos a decir quiénes queremos que ocupen los escaños por nosotros, en qué número y, se supone, con qué propósito. Por desgracia, todo apunta a que los resultados de estas nuevas elecciones cambiarán bastante poco y a lo que volveremos sin remedio será a reuniones, postureos – curioso neologismo que ha invadido nuestro lenguaje para desesperación, imagino, de la RAE -, teatrillos y comparsas. La verdad es que estamos todos bastante hartos, que lo último que nos apetece es volver a sacar papeletas del buzón de casa, ver las caras de los candidatos en fachadas o farolas, escuchar las mismas cantinelas, los repetidos reproches, asistir a debates con los contrincantes de siempre. Con los analistas y tertulianos, también de siempre. Sin embargo, les confieso que hay algo que me molesta más que todo eso: escuchar quejas y críticas sobre los políticos procedentes de quien admite, quedándose además tan pancho, que no votó el 20 de diciembre ni piensa hacerlo ahora. Este es, en mi humilde opinión, el colmo del despropósito. Por muy hartos que estemos.