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TRIBUNA

Muerte en Alepo

sábado 07 de mayo de 2016, 18:51h
Actualizado el: 07 de mayo de 2016, 19:42h

Una confianza excesiva en el progreso histórico, en la capacidad del hombre para avanzar hacia una convivencia racional por medio de la ley, puede ocultar la dificultad real de vivir conforme a un criterio ético, que no es simple adhesión a unos mandatos temporales, sino propósito de obrar responsable y fraternalmente. Carlo Maria Martini, antiguo Arzobispo de Milán, entiende que “cierto clima de fácil optimismo, según el cual las cosas se van arreglando por sí mismas, no sólo enmascara el dramatismo de la presencia del mal, sino que apaga también el sentido de la vida moral como lucha, combate, tensión agónica; que la paz se consigue al precio de la laceración sufrida y superada”. Para luchar contra el mal, es necesario poner un rostro al sufrimiento. El rostro del sufrimiento no puede ser una imagen, sino una vivencia asequible, donde se manifiesta simultáneamente nuestra dimensión social y natural. No todos los seres humanos conocen la experiencia de la paternidad, pero todos comprenden que los niños y las niñas representan el futuro, la esperanza de un mundo mejor. El estado de absoluta dependencia del que acaba de nacer exige una respuesta ética. La ley no se anticipa a esa demanda; sólo la garantiza, reconociendo derechos excepcionales a la infancia. El carácter profundamente inhumano de la guerra se ha manifestado estos días con el salvaje bombardeo de Alepo. Las bombas han destruido el hospital Al Quds, que gozaba del apoyo de Médicos Sin Fronteras. Han perdido la vida 27 civiles. La estimación de víctimas siempre es imprecisa, pues algunos cadáveres nunca se recuperan, pero esta vez se ha podido comprobar que tres niños y tres doctores han muerto bajo el fuego de los bombarderos. Uno de los médicos era el último pediatra, lo cual significa que la expectativa de vida de los niños en Alepo se ha vuelto más precaria. Matar al último pediatra es matar a infinidad de criaturas que ya no podrán recibir una asistencia médica especializada. Conviene recordar que bombardear un hospital es un crimen de guerra. Los niños masacrados en Alepo son hoy el rostro del sufrimiento y la insoportable evidencia del poder del mal.

Matar a un niño o permitir que muera constituye un crimen contra la humanidad. “En cada niño que nace –apunta Hans Jonas-la humanidad da comienzo de nuevo frente a la muerte y, por tanto, entra en juego la responsabilidad por la continuidad del hombre”. La ley establece la obligación de respetar la vida ajena. El sentimiento llega más lejos, imponiendo el cuidado del recién nacido. Esa responsabilidad concierne a todos, no sólo a los que han engendrado esa vida. La sensibilidad moral puede embotarse ante el sufrimiento de los iguales, pero el grado de extrema indefensión del niño es un poderoso estímulo contra la indiferencia. El infanticidio no es un delito más, sino un crimen particularmente execrable. No es la ley, sino el sentimiento el que comprende este hecho. Aquí aparece la fraternidad, la dulce imposición de hacerse cargo del otro; la carga no resulta tan pesada cuando el que espera nuestra ayuda, no puede hacer nada por sí mismo, salvo aguardar la intervención ajena. Es una carga ligera que se asume sin mucho esfuerzo y que, al aceptarse, extiende el sentimiento de obligación hacia los que se hallan en una situación de vulnerabilidad: el anciano, el enfermo, el extranjero.

El amor a los hijos es la vía privilegiada de acceso al otro. “Es imposible para quien ama a sus hijos –escribe Luc Ferry-, permanecer del todo insensible a la desgracia que sufren los que son semejantes a ellos, aunque sea en el otro extremo del mundo”. Sin embargo, no es necesaria la paternidad para comprender que el hombre sólo puede realizarse como sujeto moral aceptando la responsabilidad de cuidar al otro. Hay un humanismo que no es mero antropocentrismo, sino una forma de trascender el yo, implicándose en la dignidad y el sufrimiento del otro. Ese humanismo no puede ser neutral. Su igualitarismo le exige una militancia activa contra las ideologías que desprecian los derechos del hombre. No hace falta ser padre para comprender que un lactante nunca puede ser considerado un enemigo. “El niño –apunta Luc Ferry- encarna por antonomasia la categoría abstracta de la víctima: no sólo su responsabilidad no está involucrada en los conflictos a causa de los cuales muere, sino que su pertenencia a cualquier comunidad es aún problemática”.

Si la condición humana sólo adquiere madurez ética y ontológica en su responsabilidad hacia el otro, habrá que admitir que el Yo es un “rehén” del Tú, de acuerdo con la expresión de Lévinas. En este caso, ser un rehén no es una limitación de nuestra libertad, sino su forma más alta de realización, pues ya no se trata tan sólo del lactante, absolutamente dependiente de nuestra voluntad, sino del semejante, incluso del enemigo, hacia el que existe una obligación fraternal. Esa obligación fraternal no excluye la resistencia en escenarios de conflicto, pero entiende que nuestro antagonista nunca pierde su condición de hombre y, por tanto, nunca podrá ser sometido a un trato inhumano. El yo que asume libremente ser el rehén del otro descubre el paso hacia la trascendencia. La presencia del Tú como el hermano que exige nuestro cuidado nos impulsa al abandono radical en el Otro. De este modo –escribe Karl Jaspers- adquiere el hombre “su impulso a través de lo que no es, pero que toca, que encuentra, que empuña, del que se apropia y experimenta la fuerza de tracción que lo eleva fuera del abismo”. La violencia no sólo crea una fractura entre el Yo y el Tú, sino que destruye cualquier posibilidad de trascender lo contingente. Por utilizar la expresión de Martin Buber, el “eclipse de Dios” es el vacío que surge cuando la tensión creadora que une y aleja a los hombres, se transforma en dramática escisión. Desaparece el “entre” como espacio de reunión y discrepancia y ocupa su lugar el “contra”, donde el otro deviene mera resistencia a la que silenciar, encarcelar, torturar y, finalmente, matar.

El bombardeo del hospital de Alepo es irreversible, pero no debemos permitir que las víctimas se hundan en el olvido. Si se borran de nuestra memoria, su dolor se hará banal. Habrán muerto para nada, pues no serán nada para los vivos. Hay una responsabilidad con la humanidad ausente. Las víctimas de cualquier forma de violencia nos interpelan con la fuerza de un imperativo moral. La memoria no es suficiente. Además, hay que sostener y avivar la esperanza, presuponiendo que no es imposible“exceder el tiempo” (Lévinas). Podemos decir que lo irracional se hace necesario para que lo ético no se disuelva en lo biológico. El ser humano no se puede excluir a sí mismo del futuro, sin desembocar en el desprecio de su propio existir. Los niños de Alepo deben “vivir” para que la humanidad comience de nuevo.

Rafael Narbona

Escritor y crítico literario

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