
El curso que este domingo yace abocado a su epílogo, inmerso en plena vigilia pre derbi capitalino y milanés, afronta su crepúsculo reproduciendo el distinguido regusto de su aurora: con el músculo y la finura del balompié nacional envaneciendo los focos y el respeto de la atención mundial. La temporada 2015-16, comprimida en su concepción y ejecución –por mor del calendario esputado por la UEFA y con el pretexto de la Eurocopa francesa que se avecina en junio- alzó el telón con un enfrentamiento entre los púgiles en liza este domingo. Fútbol Club Barcelona y Sevilla citaban pedigree en la Supercopa de Europa el 11 de agosto. El recinto Borís Paichadze de Tiflis, Georgia -localización producto de la deslocalización financiera que también empapa al fútbol- acunó aquel precoz evento y alumbró un tónico aperitivo de lo venidero. El campeón de la Champions League lució estirpe técnica y disparó su soberbia exquisitez, Messi desorbitado mediante, hasta un 4-1 que se antojaba como el carpetazo a la primera muesca del segundo sexteto de la historia (interruptus por voluntad de Aritz Aduriz). La mixtura de confianza en los propios presupuestos y el parámetro anatómico, tan característico de la hipertrofiada competitividad hispalense, terminó por conducir la conversación a cauces que relativizaban el asimétrico reparto de calidad, con resultado de empate a cuatro goles y prórroga. El postrero tanto de Pedro Rodríguez, en su simbólico último servicio para el interés de Can Barça (su izado de maletas con destino londinense susurró el desbalance en el banquillo culé que terminaría por verse certificado en la sequía de abril), clausuró el señalado entremés del monopolio español extramuros, tan exacerbado en lo goleador como prototípico en escencia.
El refresco de la rivalidad de hoy es, por el contrario, el actual latido del dominio nacional. Un soliloquio teórico que ha saboreado su constatación práctica en el par de semanas pretéritas, en las que la repartición de los entorchados elitistas volvió a arrodillar al Viejo Continente ante el magnetismo de la paleta de colores que delinea la evolución de los representantes de la Liga BBVA. Atlético, Real Madrid, Sevilla y Villarreal desembarcaron en la pugna por las medallas evocando la altura alcanzada por la variopinta concepción que de este deporte se ha asumido en nuestro país, al albor, satelital, del estilístico referente tectónico mimado en el Camp Nou. La imponente cocción de rigor en el cierre, sabiduría en la gestión del coqueteo con el cuero y, como argamasa común, de la acepción integrista de la relevancia del equilibrio se ha cobrado el martirio de Bayern de Munich, Manchester City, Nápoles, Shakthar Donetsk y Liverpool, hasta arribar a esta excelsa orilla. Precisamente, el matarife de la mística propia de los guerreros radicados de Anfield, que arrastra la resaca consiguiente a la siega de su quinta UEFA (tercera consecutiva), participará en el enfrentamiento que acogerá el Vicente Calderón a las 21:30 (Telecinco), en un guiño a la suerte de paroxismo que condecora la salud del fútbol patrio en estos días, pues los finalistas de esta edición de la Copa del Rey, además de saberse eminentes en este trecho del relato histórico, cruzan sus respectivas opciones de sellar con un doblete este ejercicio. Porque, ahora que se ha desinflamado el vaciado de contenido al que la enteca lógica política condujo a este pomposo baile entre finalistas acostumbrados, eso es lo que emerge en juego, la antesala de refrescar la vigencia ganadora. Lejos del interesado galope y fragor de las banderas, o más bien, en paralelo, en otro plano, en la Ribera del Manzanares se miden dos de los mejores colectivos del paisaje balompédico internacional y enseñas planetarias de planificación deportiva. Como si la excepcional posibilidad de contemplar confrontados (primera vez que se jugarán entre sí el título copero) a dos de los exponentes que argumentan porqué los clubes nacionales siguen gobernando dondequiera no bastara per se.

De vuelta al verde, el favoritismo del encuentro-colofón del almanaque recae sobre los hombros del reluciente campeón de Liga. De ese vestuario que tragó su decrepitud para firmar una inercia de cinco de cinco (quince puntos sobre 15) y 24 goles a favor y ninguna diana en contra para campeonar. Desprovisto de bajas (factor diferencial), el transatlántico patroneado por Luis Enrique dispondrá de todas sus variantes en busca de la imposición de la ecuación que le sostiene en la cima. La severa atención a los equilibrios tácticos, con y sin pelota, la vigilancia y activación tras pérdida y la mesura en el manejo del balón volverá a figurar en la hoja de ruta como el abono ajustado para que la clase individual prepondere y decida. La terna Messi-Neymar y Suárez, que ya cuenta con 130 tantos en el zurrón, habrá de engrasar su lucidez y concentración para generar oquedades en el granítico sistema defensivo que enfrentan. Con la más que factible reconversión de La Pulga en el rol de idealizador de jugadas, de mediapunta paradigmático, la punzante conducción interlineal de Iniesta y la ruptura llegadora de Rakitic, la embelesadora mecánica de construcción a la que se sumarán Alves (discutido y encendido a partes iguales) y Alba tenderá al dictado del tipo de charla. Para anestesiar la explosión, por el conducto exuberante de la rítmica valentía y astucia posicional, del Sevilla.
Un escenario familiar al que inyectará el técnico asturiano el aliño vertical tras robo, que alimenta la tenebrosa amortización de espacios de Ney y el presumible Bota de Oro charrúa. La doblez de agazape y deflagración en vuelo también engrosa el listín de aristas azulgranas. Una composición simpar que, empero, quedará supeditada al compromiso de cada peón, por dotado y creativo que éste resulte. El último peldaño de la estación reclamará al Barcelona una versión sobresaliente de ejecución solidaria y colectiva. Si la motivación balbucea, la penalización por parte de la exigente disposición sevillana (pregunten al apesadumbrado Jürgen Klopp) podrían revirar la placidez de la circulación catalana.
Y es que el Sevilla no ha celebrado su reunión con la gloria europea. A diferencia del oponente de este domingo, que no escatimó alborozó después de su éxtasis en Liga (en busca, quizá, de algo de catarsis después de la sombría decepción post eliminación continental), el proyecto adoctrinado por Unai Eemery decidió aplazar todo grito y festejo hasta este lunes, después del término copero. En enfermiza coherencia con la rectitud en la preparación del estratega vasco, la mejor entidad de la historia de la Europa League no ha querido regalar una pulgada de respiro y desconexión a su ilustre adversario. No obstante, las ausencias (he aquí el peso abrasivo diferencial que desbalancea el favoritismo) establecen suficiente concesión. El club que redondeará la comparecencia española en la próxima edición de la Liga de Campeones (cinco equipos nacionales competirán, con el Villarreal enfrascado en la fase previa) no dispondrá de elementos centrales, como Tremoulinas, Krohn-Dehli (lesionados), Kolodziejczak y N´Zonzi (sancionados), sangrando frenesí a la contra, estabilidad en el repliegue y clarividencia en la salida.
Así pues, con el atisbo de la capulina a otro esfuerzo denodado y ya recompensado, los batalladores de Nervión aterrizan en la final mentalizados para desconcertar a su rival por la vía de la intercalación de la ortodoxia defensiva y el número de asfixia de presión disparatada. Con la lectura de los tiempos del partido y las ráfagas de intensidad burbujeante que dirijan la trama hacia la anarquía y desfragmentación del centro del campo, de resaltado valor físico, que empequeñece cualquier destaque técnico. Como atestigua este mismo Barcelona, que no huyó a tiempo y cedió los tres puntos en su visita al Pizjúan. Ever Banega volverá a asumir la jerarquía, exclusiva, del control de la pelota (uno de sus últimos clínics sevillistas, según pregonan fuentes nerazzurri), resguardado por la brega de Krychowiak, Cristóforo y la vociferante retaguardia que custodia a Sergio Rico (con Ramí de regreso), y conectado con la transición erosiva que potencian Vitolo, Konoplyanka y el iluminado Gameiro -urgido por legitimarse tras verse fuera de la lista de convocados gala para la Euro`16)-. La inclusión de Iborra y del extremo ucranio, o del ordenador uruguayo y del capitán neurálgico, Coke, examinará la ambición esquemática del escurridizo finalista. No cabe respiro en este nivel agónico. La identitaria consistencia habrá de gozar del acompañamiento ofensivo que muestre como latente la amenaza sobre la meta defendida por Ter Stegen (o el recuperado Bravo), pues, sin una salida permanente que rompa el discurso barcelonés, la tormenta continuada de sudor y concetración ardorosa en perspectiva contemplativa podría suponer un apagón de fuelle que decante el destinatario del trofeo. Emery entregó su candidatura liguera para guardar fuelle y estudio a sus dos finales, pero el Barça ha disfrutado de una semana de semi asueto energético, a pesar de padecer una de las rotaciones más estrechas que se le recuerdan.

La interesante interacción de estilos quedó diagnosticada en sala de prensa. “Veo al equipo muy bien y estas semanas de entrenamiento sin partido entre medias nos han servido para trabajar bien, pero el Sevilla va a estar hasta el último minuto”, señaló un Luis Enrique que, tras negar el hueco para los fantasmas que se cuelan, sistemáticamente, por la falta de compromiso colectivo (motivación), prosiguió en la interpretación del envite: “Cuando hay éxitos no sólo es por una figura. El Sevilla, que tiene a uno de los mejores entrenadores del fútbol europeo, está trabajando bien con su cantera, es con nosotros el que más acostumbrado está a jugar finales y es especialista en darle la vuelta a situaciones complicadas”. “Esto hace que la final sea atractiva y habrá partido sea quien sea el que se adelante”, puntualizó antes de recuperar uno de sus matices discursivos de todo el curso: “Este equipo está acostumbrado a muchos títulos y a que no se valore lo que consigue. El aficionado, sin embargo, está valorando lo que hacemos y le animo a que siga siendo así, porque llegará un momento en el que los títulos no se consigan y será cuando se valore lo conseguido estos años”.
En efecto, el análisis de los protagonistas no puede sino exceder lo relativo al presentismo, representado en esta final, por ser ésta la última fecha. El balance en perspectiva también desbordó lo actual en boca de Unai Emery: “En el camino hemos dejado muchas cosas. El mes de enero fue muy duro, suplantar la Liga con otra competición lo hacen muy pocos equipos y a veces se quedan en el camino. Nosotros lo hemos hecho con la Europa League y la Copa y fue muy duro. Que ahora digamos que no nos interesa la Copa por ganar la Europa League... Tenemos una oportunidad tremenda y vamos a por ella”. Avanzó el reconocido preparador asumiendo la comodidad como actor invitado (“Vamos a vivirlo en otra final contra un equipo que es favorito, pero vamos con todas nuestras fuerzas, que las tenemos”) y verbalizando que “las veces que nos hemos enfrentado al Barcelona nos hemos ganado su respeto”. “Tenemos que ajustar muchas cosas, estar acertados en defensa, saber correr a su espalda, hacer ayudas... Preparar partidos ante el Barcelona son retos preciosos”, confesó para, a continuación, explicar que “todos son importantes: si cierras el lado de Messi aparece Neymar, si cierras las bandas aparece Luis Suárez... Intentaremos que tengan menos el balón, aunque lógicamente lo van a tener más que nosotros”. Vitolo, efectivo básico para la supervivencia de los andaluces, escondió uno de los epígrafes concluyentes, al resumir que “no pesan las piernas porque el hambre del vestuario es mayor que el cansancio”. “Después de la final ante el Liverpool hay más confianza pero esta situación era impensable a principios de temporada”, sentenció el regateador isleño. Iniesta, tan elemental como su homólogo canario, sintetizó el contrapunto culé: “Ganar la Copa sería volver a dar un paso más en nuestra historia, no sólo de jugadores, sino como club, porque en los últimos años la dinámica es muy positiva y no sé si algún club la ha llegado a tener en tan largo periodo”.
Sea como fuere, los 90 minutos que descorcharán el fruto de otra magnífica cosecha de fútbol español ofrece una guerra de ideas sensacional. En los aledaños del evento se repartirán, previa publicitación, centenares de banderas (tanto esteladas como rojigualdas), tapón y cierre, de la mano de la silbatina al himno, de la teatralización alienante previa, pero no quedará otra que atender a la hierba. El balompié ha de resplandecer y no encontrará una representación más acorde con la exigencia extradeportiva que la de este domingo. El descontextualizado desafío de referentes filosóficos está brindado. Bon appétit.
- Alineaciones probables:
Sevilla: Sergio Rico; Mariano, Rami, Carriço, Escudero; Krychowiak, Cristóforo; Coke, Banega, Vitolo; y Gameiro.
Barcelona: Ter Stegen; Alves, Piqué, Mascherano, Alba; Sergio Busquets, Rakitic, Iniesta; Messi, Suárez y Neymar.