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TRIBUNA

Votando voy, votando vengo

Juan José Vijuesca
miércoles 08 de junio de 2016, 20:52h
Actualizado el: 06/08/2016 21:17h

A veces veo sombras, unas veces son chinescas y otras más realistas. También oigo voces, psicofonías con extraños mensajes que me desvelan el sueño. Hay apariciones holográficas alrededor de mí que representan imágenes sin rostro. Pienso en el Bosco, en particular su tríptico “El carro de heno”, no sabría decirles bien el porqué, quizás lo sea por apreciar en todos estos fenómenos enigmáticos una cosa en común: signos de lujuria onírica.

Es curioso, pero una vez amanecido todas estas secuencias paranormales desaparecen y quedan a modo de favilas esparcidas, lo que bien podrían ser vestigios de papeletas electorales. Me quedo más tranquilo. Mi subconsciente se reencarna en aparente normalidad y no hay rarezas inexplicables a mí alrededor. Ahora lo veo claro, las revelaciones extracorpóreas resultan ser políticos en desuso haciendo campaña para captar votantes a base de extraños sortilegios e incluso con grotescas prácticas de alquimia.

Para los ciudadanos en estado de fatiga continuada, -no olvidemos que llevamos arrastrando esta carga emocional desde el 20 de diciembre-, nada de extraño tiene que nuestro metabolismo haya somatizado tanta acrimonia. Mi buena amiga Maruja me lo pone en bandeja: “no sé a quién votar” Y esta es la base de la ecuación. “En este momento, como tú y como yo, hay muchos miles de electores” -me apresuro a responderla.

De este tránsito visionario tengo la serena certeza de que a la clase política les importamos un par de ovoides escalfados. No hay otra si tenemos en cuenta el teatro de sombras que vienen representando a diario. Unos y otros repiten, gastan, alardean, se mofan y se engrandecen en un derroche de impostura tal que no se dan por aludidos, sabiendo, como saben, el empalague del ciudadano en toda esta triste historia de gobiernos y desgobiernos. Ahora mismo, y a causa de este enorme boquete abierto en lo que a clase política se refiere en nuestro país, no hay motivos para otra cosa que no sea la indiferencia.

De manera que el voto en urna y salvo oferta deslumbrante de última hora, para esta ocasión no parece que la reventa vaya a hacer su agosto (léase el 26-J). Sálvese la parte de conciencia en quienes aún damos de lado a tanto espíritu encriptado que confunden ley y orden para hacer y deshacer a su antojo lo inverso a las normas de convivencia establecidas; o sea, los que defienden al infractor y vilipendian, denigran y menosprecian a las fuerzas de seguridad y orden público. A partir de ahí, la lonja del voto volverá a ser objeto de subasta y así volverán idénticas o parecidas muestras de orfandad en un país rico en matices por su historia, su cultura y su hegemonía, pero que al día de hoy nos hemos descolgado de la parte más juiciosa y respetable por culpa de la incompetencia de unos y la codicia de otros.

Vuelve a caer la noche y las primeras sombras histriónicas hacen presencia en medio de mis aposentos. ¡Sé quiénes sois! –exclamo-, sois los mismos espíritus con las mismas cantatas de siempre tratando de apadrinar mi voto. Pero esta vez ya estoy curado de espanto. Sé que se trata de los mismos lémures de la política y que con ellos llegan las grandilocuentes ofertas con la subida de pensiones, unos, la creación de cientos de miles de puestos de trabajo, los otros, y las ineficaces ayudas a las Pymes o la disimulada subida de impuestos, los demás.

No hay tiempo más allá de las dudas, llevamos diez años sin saber quiénes somos y a donde nos dirigimos. En todo esto tan solo nos queda la parte de conciencia moral, ya saben, eso que tenemos guardado en lugar seguro para casos de primera necesidad. Es lo único que nos va quedando de cuantos derechos adquiridos se nos conceden a modo de canastilla nada más nacer. El resto, hoy en día, son votos al portador, que no al mejor postor. Son sufragios que sirven como papel moneda para que la reventa de pactos, contubernios y demás servidumbres convenidas hagan con ellos un objeto de deseo digno de cualquier mercado negro de trata de votos.

En fin, el tiempo nos retrotrae a nuestros orígenes más profundos y gana actualidad aquél personaje creado por el inefable y siempre admirado Don Antonio Mingote, con motivo de la convocatoria de elecciones a las Cortes para procuradores. Corría el año 1971 y el ilustre académico, que sabía que muchos de los candidatos eran simples oportunistas y demagogos, a través de su impagable humor gráfico creó, como digo, a Gundisalvo en campaña electoral con el mejor de los slogans: “Vote a Gundisalvo. ¿A usted qué más le da, hombre? Pues eso
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