La respetada revista The Economist ha dedicado buena parte de su último número a la libertad de expresión, que se encuentra por doquier atacada y sobre la que hay que hablar claro. Las restricciones sobre la libertad de palabra cada vez son más generalizadas, se recurra a la censura o el asesinato para acallar al disidente; y la justificación del derecho cada vez es más tibia y matizada. La posición del semanario consiste en denunciar los lugares y los modos en los que se producen las restricciones de la libertad de expresión, que sufre de ataques cruentos en sitios como Rusia, China, Méjico o el mundo árabe; pero también de estrechamientos en otros lugares en los que pende la amenaza de la represión de sus abusos, sea Francia, Alemania o España, en virtud sobre todo de expansivas interpretaciones de las limitaciones derivadas de la lucha contra el terrorismo, el lenguaje del odio, la legislación sobre la blasfemia o la defensa del honor de los jefes de estado extranjeros.
El examen de The Economist tiene quizás especial interés porque se llama la atención sobre el hecho de que la respuesta en el plano ideológico a esta situación de peligro de la libertad de expresión no ha sido la afirmación reforzada del derecho sino una defensa del mismo, por decirlo así, débil o acomplejada, procediendo a su justificación de manera tímida y condicionada.
El lenguaje del semanario, en cambio, es rotundo, y eso que no se procede a una defensa de la libertad de expresión completa, pues no se tiene en cuenta la dimensión individual de este derecho, ligado como está a la dignidad de la persona, ya que el ciudadano no puede desarrollar sus capacidades bajo censura o restricciones en su comunicación con los demás. Es solo de la libertad de expresión desde la perspectiva democrática de lo que se trata. “Sencillamente sin libertad de expresión no hay democracia” afirmó lapidariamente el Tribunal Constitucional alemán. Sin libertad de expresión, dice el semanario, no se puede gobernar con acierto, pues solo se pueden corregir las políticas equivocadas si cabe la posibilidad de su denuncia ante la opinión. De otro lado, la ciencia, que es la base de la tecnología sobre la que se afirman el desarrollo y el progreso económicos, no puede vivir sin la libertad de debate y crítica. “La ciencia no puede desarrollarse si no se hace cuestión de las viejas certidumbres: Los tabúes son el enemigo del conocimiento”.
Para The Economist, que escribe inspirado en un informe al respecto del profesor de Oxford Garton Ash de próxima publicación, la imprescindibilidad de la libertad de expresión lleva a su condición “casi absoluta”. En una sociedad democrática ha de partirse de la presunción a favor de la libertad de expresión. Estamos hablando entonces de un derecho fundamental, reconocido en la Constitución, cuya prohibición e incluso limitación ha de ser la excepción, de acuerdo con las previsiones de la ley. En realidad solo se admiten tres límites a la libertad de expresión, a saber, la pornografía infantil, la publicación de datos nucleares que pongan en peligro la seguridad del Estado, y la incitación a la violencia, pero solo, cuando atendidas las circunstancias del caso, constituyese una amenaza seria e inminente.
Llama la atención la firmeza de la defensa de la libertad de expresión, llevada a cabo en una situación en la que tienden a resaltarse los peligros de su empleo irrestricto. Las sospechas, viene a sostener The Economist, deben de referirse a los límites, no a la legitimidad de su ejercicio. Responder al cuestionamiento de la libertad de expresión con la extensión de sus condicionamientos es totalmente contraproducente, pues equivale a la justificación de las restricciones y opera como una tolerancia de la vulneración del derecho.
El peligro para la libertad de expresión procede, señaladamente, de quienes admiten el derecho de la gente y de los grupos a no ser ofendidos, que es un derecho que tiene a su favor la preferencia de todos por un clima social y político, presidido por la educación y las buenas maneras, pero que encierra un potencial antiliberal letal. En efecto, si se extiende el derecho al honor o el buen nombre de las personas, cosa que nadie niega, a las ideas, y de ahí a los grupos que las defienden o se apropian de ellas, el resultado es la censura, pues tiene que haber alguien que vigile lo que se dice, y que controle, limite y sancione lo que resulte ofensivo o inconveniente. El juez puede hacerse cargo de los ataques al honor personal, pero la defensa del buen nombre de las ideas o de los valores o intereses colectivos que no consista en el debate solo lleva a la censura, el silencio y la represión del disidente.
Si nosotros, desde Occidente, aceptamos que hay límites políticos a la libertad de expresión, derivados de la atención al respeto a las ideas de los demás, más allá del honor y la dignidad individuales de quienes intervienen en el escenario público, estamos reduciendo nuestro espacio de libertad y emitiendo un mensaje a los actores políticos de otros países que encontrarán en nuestra actitud un pretexto para justificar su censura. “Cuando pensadores progresistas aceptan la censura de palabras ofensivas, se ayuda a los regímenes autoritarios a justificar sus duras restricciones y a los grupos religiosos su violencia” Cuando los defensores de los derechos humanos denuncian lo que está sucediendo bajo regímenes opresores, los déspotas, dice The Economist, pueden señalar a lo que hacen democracias liberales como Francia y España que criminalizan a los que “glorifican” o “defienden” el terrorismo, y que muchos países occidentales entienden que es delito insultar a la religión o incitar al odio racial.
Desde luego es fácil dar lecciones desde un país que apenas ha sufrido el terrorismo; señalemos que nuestra legislación antiterrorista ha superado los exigentes cánones del Tribunal de Estrasburgo como jurisdicción encargada de la protección de los derechos humanos, con un standard bastante estricto. Pero aceptemos la necesaria comprensión limitada de los límites. Y hagamos nuestra la conclusión del semanario. “No intentemos jamás silenciar a aquellos con los que discrepamos. Contestemos al discurso de nuestro oponente con más debate. Hemos de discutir sin recurrir a la violencia, y simplemente dispongámonos a endurecer nuestra piel”.