Ocurrió, señor, como aquí lo cuento: había una vez un país en el que un candidato a presidir su gobierno, después de acabar con la clase media subiendo los impuestos en la mejor tradición del sheriff de Nottingham, se tumbó medio año en su hamaca de Pontevedra, encendió su cigarro y se dejó mecer suavemente por el viento poniente. Y los ciudadanos, castigados por la sangría económica, víctimas de las nuevas leyes laborales que favorecen el despido y ahítos de los muchos casos de corrupción de sus hombres de confianza –casos Púnica, Gürtel, Taula, Imelsa, visita del Papa, Brugal, Emarsa, y Policía patriótica con ministro conspirando para derrocar ejecutivos autonómicos inclusive–… lo votaron en masa.
Absuelto por las urnas con un incremento de 14 diputados desde la última votación, el presidente se levantó de la hamaca y salió en olor de multitud al balcón de la capital a saludar a sus ocho millones de genuflexos, sacrificados, estreñidos y entregados súbditos enseñándole el muslamen y él a darse un pico con su consorte. No sabemos si al pueblo español nos corresponde formar parte de las fantasías de Kafka o las de Luis Buñuel; lo cierto es que esta legislatura, de salir investido este verano don Mariano con los apoyos de Albert –ayer que no, hoy que sí, que lo suyo es lo mismo, dice- y los nacionalistas –esos conservadores montaraces y periféricos-, se anunciaría bajo la advocación adversa de un grito, un dolor, un zurriagazo a golpe de látigo azul.
Resultado el de ayer confuso, aberrante o incluso incomprensible a priori, pero no teniendo en cuenta la historia de un pueblo, el nuestro, que ha vivido de rodillas a lo largo de toda su historia y al que un dictador se le murió en la cama de un hospital con ochenta y dos años… tras cuarenta años de represión. Lo de doblar la cerviz es muy nuestro, pero no solo en asuntos como la política, sino en el amor, el sustento, los amigos, la vida… A Larra con esta subordinación se lo llevaban los demonios. Lo aguantamos todo, hasta los Estudios y Programas de la vicesecretaria Levy (que bailó hasta altas horas de la noche). Esa larga historia del deseado progresismo a lo mejor ni tú, ni yo, amore, la veremos, visto lo visto y vista la ley D’Hont.
El pasado mes de mayo Transparencia Internacional, única ONG de carácter universal dedicada a combatir la corrupción, publicó un informe en el que se aseguraba que España subía 10 puestos en la lista de los países más corruptos del mundo y que, después de Siria, era el que más había empeorado –o “mejorado”, según se mire- en ese índice. En los laberintos de la justicia hispánica las causas van prescribiendo y el miedo a los don Pablos de Quevedo ha calado hondo –lejos ya de la utopía de Manuela Carmena– o de cómo alcancé el triunfalismo a través de la miseria, Mariano, lejos del progreso. Los millennials ya no leen el papel ni por equivocación, así que Pablo, Albert y Pedro se han ido a hablar de sexo al diván de la Griso, y ja, ja, já, Susanna, me mira vd. con ojos de mujer fatal, a contarles chascarrillos a las hormigas bizcas de Pablo Motos o al cole de Ana Rosa para “dejad que los niños se acerquen a mí”. El mensaje es el medio: politainment de pin-up para un periodismo de call girl.
Ante semejante triunfo, hasta Aznar ha enterrado su hacha de guerra y le ha rendido pleitesía al líder, campeón y árbitro de las conciencias españolas: Mariano Rajoy, el burócrata que registraba propiedades, el campeón del “sorpasso”. De una cosa estamos seguros: con tres o cuatro casos de corrupción más, el partido conservador hubiese obtenido la mayoría absoluta, la de los regímenes absolutistas, la que nos gusta y nos pone cachondos.
Algunas de sus directivas regionales entraron en comandita en tiempo de proceso, penitenciaría y verdugazo por ladrones, y nosotros lo hemos hecho en época de penitencia, que ya nos llevan del ronzal los chicos vestidos de azul. Así, kafkianamente, se imponen los complementos agrarios para la moda del hombre hispánico de la calle, tales como el arado, el capacho, la cincha, de rebajas ya en el Corte… Y la pieza clave: un venezolano-canario llamado Pedro Quevedo que dice que a él no le venden la burra de don Mariano. “Oye, os voy a decir una cosa: este es el discurso más difícil de mi vida, y algunos he echado (sic)”. Homenaje. Nivel. Complicado de explayar el oráculo.
La democracia suficiente en este país tan conservador y reaccionario que vota “lampedusianamente”, ni es suficiente, ni es libertad. Ay, dame con la fusta, Mariano, que me ha sabido a poco. Pero no os preocupéis, que nadie os dirá que lo votó. “Oie”, queridas amigas, queridos amigos.