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TRIBUNA

Lecturas de vacaciones (I) El hombre en busca de sentido, de Frankl

Alejandro San Francisco
martes 05 de julio de 2016, 20:19h
Actualizado el: 05 de julio de 2016, 21:46h

Recuerdo una de esas tradicionales conversaciones sobre libros -hace ya algunos años- cuando les pregunté a un par de amigos por alguna obra imprescindible, que los haya marcado, que pondrían entre aquellas lecturas que vale la pena leer sin lugar a dudas.

Por supuesto, estas son aquellas preguntas en que la respuesta depende al menos parcialmente del momento en que nos planteen el asunto, por cuanto es necesario ver nuestra situación "actual", los últimos libros leídos, las preferencias intelectuales o simplemente el recuerdo inmediato que se nos viene a la cabeza. Por lo tanto, hay un margen de error, además de la preferencia subjetiva. Pero no debemos descartar que efectivamente existan aquellos libros clásicos, lo que podríamos denominar los imprescindibles, aquellas obras que nos marcaron por su belleza, por su profundidad, porque nos ayudaron a ser mejores, o sencillamente porque creemos que nadie debería dejar de leerlas.

Frente a esa pregunta uno de mis amigos respondió sin vacilación que lo había marcado Viktor Frankl, con El hombre en busca de sentido (Barcelona, Herder, 1991). Lo leí, no inmediatamente, sino que varios años después. Y sí, creo que es uno de los imprescindibles. Lo interesante es que al acercarse a las primeras páginas, vemos que se trata de un libro de un hombre en un campo de concentración nazi, lo que podría parecer historia repetida. Sin embargo, una lectura atenta cambia rápidamente tanto la lectura del drama del Holocausto como la comprensión del problema desde otra perspectiva.

Frankl no busca contar una historia o hacer su memoria de la estadía en el campo, sino analizar el comportamiento humano en circunstancias extremas, intentando comprender sicológicamente la situación. Así aparecen el dolor y la muerte, el abuso y el sufrimiento, y sobre todo la existencia omnipresente del campo de concentración y sus guardianes, frente a la condena injusta e impotente. Esto lleva a una conclusión casi lógica: "Tras este intento de presentación psicológica y explicación psicopatológica de las características típicas del recluido en un campo de concentración, se podría sacar la impresión de que el ser humano es alguien completa e inevitablemente influido por su entorno (entendiéndose por entorno en este caso la singular estructura del campo de concentración, que obligaba al prisionero a adecuar su conducta a un determinado conjunto de pautas)"

Sin embargo, de inmediato el siquiatra se pregunta: "¿Qué decir de la libertad humana? ¿No hay una libertad espiritual con respecto a la conducta y a la reacción ante un entorno dado?... Y, lo que es más importante, ¿las reacciones de los prisioneros ante el mundo singular de un campo de concentración, son una prueba de que el hombre no puede escapar a la influencia de lo que le rodea? ¿Es que frente a tales circunstancias no tiene posibilidad de elección?"

Para ello, el autor recuerda algunas cuestiones que le llamaron la atención al interior del campo. Por ejemplo, que muchos de los presos buscaban "escapar" cruzando las alambradas, pero chocaban contra ellas y se electrocutaban. En realidad, se trataba de una forma de suicidio y de acabar con todo. Frankl decidió no hacerlo. Un segundo ejemplo se refiere a los "capos", también prisioneros, pero que tenían derechos especiales, nunca padecían hambre y eran mucho más duros con los prisioneros que los propios guardias, y que eran elegidos precisamente por sus características de rudeza y falta de escrúpulos.

Sin embargo, el tema de mayor trascendencia en El hombre en busca de sentido es otro. Viktor Frankl recuerda que la mayor preocupación de los prisioneros se resumía en una pregunta: "¿sobreviviremos al campo de concentración?" Sin embargo, él estaba convencido que la cuestión fundamental era otra, y la planteaba de la siguiente manera: "¿tiene algún sentido todo este sufrimiento, todas estas muertes? Si carecen de sentido, entonces tampoco lo tiene sobrevivir al internamiento. Una vida cuyo último y único sentido consistiera en superarla o sucumbir, una vida, por tanto, cuyo sentido dependiera, en última instancia, de la casualidad, no merecería en absoluto la pena de ser vivida".

Fue entonces cuando decidió no solo seguir sufriendo -cuestión que no le tocaba decidir sino que era la vida que obligatoriamente debía vivir-, sino que correspondía darle sentido a su vida en esas circunstancias adversas. No le fue tan difícil, considerando que estaba enamorado de su mujer, Tilly, por quien padecería los sufrimientos y a quien esperaba ver con el tiempo. Incluso en las mañanas, en medio del trabajo esclavo tan propio de los campos, se sorprendía hablando con ella, contándole cosas, procurando ver esa luz en medio de la oscuridad de la muerte y la injusticia. Era la manera de vivir según había descubierto que valía la pena: "El modo en que un hombre acepta su destino y todo el sufrimiento que éste conlleva, la forma en que carga su cruz, le da muchas oportunidades -incluso bajo las circunstancias más difíciles- para añadir a su vida un sentido más profundo".

En buena medida, había sido capaz de enfrentar la vida de acuerdo a esa máxima de Nietzsche: "quien tiene un por qué vivir, encontrará casi siempre el cómo". Quien, por el contrario, no era capaz de encontrar una meta para su vida, alguna finalidad valiosa, una intención superior, lamentablemente no podría salir adelante, podía considerarse "perdido". Es la persona que dice, sin ánimo y sin vocación, "ya no espero nada de la vida". ¿Y qué espera la vida de nosotros?, es la pregunta que puede dar vuelta ese sinsentido, esa anemia espiritual.

El hombre en busca de sentido nos ayuda a comprender el a veces incomprensible sufrimiento y nos permite conservar una nota de humanidad cuando todo parece inundado por lo inhumano. Quizá lo logra porque permite mostrar la perenne vitalidad de la libertad personal a pesar de las adversidades de la existencia, así como también nos explica que el valor, la generosidad, la dignidad y virtud no son determinadas por fuerzas externas, sino por la actitud personal ante determinadas circunstancias o, en palabras de Viktor Frankl, esa "libertad espiritual, que no se nos puede arrebatar, que hace que la vida tenga sentido y propósito".

Un libro que vale la pena leer y también vivir.

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