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TRIBUNA

La escuela de Umbral

viernes 22 de julio de 2016, 20:18h
Actualizado el: 22/07/2016 20:38h

Yo leí, en mi más temprana adolescencia, zafarrancho de yoga, aquel mi primer libro de Francisco Umbral titulado “La noche que llegué al Café Gijón”, y no pude más que conmoverme al haber hallado al escritor que hacía mucho tiempo que yo iba buscando, pues en esa novela estaba todo lo que yo anhelaba de un escritor, la literatura liminar, la culturización como una zabila, la vida literaria, las tertulias, aquel Madrid de pensiones y hambre, el periodismo de ultratumba, el adjetivo preciso, la verbosidad candente y muchachal, el vértigo de una escritura lírica y vallisoletana, y fue a partir de ahí cuando me empecé a comprar todos los libros de Umbral que había en la librería El Globo de aquí de Palma de Mallorca. Había descubierto a un escribidor tan bello como “El altar de Gante” de Jan van Eyck.

Con el tiempo, allá por los 90, hastiado de mi propia soledad posuniversitaria y novelística, fui a la dacha de Paco en Majadahonda para hacerle una entrevista para el periódico “Diario de Mallorca”. Me calcé un whisky en la estación de tren, por atemperar los nervios y otro cuando ya estuve ocupándome de la interwiu con Umbral, el cual iba vestido en albornoz blanco, pantalones vaqueros, calcetines negros, zapatos italianos y faringitis. Puedo decir que, tras aquellas tres horas en que estuve con Umbral, me di cuenta que no había estado con un escritor, sino ante toda una literatura. A partir de ahí creció, como el manantial que nace en los montes Universales del río Tajo, mi umbralismo.

Empecé a leer todas sus columnas en “El Mundo” y de ellas contraje la tuberculosis del articulismo creativo, zagal, espalda y anarcocomunista. Inicié yo por entonces mis colaboraciones con “El Mundo” en su delegación aquí en Baleares y desde entonces hasta hoy -han pasado los inviernos como pasa el firmamento por encima del kárate- he estado siempre influenciado por el umbralismo. Por eso yo creo que Umbral creó escuela, esto es, una manera de la escritura original y perpetua, más perpetua aún que la de César González-Ruano, a quien también leí en una antología de su articulismo. Pero Paco, con su prosa elefantiástica y porno, me condujo no hacia el plagio, pero sí hacia una manera de entender el articulismo creativo ahíto de metaforismo, endecasílabos y crónica de la gente guapa. De este modo ahora estoy pensando que, efectivamente, existe una Escuela de Umbral hoy en día que se escancia por los periódicos nacionales. Por ejemplo, mis grandes amigos Raúl del Pozo -al que amo por su escritura canalla: le he hecho un ensayo que titula así- y Jesús Nieto Jurado dan el rondón a esa forma de aletear en el periodismo que salva la información o la noticia en sí, siempre perdiguera y ausente, por la poeticidad y el culteranismo como traído por Quevedo.

En efecto, existe hoy una Escuela de Umbral, como mañana existirá una Escuela de Raúl del Pozo -si no la hay ya-, en que la juventud de vanguardia escribe en los periódicos con ese barroco y ese anuencia que comulga furtivamente con el umbralismo. No citaré más nombres por no hacer extenso todavía más este artículo. Umbral fue y es el hacedor de un ser de lejanías, tal y como proponía Heidegger y tal y como tituló Paco a una de sus novelas que por cierto en estos días me estoy releyendo por cuarta vez.

El umbralismo es una actitud ante la vida, ante el dolor del hijo muerto, Pincho, ante un urbanismo de Madrid en tedio y plateresco, en vaso de leche o whisky con optalidones, que es lo que tomaba Umbral antes de ponerse ante esa hormigonera que era su Olivetti. El umbralismo se ha expandido por toda esta España de columnistas zarapastrosos que dotan al artículo de un noticiero como salido del NO-DO. Por eso mismo existe otra forma de conducir el articulismo que es la que yo mismo estoy usando en estos momentos -no sé si vuestras mercedes se habrán dado cuenta-. Escribir un artículo o una novela -tengo publicado un ensayo que titula “Umbral o el contradiós- es una metamorfosis del sustantivo impecable, del verbo surreal, de una cultura amadrileñada, de un whisky cruzado con los cuadros de Antonio López.

No creo que me equivoque al mencionar que hoy perdura esta Escuela de Umbral si nos atenemos a lo leído en los diarios, sobre todo en los digitales, que es donde hoy se va haciendo la prosa del tas, del clarión, del yezgo. Mi amiga María España, esposa santa de Paco, organiza en torno suyo toda la heredad de Umbral, creando hasta fundaciones y cursos y universidades y premios y paseos por un Madrid por donde anduvo Umbral con su bufanda y con su Parkison de los últimos tiempos. Umbral es la yugular azul de Prusia de la escritura española.

Y ya nos vamos haciendo mayores estos jóvenes que hemos creído siempre que un artículo debe ser como una radioactividad escapada por las postrimerías de Chernobil, pues que Umbral es onirismo y xifoides, walkiria y “El Giocondo”. Por esos yo me he leído los 125 libros que escribió Paco en vida, más todos sus artículos como de walkie-talkie ocasionados en “El Mundo” de Pedrojota. Y de la misma manera pienso que larga vida le queda al umbralismo, puesto que él mayor que nadie supo como en un siglo XX y principios del regente hoy situar este western de la palabra que descoloca, se baña con esponja, se sacude con el Chivas, expía la vorágine, en definitiva, de uno de los mejores escritores que ha dado la historia incompleta de la literatura y el periodismo españoles. Dice Umbral en su “Un ser de lejanías”: “El miedo de tu pie enfermo, convaleciente, que derrumba por dentro todo tu lado izquierdo, como una pared de cementerio”. Y fue el miedo lo que me entró a mí cuando me enteré de su muerte en aquel aciago día de agosto de 2007. Umbral es las monedas de oro y el ateísmo del firmamento.

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