Entramos en el tramo final de julio y nos asaltan hoy las figuras y efigies con cara de muñeca que habitaban nuestro cuarto vallisoletano, personajes de aquel nuestro primer acto de la comedia vital: las gentes memorables con las que hablábamos. De todos ellos quedará un recuerdo hermoso, el de un confidente que no era sino nosotros dándonos los consejos que nunca nos atrevíamos a decirnos, la sombra clásica de nuestra personalidad. Títeres a quienes ahora les negamos las flores porque así somos.
Faltaban aún décadas para el advenimiento de la era digital que vivimos. Estas estatuas vivas y bizarras de olor dulce marcaron la cotidianidad de aquel tiempo parado, criaturas del instante y volutas antropomorfas y articuladas que, un día, las echábamos de menos sin saber por qué y nunca volvíamos a tener más noticias de ellas: “tenéis demasiados juguetes” nos decía a mi hermana y a mí nuestra madre, precisamente la máxima responsable de ese incremento demográfico de un star system de tela, goma y madera. Y aprovechando la ausencia de sus hijos –un largo paseo en el parque o una tarde en la piscina–, emprendía una cruel racia, un progromo o limpieza étnica que acababa en el cubo de la basura con decenas de personajes que habían velado nuestro sueño, habitado por figuras fantasmagóricas.
Las muñecas y sus príncipes consortes eran nuestros dioses, nuestro tótem y tabú de la piratería, las marionetas, los peluches vencidos por los ácaros, los pilotos de coches y motos, los pistoleros del lejano Oeste o aquella casa en la pradera llena de chicas pecosas y asexuadas rodeadas de biberones, mecedoras y gallinas. También había alguno políticamente incorrecto de alma báquica que empinaba el codo a placer con una bota y otro que se aliviaba la vejiga donde su libre albedrío o sus ganas le propusiesen. Y estos caracteres de éxtasis poético nos llevaron a la filología hispánica y a la literatura comparada, que creímos la llave del amor, de Garcilaso a Cernuda, de Shakespeare a lord Byron. Confiamos con prodigalidad en su veneno y en su bendita embriaguez porque era una deuda contraída con nuestra propia palabra, con nuestros juegos y nuestros mitos, y los compartimos con aquellos amigos y aquellas novias que creíamos que también navegaban por ese emocionante exilio que es la fantasía. Esas promesas y votos de amor que fueron cercenados y que nos han conducido a convertir el sufrimiento en literatura y en periodismo, el amor errante en una danza de las miradas, la injuria orgánica de las traiciones anteriores en un dulce beso de rebelión metafísica: “bésame, no puedo aguantar más”. Y entonces le sujetamos la cabeza tiernamente mientras libamos la esencia dúctil y benigna de su boca. “¿Has leído a Bukowski?”. Sí, amor, lo hemos leído, pero lee otras cosas también…
Las muñecas nos anticiparon en cada rasgo de lucidez la crueldad que nos veríamos obligados a soportar de mayores, el juego que prefiguraba la contenida violencia social de nuestros entornos agresores: el tiempo de los asesinos de ilusiones y de los cínicos villanos que trataron de adiestrarnos después. La vida es una convención: la verdadera esencia de las cosas descansa precisamente en los juguetes de la infancia, en el alma de las muñecas, cuyo fulgor de ojos de vidrio esconde el secreto de la forma más honesta de amor correspondido. A las muñecas uno las olvida demasiado pronto a pesar de que ellas nos alertaban contra la fatalidad y la decepción que nos van conduciendo a la cauta vejez. La vida nos ha ultrajado, pero no olvidaremos ninguna de sus sonrisas ni de sus “te amo”, aunque fuesen mentira. Aquella repentina y terrible belleza que nos retrotrajo al umbral desconcertante del niño que fuimos y somos, del ángel desterrado e irreprochable, no era sino accidente, tránsito, abrazo carnal, semblante distorsionado de otra cosa que llevaban por dentro… Muñecas, a su manera, de corazón maligno y egoísta, con su inocencia y su tiranía con que nos obsequiaron en las noches de Madrid.
Por lo demás, encontramos el placer de lo ingobernable en el sacrilegio de los estúpidos convencionalismos y su falsa corrección, sobre todo en verano, y en cumplir aquella deuda con los proyectos de infancia que un día les confiamos al oído de las muñecas, cuando éramos invisibles ante cualquier catástrofe. Rememorar aquel tacto familiar de las cosas o el viaje trazado sobre el mapamundi de desiertos, mares y fábulas, el arrojo de la memoria como decía Hölderlin, hace de esa recuperación de aquel lugar fuera del mundo algo más difícil y trágico aún, pero necesario. Para que el recuerdo no se haga remordimiento volvamos a mirar en el abismo azul de la pupila ígnea de las muñecas: porque de ella puede surgir la aventura que les faltaba a nuestros sueños. En sus iris descansan cuentos y amores aún por narrar.
@DavidFelipe1975