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POCO A POCO

Una generación en el diván

Borja M. Herraiz
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borjamotaelimparciales/10/5/10/22
lunes 01 de agosto de 2016, 21:03h
Actualizado el: 08/02/2016 00:51h

¡Qué triste es ver a mi generación! Vivimos tan deprisa que hemos perdido el ritmo de nuestras propias vidas, hemos dejado de valorar lo que realmente le da sentido y hemos aupado sueños huecos a lo más alto de nuestros altares obsesionados como estamos con engordar cuentas corrientes.

Asisto a mitad de camino entre la tristeza y la frustración a cómo cada vez más personas de mi edad, rebasada por poco la treintena, encuentran su día a día banal, insustancial, falto de motivación o desilusionante teniendo el grueso de su vida todavía por delante. ¿Acaso la posibilidad de tenerlo todo nos ha terminado por dejar sin nada? ¿Es posible que nosotros mismos nos hayamos fijado cotas tan altas que hasta hayamos perdido la perspectiva de lo que en esencia consiste vivir, de cuál debe ser el punto de partida y también la meta?

La vida se nos escapa de entre las manos dando pábulo a sueños falsos. Nos hemos fallado a nosotros mismos al no anhelar aquellas pequeñas cosas que realmente le dan a uno algo tan injustamente minusvalorado como la felicidad. Pero no la felicidad cuantificable, no la numérica, no la material, sino esa intangible, esa que se respira y trasciende baches o malas rachas, esa que reside en uno y no requiere de marketing ni publicidad.

Ya no nos enamoramos porque no tenemos tiempo para conocer a las personas y dejamos que sean máquinas las que criban y seleccionan por nosotros. Un bufé emocional construido a base de algoritmos. Muy puro, sí. Ya no tenemos amigos, sino que acumulamos 'Likes' en fotos cada vez más vacías de compañía y más obesas de egolatría y narcisismo. Ya no nos emocionamos por dramas o tragedias ajenas, anestesiados como estamos por vivir en un enorme palacio de cristal. Ya no experimentamos por nosotros mismos, sino que son gurús de masas con intereses patrocinados los que nos dicen qué es bueno, guapo, rico u original. Ya no nos permitimos errar, porque tenemos demasiado miedo a ser señalados, olvidando que el fracaso es parte inherente del aprendizaje. Hemos perdido todo atisbo de plenitud individual para convertirnos en borregos en masa, regimientos enteros de snobs.

Nos rodean grandes profesionales. Todo tipo de hombres y mujeres con trabajos asombrosos, educados a ambos lados del Atlántico, sobrados de posgrados y birretes y con nóminas envidiables para muchos españoles, y sin embargo les ves deambular por esta vida sin pena ni gloria. Nos hemos convertido en zombies marchando al paso de los estándares marcados, véase una relación edulcorada, una casa llena de objetos pero carente de historias, un trabajo admirado pero famélico de motivación...

Muchos habrán viajado hasta los confines de la Tierra en viajes exóticos publicitados con todo lujo de detalles en redes sociales, habrán comido manjares rimbombantes en locales estrellados, lucirán coches y casas a golpe de lujo, pero poco o nada les queda al final del día. No son ni serán felices porque han errado el rumbo.

Latimos pero no sentimos. Oímos pero no escuchamos. Hablamos pero no decimos nada. Corremos tan deprisa que no levantamos la cabeza para admirar el recorrido, es nuestro propio ritmo infernal el que nos ahoga y aprisiona. Y no es hasta que ralentizamos la velocidad, hasta que agotados por nuestra autoexigencia nos paramos a mirar en derredor, cuando nos damos cuenta de cuán equivocados estábamos. Mientras tanto, en todo ese proceso habremos perdido experiencias, amistades, amores o proyectos que jamás volverán.

¿Cuántos de todos esos snobs que fabricamos en cascada en las universidades echarán la vista atrás llegada la Parca y se sentirán verdaderamente orgullosos de lo logrado? ¿Acaso serán las fusiones de empresas, los pleitos ganados o los premios acumulados los que le den significado a décadas de existencia? No lo creo, la verdad.

No es una cuestión de vincular éxito laboral a fracaso personal. Puede haber mucho de ambos en el otro, pero sí cuestiono a todos aquellos que, derrochando toda su energía alcanzando metas de pega, dejan pasar un tren de una única vía y horario.

Ojalá esta manera de pensar, la que prepondera la plenitud personal por encima del materialismo general, no fuera tomada como desvaríos de un (no tan) joven inconformista. Ojalá todos aquellos que sintieran al final del día esa incomodidad, ese óxido que se les está pegando a la piel, esa frustración vergonzante, tuvieran la suficiente valentía y humildad como para reescribir el guión, reconducir la nave y empezar a ver la vida desde el prisma adecuado.

Llegados a este punto, donde se han derrochado un par de minutos leyendo una de tantos escritos junta-letras, quizás alguien en alguna parte se haya sentido aludido. Desde luego no todos, pero con que alguno recapacite y ajuste la brújula, habrá merecido la pena. Esta vía no tiene reverso ni cambios de sentido, pero sí incontables desviaciones. Es finita y única, pero el control le pertenece a cada uno. ¿De verdad merece la pena seguir así?

Borja M. Herraiz

Jefe de Internacional de El Imparcial

BORJA M. HERRAIZ es jefe de Internacional en El Imparcial

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