Como no podía ser de otro modo la desaparición de José Ramón Recalde ha sido objeto de múltiples comentarios, que tratan de dar cuenta del relieve del personaje y sus diversas aristas. Cuando evoco su figura lo relaciono con el papel que para muchos desempeñó en nuestra juventud como referente intelectual y aun moral, como alguien que nos decía verdaderamente lo que pasaba, esto es, que iluminaba nuestra circunstancia, mostrando su real condición, y que nos decía lo que había que hacer, dándonos precisamente ejemplo, enseñándonos el camino. El tiempo del que hablo es el último trecho del franquismo y la sociedad a que me refiero es la vasca, específicamente la guipuzcoana, por diversas razones especialmente problemática y convulsa.
En diversas ocasiones he señalado las irreparables consecuencias que ha supuesto el que en el País Vasco no hubiese hasta tiempos muy recientes Universidad, de modo que el espacio del pensamiento crítico y riguroso, especialmente sobre las materias humanísticas, hablemos de la historia, la filosofía, o la teoría social, quedó a cargo de diletantes y con un peso desproporcionado de la Iglesia, cultivándose casi exclusivamente en el nivel superior los estudios técnicos y el derecho en sus variedades más instrumentales, quiere decirse comercial-empresariales. La ausencia de una verdadera Universidad ha facilitado la vía para la instalación social en Euskadi de ideologías poco propensas a la discusión y el análisis, esto es, racionales o pragmáticas, al tiempo que ha privado de la oportunidad de la formación de élites correspondientes, esto es, un personal dirigente moderado y propenso a la transacción o el acuerdo.
José Ramón Recalde no pudo formar parte de una Universidad que no existió; no dispuso así de oportunidades para la dedicación que la vocación académica exige; no pudo integrarse en una escuela que le propusiese tareas u objetivos intelectuales a alcanzar; y configurar equipos de docentes e investigadores que prolongasen su esfuerzo y ayudaran a la difusión de lo realizado. Lo extraordinario es, que a pesar de la nula colaboración del contexto, sin estructuras, apoyos ni medios, José Ramón Recalde llevase a efecto una obra intelectual considerable y que, como decía al principio, fuese para muchos un referente imprescindible.
Recalde aparece integrado de algún modo en ese grupo de intelectuales vascos que, nucleados en torno a José de Arteche en San Sebastián, se mueven en los ambientes intelectuales de los años cincuenta y sesenta: se trata de los Azaola, Michelena, Caro, y especialmente quizás, Carlos Santamaría y Manuel Agud, o Ignacio Tellechea. Recalde es más joven. No comparte el interés algo obsesivo del grupo por los asuntos relacionados con la cultura y el idioma vascos, lo que en modo significa que se despreocupara por dichas cuestiones, como mostraría durante su época de Consejero de Educación del Gobierno Vasco y había probado durante el franquismo apoyando la creación de ikastolas. Profesionalmente no está vinculado ni a las instituciones de la cultura, la educación o la administración, pues se gana la vida sobre todo como abogado laboralista. Hay además otras dos peculiaridades de Recalde en relación con el grupo: su interés intelectual preferente es de naturaleza político constitucional, pues trata de explorar las posibilidades de la democracia como organización futura española, asegurando dentro de ella un sitio adecuado a la autonomía vasca. Por lo demás, y como corresponde a un intelectual comprometido, Recalde actúa en la clandestinidad en la labor de denuncia y liquidación del régimen franquista. De otro lado José Ramón Recalde, precisamente por su actividad antifranquista, se encuentra, desde su militancia en el FELIPE, en relación con grupos y movimientos de la oposición a Franco en toda España, en especial de Madrid y Barcelona (Desgraciadamente el riesgo personal no acabaría para Recalde y otros demócratas vascos con el fin de la dictadura, debido a la actividad terrorista de ETA).
Era el compromiso de Recalde lo que como es lógico nos atraía, porque era lo que teníamos a mano precisamente cuando acabábamos el colegio y nos íbamos a dispersar por las universidades españolas para cursar nuestras respectivas especialidades, todavía sin integrarnos en los nuevos ambientes en los que éramos recién llegados: en el verano donostiarra disponíamos de tiempo de organizar algunos seminarios en los que Recalde con algún otro joven profesor, como José María Eizaguirre, nos ilustraba sobre problemas de la filosofía, la política o la teoría, pongamos que hablo de la historia reciente europea, las relaciones entre nacionalismo y marxismo, o los rudimentos de la economía política. Recalde aparecía como, según la denominación que él empleará para referirse a José Miguel de Azaola, un maestro socrático, alguien que prolongando lecturas compartidas, explora con los asistentes, en franca camaradería, nuevas dimensiones de los asuntos en cuestión.
Habremos de dedicar tiempo a analizar la obra de José Ramón Recalde, así sus estudios sobre teoría sociológica, en especial las relaciones laborales y la situación de la clase obrera; su esfuerzo continuado en el análisis de la contribución de la nación a la formación del Estado, con especial incidencia en el derecho de autodeterminación como reclamación mítica, y sus relaciones equívocas con la democracia (la contribución al respecto de José Ramón Recalde a un número especial de Cuadernos de Alzate en su primera época, es imprescindible).
José Ramón Recalde es autor, asimismo, de un libro esencial sobre el País Vasco de nuestro tiempo, precisamente sus memorias, Fe de Vida, testimonio a la vez lúcido y valiente de nuestro personaje, pieza literaria además admirable.
Ahora cuando rememoro la figura de Recalde, prescindiendo del rasgo más sobresaliente de su biografía, que ha consistido en la oportunidad de probar en su actividad como político socialista su coherencia ideológica, me doy cuenta de una característica modélica de su pensamiento, ya apreciable en la época que lo conocí, y que persiste a lo largo de toda su vida en su obra como ensayista o articulista: me refiero a su capacidad para explorar las posibilidades de las categorías que utiliza, hasta el fondo. Lo que Recalde ofrece cuando reflexiona ,como teórico constitucionalista, sobre la democracia como forma política o sobre el estado social y democrático de derecho o sobre la autonomía territorial es una indagación cabal de estos conceptos. Nunca quiere, como suele ser común, trascender los límites de los mismos, sino llevarlos hasta sus últimas consecuencias, sin desfigurarlos. Tenemos una democracia constitucional esencialmente representativa, no un tipo a rebasar mediante injertos populistas, por lo demás especialmente cuidadosa en el ejercicio legítimo de la violencia física, siempre con arreglo a la ley; un estado social, que ha de corregir las desigualdades que impiden una vida para todos en condiciones dignas, como ideal de justicia verdadera, en el que pueden realizarse los objetivos de la socialdemocracia; y un estado autonómico, que compatibilizaba el reconocimiento de la unidad y el pluralismo territorial, pero que no es una fase para ninguna superación identitaria o confederal, ni está para dar cabida a ensoñaciones particularistas.
Esta es la imagen de Recalde como intelectual, si quieren como referente, que, cordialmente, les propongo conservar en la memoria.